HORIZONTES ÁRABES: LA ESTAFA A LAS REVOLUCIONES

Hay alguien por ahí que no durmió desde el 25 de enero, hasta el 11 de febrero, por lo menos. Ya, antes, lo habían despertado. Y había vuelto a dormir. Pero, ahora, cada vez que comenzaba a conciliar el sueño, una pesadilla venía a sus ojos: veía que un gigantesco castillo de naipes que le habían encargado sostener, como símbolo de la seguridad del mundo, se derrumbaba sobre las señales que conducían al mundo feliz y que millones lo hacían responsable de la tragedia. Y, claro, abría los ojos, angustiado, sobresaltado.
Y, llamaba, con extrema urgencia, a un montón de gente de los que deberían saber, para que le dijeran qué estaba pasando, qué podía pasar y, para que le escucharan lo que de ninguna manera tenía que pasar. Al precio que fuera.
Estos, tan sorprendidos como su jefe, no sabían qué hacer. Trataron de buscar respuestas y de trazar estrategias, sobre la marcha. Por andar cazando patos, no vieron el dinosaurio que escapó del nuevo Jurassic Park asentado en tierras islámicas. Su rugido desde la Plaza Tahrir, sacudió las costas del Mediterráneo, amenazó con enrojecer más el Mar Rojo, se escuchó muy cerca del Muro de las Lamentaciones y el eco está haciendo temblar a los corruptos y antidemocráticos gobiernos empotrados por las potencias occidentales, para defender sus intereses, en el Desierto Arábigo y en el norte de África, por el Oeste, hasta las Columnas de Hércules.
No es Mubarak el personaje del cuento. Claro que no. Desde luego que él tenía su propia pesadilla: cuando cerraba, intentando dormir, sus descomunales ojos, acostumbrados, como en todos los dictadores, a distinguir las sombras traicioneras en las noches, se imaginaba que había muerto y que lo habían enterrado en la Pirámide de Keops. Pero que lo habían enterrado vivo y que la Pirámide se derrumbaba y lo aplastaba. Pero que continuaba vivo. Y se agitaba asustado. ¡Pobre! No sabía que la inmortalidad era un privilegio de los
hombres-dioses, y no de sus caricaturas.
El Presidente miraba el mapa que le habían puesto sobre su escritorio con lugares coloreados de rojo y leía: Túnez, Irán, Egipto, Irán, Argelia, Irán, Yemen, Irán… No es que haya varios Iranes en el mapa, es que el Presidente deslizaba su mirada con nerviosismo, cada vez que leía uno de los nombres enrojecidos, de los nuevos países.
Y, ¿qué es lo que pasa en Egipto?, preguntó el Presidente. Que el pueblo quiere democracia, le contestaban sus asesores y la gente de inteligencia.
Y, ¿es que no había democracia en Egipto?, preguntaba de nuevo. Bueno, Señor Presidente, había elecciones.
Entonces…
Lo que pasa es que en los últimos treinta años, siempre las ganó Mubarak. Con nuestro apoyo, claro. No hay que olvidar que en sus tres décadas de gobierno, le hemos dado a Egipto, o sea, a Mubarak y a los suyos, sólo en ayuda militar, 50.000 millones de dólares. Eso, fuera de otras ayudas y de cajas menores…
Voy a hablar con Mubarak, dijo él. Y le telefoneó de inmediato. El faraoncillo pasó al teléfono y el Presidente, pensando en el castillo de naipes, fue diciéndole, de una vez, que escuchara a su pueblo, a lo que Mubarak contesto que él era el mejor amigo del pueblo.
Pero, adentro y afuera de Egipto, se comienza a hablar de “transición”. Y de “transición pacífica”. Y, el Presidente; y el infaltable pero anodino Secretario de Naciones Unidas, y los políticos europeos, les piden responsabilidad y prudencia a los dos bandos. A los dos bandos. ¡Como si el pueblo que grita exigiendo sus derechos aplastados durante 30 o más años, pudiese ser considerado un bando!
No sabemos sobre qué más le habló el presidente. Algún día, con algún Wikyleaks, lo sabremos. Es seguro que le dijo que renunciara, pero el Presidente no va a aceptar que le dijo eso, porque, es sabido, que los Estados Unidos no intervienen en los asuntos internos de otros países. La Historia corrobora eso. Son los otros países los que con sus desórdenes internos, afectan la seguridad de los Estados Unidos. Y, por eso ellos actúan, pero no como intervención que viola soberanías, sino en función de salvaguardar su propia seguridad.
¿Sería eso criticable? Por supuesto que no. Eso sí hay que dejar bien clara una cosa: la soberanía de cada país llega hasta donde llega la seguridad de los Estados Unidos. ¿Por qué? Porque su seguridad, se dice, es la seguridad del mundo. Si hay más preguntas, sólo tenemos una respuesta: el mundo es así. Y punto. Pasó con Roma, pasó con España, pasó con la Gran Bretaña y… quizás en 50 años, la seguridad del mundo se hable en mandarín. Ya hay balbuceos en este sentido…
Pero, es hora de acabar esta digresión y volver a la historia de la llamada. Aunque las digresiones son, generalmente, desahogos explícitos de quien escribe.
Mubarak afirmó, después, que le había dicho al Presidente que él (el Presidente) no conocía Egipto y que si renunciaba, se instalaría el caos.
El caos, esa palabra que produce urticaria en los políticos y dominadores de toda calaña. Porque, para ellos, el caos significa pérdida de poder y, con ello, de identidad y de autoestima. Seguramente no de dólares o de euros que están bien resguardados en los prostiparaísos bancarios que viven de las cuentas cifradas, y a donde llevan su botín los saqueadores de tesoros públicos y los estafadores de fiscos. No son conscientes estos personajes de que el citado caos es algo que ellos mismos han construido con su orden expoliador y excluyente.
Pero sigamos…
El presidente manda a alguien a Egipto a que se entere, de primera mano, o de primeros gritos, y le diga la verdad. Porque ya su Secretaria de Estado, la señora Clinton, por cierto, muy amiga personal de los faraoncillos Hosni y Suzanne, le ha dicho que no hay que preocuparse porque el gobierno de Mubarak es fuerte.
El enviado, conocedor como pocos, de Egipto, sale a decir que lo mejor es que Mubarak se quede. Desde la Casa Blanca lo desautorizan diciendo que es una opinión personal. ¡Habrase visto!
Entonces, en medio de una endemoniada incertidumbre, el Presidente comienza a buscar la fórmula mágica, que no sabe cómo funcionará, pero no tiene otra: que Mubarak se quede, yéndose.
Ojo, esto puede ser visto como un sofisma dialéctico pero, en política todo es posible. Porque siempre habrá un referente universal con el cual justificar lo hecho. La salud del pueblo, por ejemplo, para citar uno muy trillado. O la defensa de nuestros más caros valores que representan el culmen de la civilización.
Quedarse, yéndose: es lo que, justamente, va a significar la palabra transición.
Pero Mubarak quiere quedarse sin irse. Además, miope en estos asuntos, no se explica cómo sus amigos para los que trabajó servilmente, durante 30 años, quieren echarlo poco menos que a patadas, de la noche a la mañana. Y se pone furioso al punto de perder la razón y decir que no recibe órdenes de extranjeros.
Mientras tanto, la policía ha seguido disparando. Ya van más de 300 muertos…
Mubarak sale en televisión a decir un chiste cruel: que va a enjuiciar a los matones.
La situación empeora. Ante la amenaza del pueblo furioso de derribar los muros y obstáculos que lo separan del dictador, y de sacarlo para juzgarle, y, además, ante una amenaza peor que es la de que el movimiento popular se salga de las manos, el Presidente Obama, a quien ya le ha dicho su Secretario de Defensa, que en estos días críticos ha hablado con los generales egipcios más que Mubarak, le pide al ejército que sea el garante de la transición. O sea: finalmente, Mubarak se va a quedar, yéndose. ¡La fórmula ha funcionado!
El faraoncillo (que no faraón; la memoria de los faraones merece respeto), reúne a la plana mayor del Ejército y le entrega el mando. Y se va. Aunque, físicamente, no del todo. Se va de vacaciones a Sharm el Sheif, un dorado exilio interno a orillas del Mar Rojo, lejos del mundanal ruido. Mientras tanto…
La gente grita. Hace fiesta. Ilumina la Plaza de Tahrir con juegos de luces. Y muchas otras plazas en todo el país.
El Ejército, esa institución que puso y respaldó a los presidentes, mucho más al dictador de treinta años, que es privilegiada en el andamiaje del Estado, ha quedado a cargo.
Hemos presenciado la obra maestra de un golpe militar sublimado: la institución más querida y, además, neutral, se hace cargo del gobierno. Todo ello adornado con la magia fabulosa del poder mediático. Estoy seguro de que, de haber estado presente Maquiavelo, hubiese aplaudido, de pie.
No fue un golpe militar contra Mubarak sino contra el pueblo. Y, contra su Revolución de necesidades y expectativas. Porque no fue ésta una revolución ideológica, sino una revolución con ilusiones políticas, en búsqueda de una vida mejor. Como lo fue en Túnez.
Desde antes de la partida de Mubarak, ya les han dicho a los manifestantes que se vayan a sus casas. Que han ganado, como les dijo el general-Vicepresidente Suleimán. Que la historia comienza ahora… Claro, la historia de siempre. Como en el Túnez de Ben Ali, a quien reemplaza uno de sus ministros.
Se van los dictadores pero se queda el régimen, o sea, el engranaje
burocrático-militar-policial que lo sostuvo. Ahora maquillado con promesas de democracia auténtica (¿acaso, habrá otra?) para lograr la aceptación y justificar luego la represión que vendrá, inevitablemente, cuando, quienes estén en el gobierno (que no en el poder), no puedan cumplir con las promesas de reforma que hicieron bajo los gritos de los descontentos.
El régimen dará para muy pocas cosas. Entre ellas, para establecer una
“democracia superficial”, como la llama la vocera europea Catherine Ashton, y que consiste, según ella en que “la gente vota el día de las elecciones” . No puede dar para más. No puede dar para el otro modelo que ella plantea como ideal, que es el de una “Democracia profunda”, porque ello implicaría, en una sociedad como la egipcia y, en general, en este tipo de sociedades, una democratización material, no sólo formal, del poder y, como consecuencia de esto, una redistribución del producto social, que el sistema no está en capacidad de ofrecer. Porque éste es la telaraña que cubre el planeta con el nombre de Globalización, que destruye o precariza el trabajo, y alienta la ganancia especulativa. Es decir, todo lo contrario de lo que necesitan estos pueblos rebeldes.
Por ahora, (nunca se sabe cuánto durará el ahora), el Presidente puede dormir tranquilo. Aunque, a decir verdad, los gritos en Argelia y en Yemen, no lo dejan dormir bien del todo…
Quien no dormirá tranquilo será el faraoncillo porque pensará que algún fantasma desconocido querrá cazarlo, aún en el mismo basurero de la historia, donde debe estar según un articulista, porque, todavía, se convierte en un peligro, para algo o para alguien.
Tampoco lo harán los 3000 o más príncipes que, más allá del Mar Rojo, o en el Golfo Pérsico, disfrutan, sibaríticamente, de las fortunas obtenidas por las energéticas entrañas de la tierra, como si fueran su absoluta propiedad privada.
Pero ahora, cuando se ha ido el dictador, como lo llamamos algunos o, el tirano como lo llaman otros, podemos hacer unas preguntas, como lo haría Bertolt Brecht:
¿Quién construyó la dictadura? ¿Él solo? ¿No hubo otros que le ayudaron?
¿No tuvo manos derechas que ejercieron el control y la represión?
Y la respuesta es sí: son los mismos a quienes algún sector de los manifestantes aclama como héroes; los que se quedaron con el gobierno y afirman que harán respetar los Tratados firmados por el antidemocrático gobierno (amarrando, de paso, al posible nuevo gobierno civil); los que han ordenado desalojar, bajo pena de arresto, la emblemática Plaza Tahrir, los que cierran el Parlamento que, por más cuestionado que fuera, en su origen, tenía, al menos, una legitimidad electoral . Legitimidad que no tienen quienes ahora van a expedir leyes, porque recibieron el poder de hacerlo de su jefe Mubarak a quien sacrificaron, suavemente, como chivo expiatorio, para calmar los gritos de la multitud que hubiera podido voltear los tanques con los soldados dentro, dando cuenta del régimen y poniendo en peligro el sistema y, con él, el castillo de naipes. Ese riesgo no podía correrse a ningún precio.
Ahora, el Primer Ministro Shafiq ha dicho que la “mayor preocupación” del gobierno es restaurar la seguridad y “ volver a la normalidad”.
De verdad, ¿a nadie le llama la atención esta declaración?
Volver, ¿a qué normalidad? ¿A la de antes? Entonces, ¿no pasó nada?
¿Y los 300 muertos…?
¿No es ésta la mejor expresión del cinismo como política?
Y…al final, ¿quién se quedará con la Plaza?
Tantas preguntas. Tantas…

Weston, Florida, 14 de febrero del 2011
*Doctor en Historia de El Colegio de México
Pedagogo de Excelencia de la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia

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