QUEMANDO CORANES: LAS HOGUERAS DE LA ESTUPIDEZ

Estaban, prácticamente, ebrios de triunfalismo. Buena parte de las masas alemanas gritaban detrás de él, o se enardecían con su presencia.
Aquel austríaco que había peleado en la Primera Guerra Mundial, y cuyas supuestas hazañas están siendo hoy desmitificadas por haber sido una construcción del Partido Nazi, había logrado movilizar a los desempleados, y descontentos en general, con las promesas de reparar las ofensas y humillaciones generadas por el Tratado de Versalles que dio fin a la guerra, sobre el papel, porque, en la realidad, no era más que un descanso para reiniciar la carnicería en 1939.
El cabo Hitler, convertido en Führer de un partido de fanáticos y de una sociedad traumatizada, les prometía a los alemanes, fundar un Reich que debía durar 1000 años.
Corre el año de 1933 y el ahora Canciller Adolf Hitler ha nombrado a Joseph Goebbels, personaje con elevado grado de cultura, Ministro del Reich para Ilustración del Pueblo y de la Propaganda. Fue establecida la más estricta censura y la prohibición de una serie de libros. Las bibliotecas de los Partidos Comunistas y de la Universidad de Colonia, fueron incendiadas.
Para sorpresa de muchos, aunque no de los conocedores de la condición humana, ese importante filósofo que fue Martín Heidegger, Rector de la Universidad de Friburgo y miembro del Partido Nazi, participó en la quema de libros que hubo allí, dentro de los desórdenes ocurridos el 8 de mayo (1).
Nos encontramos ahora, en la Biblioteca W. von Humboldt donde miembros de la Asociación de Estudiantes Alemanes, han recogido las obras prohibidas y las han juntado con las de otros institutos y con las de judíos capturados. Y las han llevado a Operplantz donde han encendido la hoguera. Goebbels se dirigió a su público y, después de hablar de la búsqueda de la verdadera esencia del ser alemán, dijo, entre otras cosas: “Las revoluciones que son genuinas no se paran en nada. Ninguna área debe permanecer intocable […].
Por tanto, ustedes están haciendo lo correcto cuando ustedes, a esta hora de media noche, entregan a las llamas el espíritu diabólico del pasado […].
El anterior pasado perece en las llamas; los nuevos tiempos renacen de esas llamas que se queman en nuestros corazones […] “(2).
Las llamas de Hitler, Goebbels y compañía, crecieron tanto que, sobre las miserias del pasado, prendieron la mecha de la Segunda Guerra Mundial…
Qué lejos estaba de imaginar Promoteo, el Ladrón Olímpico, que el fuego que les restituía a los hombres ( y que Zeus les había arrebatado por tramposos) con el precio de su tortura diaria en el Cáucaso, no lo utilizarían solamente para usos domésticos, sino también para achicharrar seres humanos y para pulverizar libros, a veces, en nombre del amor.
La civilización habría de ser, casi siempre, una continua hoguera…
Unos dicen que está loco; él dice que cree que no lo está (3). Yo le creo al pastor. De haber estado loco, hubiera quemado El Corán, sin anunciarlo tanto. Y, sin retroceder en su intento. Pero uno diría que todo estaba “fríamente calculado” en un juego dialéctico, mutuamente beneficioso: búsqueda de notoriedad por parte de un individuo y su pequeña iglesia; el show-raiting de los medios de comunicación y, la crispación de la sociedad por parte de los planificadores del miedo.
El pastor se hizo conocer por todo el planeta y se dio, también, el lujo de que personalidades de nivel mundial, le pidieran, o casi le suplicaran, que no lo hiciera. Y no lo hizo; no porque se hubiera convencido de que estaba en un error, sino porque se lo pidieron. Y quienes se lo pidieron, lo hicieron, no porque estuvieran convencidos de que era un atentado moral contra uno de los mejores valores de la racionalidad moderna como es el respeto al Otro, sino, básicamente, por las consecuencias de la fogata, jugándose en estos forcejeos, distintas éticas de la modernidad, como dice Hernando Gómez Buendía (4). O, lo que yo he llamado una ética flexible inspirada, sobre todo, en el pragmatismo.
“Idiota y peligroso”, denominó el Fiscal de Estados Unidos, Eric Holder, al proyecto del pastor.
“Vergonzoso”, la Secretaria de Estado, Hilary Clinton.
“Asestaría un duro golpe a la imagen de los Estados Unidos”, declararon en Egipto Al Ashar, una institución suní, y los Hermanos Musulmanes (¡quién lo creyera!).
Por supuesto, el presidente Obama también llamó al pastor. Pero lo que más pesó fue la intervención del general Petraeus, Comandante en Afganistán, quien advirtió que “el acto propuesto […] pondría en peligro las vidas de las tropas estadounidenses fuera del País”.
El Vaticano no se quedó atrás y denunció el plan como “indignante y grave” (5).
“Indignante y grave”, ¿ a la luz de qué? ¿De la conciencia secular moderna que nos exige una ética basada en el respeto a los demás? Es posible. Porque en el año 1537, El Corán fue destruido por instrucción del Papa (6). Y, ya antes, también, en 1500, el cardenal Jiménez de Cisneros, confesor de Isabel La Católica, había mandado quemar 5.000 ejemplares de ese libro sagrado (7).
Los medios de comunicación, por su parte, no ahorraron despliegues; “ha sido el número uno en los telediarios de cable de los Estados Unidos toda esta semana “(8). Y, ¡cómo no! Los medios de comunicación están a cada instante a la caza de noticias para subir su rating que les significa sostenerse o morir, en medio de la feroz competencia por atraer la publicidad.
Así que la noticia puede ser hoy, una bomba que deja decenas de muertos en un hotel, o un terremoto que deja miles. O un diluvio que deja 20 millones de damnificados; o un numeroso grupo de mineros atrapados dentro de las oscuras entrañas de la tierra por la desidia de sus patronos; o, tal vez, la caída de un antiguo, violento y demonizado jefe rebelde cuyo cuerpo es presentado como un trofeo, mientras se celebra su muerte, casi al estilo de las mejores épocas de la Roma circense.
O quizás los medios de comunicación muestren, descarnadamente, las víctimas descabezadas en algún país de la periferia, que produce o que envía las drogas que satisfacen la sed de mundos ilusorios de millones de consumidores, en los países desarrollados.
Las noticias-bomba de Irak y de Afganistán, por rutinarias, ya no son noticias. Entonces hay que esperar otras con ansiedad; casi que fabricarlas y, cada vez, con mayor impacto porque los “notiadictos” a la violencia y los desastres, esperan su ración cada vez más fuerte.
Y, se establece un mercado de imágenes “calientes” que van subiendo la temperatura con las entrevistas televisivas y la explicación de los expertos de siempre que, cual oráculos de sabiduría, nos dicen que lo que es susceptible de empeorar, empeorará.
Qué bueno, entonces, para ellos (los medios de comunicación), que aparezca ahora un pastor fanático (uno que no lo sea, no sería noticia) que nos diga que el Islám es el diablo y que va a quemar El Corán, con sus mentiras.
¿Lo hará? ¿No lo hará? De pronto sí. De pronto no. Desde el show, mejor que lo hiciese. Y el mundo se pone al borde de un ataque de nervios. Muchos le envían Coranes para quemar. Un impulso más: otras entrevistas. Mueren en Oriente musulmanes enardecidos que protestan amenazantes… Se pospone la quema.
El personaje ya se ha cotizado. Pero seguimos a la espera…
Los planificadores del miedo hacen su agosto. Mantienen a la sociedad crispada: con los nervios de punta, esperando el ataque de un monstruo que, cada vez, cambia de nombre. O, al que le cambian el nombre. Pero el resultado es el mismo y está ahí: necesidad de armarse, o de armar a nuestros amigos; hasta los dientes.
Compañías de seguridad, cámaras de vigilancia y muros electrificados, o de hormigón, pululan por todas partes. Máquinas que miran los intestinos; satélites que leen los pasos, las voces y, ya casi, el pensamiento, de todos y cada uno de los habitantes del planeta, forman parte del cuadro agónico.
Y, necesidad de más guardianes para guardar nuestra seguridad, sin que tengamos tiempo de preguntarnos acerca de quién podrá resguardarnos de los guardianes…
Muchos miran al personaje y creen que está loco. Eso porque no miran a la sociedad que lo produce, lo rodea y lo alimenta. Una sociedad polarizada, cada vez más agudamente, en medio de sus contradicciones sociales. El racismo ramplón, entre ellas. Que cae, también, como una peste bíblica, sobre las naciones de Europa.
Inmigrantes y gitanos; diferentes, de cualquier especie que no sea el hombre blanco “puro” (aunque sea como imaginario), o el nativo, se convierten en el chivo expiatorio de la crisis, imparable, a que ha llevado la “financiarización” especulativa de la vida, a escala planetaria.
La “teapartyzación” creciente de la política americana, está mostrándonos rostros nefastos de un pasado no muy lejano, como lo deja entrever Antonio Caño cuando nos dice: “El movimiento conservador en desarrollo en los últimos meses en Estados Unidos, alimentado por el rencor de una clase media empobrecida y por la ambición de una nueva clase política post-partidista, rompe los moldes del radicalismo tradicional y evoca el carácter racista, nacionalista y fanático del fascismo”. Y agrega Caño que este aroma de Tea Party, “siembra dudas, trae malas sensaciones, asusta” (9).
Y, a todas estas, ¿qué es El Corán?
Para la absoluta mayoría de nosotros, “un libro cerrado”, como dice Carolina Sanín. Un libro sobre cuya quema se discute pero, superficialmente, dado que, en buena parte de los casos, los periodistas que hablan de él, no saben de qué trata (10).
“Nosotros te relatamos la más hermosa de la historias al revelarte este Corán, si bien antes de él eras de los desatentos” ( XII, 3).
Y el Profeta que puso atento su corazón, lo recibió y lo transmitió. Quienes creyeron en él, se llamaron muslines, o sea, musulmanes. Esa lectura recitada (qur’ân), con una tonalidad muy especial, es su libro. Es decir, “El Libro” sagrado; la referencia vital, de 1.300 millones de personas que profesan el Islam (11), palabra derivada de la raíz árabe s-l-m que transmite la noción de entrega y de paz (12), en el sentido de “sumisión a Dios”, pero no una sumisión ciega, sino con base en la fe, determinada por la justicia divina. Pertenece a la misma raíz morfológica de la palabra salam que quiere decir “Paz” (13).
El Islam es una de las religiones del Libro (sagrado), como pasa con el judaísmo y el cristianismo. Así que “Para sus adeptos, El Corán es el Libro” (13). Pero, no cualquier libro, sino un libro dictado directamente por Alá, de Al-Lah, palabra árabe que debe ser traducida por “Dios”, no como el dios del Islam (14). Por esto mismo, no es un libro de inspiración sino de revelación divina. “Para el musulmán, el Corán es el libro constituido total y exclusivamente por la revelación hecha al profeta Mahoma [Muhammad], y cuya integridad representa” (15). Por eso, como dice Sanín, con toda razón, refiriéndose a un aspecto de suma importancia, es un error llamar “mahometanos” a los seguidores del Islam ya que éste es “una religión monoteísta que rechaza la idea de identificar a un hombre con Dios” (16).
El Corán fue transcrito, originalmente, en lengua árabe y, por eso, los musulmanes creen que sólo en esa lengua se puede percibir la majestuosidad de Dios (17).
Las revelaciones eran transcritas, bajo la supervisión del Profeta, por jóvenes alfabetizados que usaban pergamino o cuero, “pero muy a menudo materias menos apropiadas: omóplatos de camello, hojas de palmera, piedras planas, etc.” (18).
Al morir el Profeta (632), sus discípulos trataron de organizar sus escritos. El primer califa (“sucesor”), Abu Bakr (632-634), hizo constituir un primer manuscrito “Testigo”. El tercer califa Utmân (644-656), hizo establecer la versión “oficial”: el libro de referencia. Se elaboraron seis copias que fueron enviadas a las provincias (19).
El Corán está compuesto por 114 suras o azoras (“capítulos”) y un número de aleyas (“versículos”) que varían, según la manera de detallarlos (20).
Mientras la Biblia fue impresa, por miles, con la aparición de la imprenta en el siglo XV, en el caso de El Corán se presentó un problema: los ulemas o especialistas religiosos, decían que sería un sacrilegio hacerlo. Que debía copiarse a mano. Es más: el sultán otomano (“sultanato” entre los turcos, “califato”, entre los árabes) de Constantinopla, publicó un decreto por medio del cual condenaba a muerte al musulmán que intentase aprender las técnicas de impresión (21).
El Corán fue traducido al latín por el monje Roberto de Ketton en 1143. De ahí fue traducido al italiano por Andrea Arrivabene en 1547. Juan de Segovia (1400-1458) publicó una versión trilingüe en latín, castellano y árabe. Por la misma época, se publicó una versión en catalán. El texto latino de Ketton fue impreso en Basilea en 1543 (22).
Un mensaje fundamental del Corán es proclamar la trascendencia, la grandeza y la unicidad de Dios. Esto se ve claramente en la azora CXII:
“En el nombre de Allah, Clemente, Misericordioso. Dí: Él es Allah, la única divinidad. Allah es el Absoluto. No engendró ni fue engendrado. No hay nada ni nadie que se asemeje a Él”.
Lo anterior conlleva que el Islam considere al politeísmo y a la idolatría como faltas gravísimas contra Dios. Tampoco se considera que el hombre tenga filiación divina. Por eso, “las doctrinas de la Trinidad y la Encarnación resultan incomprensibles y desagradables. ¿Qué puede ser un Dios que en cierto modo es ‘divisible’, un dios que puede convertirse en un hombre, una paloma o un cordero, sino una forma de politeísmo y de idolatría, creencias insistentemente condenadas por el Corán?” (23). Por eso, Jesús es, para el Islam, un gran profeta, pero no hombre-Dios.
Y no hay sacerdocio en el Islam. No hay personas consagradas o dotadas con lo sagrado. Hay religiosos reconocidos como maestros, como guías espirituales. Nada más. Tampoco hay Iglesia “en el sentido de una institución religiosa separada del mundo seglar, con financiación, personal, costumbres y organización propios. La autoridad es indivisible dentro del Islam; no hay ninguna separación entre lo sagrado y lo secular” (24).
El Corán es, como ya lo hemos dicho arriba, la guía de vida para el musulmán, en sus relaciones familiares, profesionales y sociales. “Extirpar de él el conocimiento del Corán sería como arrancarle el alma” (25).
En El Corán encontramos, como en la Biblia, mensajes de paz y de combate. El yihad (la palabra árabe es masculina), por ejemplo, hace referencia a un esfuerzo espiritual por alcanzar el camino de Dios. Y, eso implica combatir en defensa del Islam si se es atacado. Dice EL Corán :
“[…] absteneos de las obscenidades, tanto en público como en privado, y no matéis sino con justa razón, al ser que Dios prohibió matar. Eso es lo que Dios os preceptúa para que razonéis” (IV, 151). Y, en otra azora ya ha dicho: “Y combatid por la causa de Allah a quienes os combatan, pero no seáis agresores, porque ciertamente Allah no ama a los agresores” (II, 190).
Ha habido polémica en cuanto a si el yihad es un esfuerzo meramente espiritual o si es la expresión de un mensaje de combate. Yo creo que lo uno y lo otro, como ocurre también con pasajes de la Biblia que, a veces, son mucho más fuertes en la parte guerrera (Ver, por ejemplo, Deut. 7,5 y 20, 10-20).
Ya hemos visto que EL Corán, autoriza el combate defensivo, pero una cosa es lo que dice la letra, y otra la vida real. No puedo creer que la construcción y expansión de lo que se puede llamar el Imperio Islámico, desde el Siglo VII en adelante, hasta dominar tierras del Cercano Oriente, Asia Oriental, África y Europa, fuera una lucha meramente defensiva.
Siempre hay quienes hacen un esfuerzo por mostrar a sus religiones como religiones de paz. Los enemigos respectivos las verán, a su vez, como enemigas y perseguidoras.
Toda religión, a mi juicio, está condicionada por dos aspectos: el primero, el contexto histórico en el que surge. Y, el segundo, y más importante, son sus Principios o Verdades, elaborados, o “recibidos”, en el caso de los creyentes, en un ámbito cultural muy concreto que, viéndolo con ojos religiosos, adquiere visos de universalidad.
Comencemos por el segundo:
En religión, un Principio es una Verdad Absoluta. Es decir, LA VERDAD. Y, es LA VERDAD sobre todo lo que existe: sobre el ser y la nada; sobre el principio y el fin, sobre el amor y el odio; sobre la vida y la muerte… De ahí a combatir para imponerla, o para suprimir a los “incrédulos” o “infieles”, hay un paso muy corto.
Eso pasó con el cristianismo; tal vez, en menor medida, con el Islam; y no pasó con el judaísmo. En el caso de este último, porque los judíos se consideraron, siempre, “el pueblo escogido” y, por ello, no combatían para adoctrinar sino para sustentar un espacio.
En cuanto al contexto histórico, las religiones del Libro aparecieron en un ambiente de conflictividad. Los judíos luchando por su supervivencia territorial y cultural con los pueblos vecinos y con los grandes imperios que dominaron lo que hoy llamamos el Cercano Oriente.
El cristianismo, al convertirse en religión del Imperio, en el siglo IV, unió religión y política con lo que eso implicaba al proyectarse la unificación ideológica del imperio: perseguir a todos los que no aceptaran la ortodoxia político-religiosa de Roma. Es decir, a los paganos, a los herejes, a los infieles, a los cismáticos, a los incrédulos, a los apóstatas, a los ateos, etc. O sea: a todos los “anormales” del mundo a quienes se trató de cristianizar, en una forma u otra.
El Islam, por su parte, aparece luchando en espacios con distintas religiones pero, sobre todo, contra el Papado y los imperios y reinos cristianos. Esa lucha explicaría, por lo menos en parte, los contenidos de su Libro Sagrado donde hay un mensaje de amor o de justicia para “los de adentro, y de combate para “los de afuera”. Otra cosa es que, llegada la modernidad, con la creación de Estados Nacionales seculares y organismos supranacionales, la mayoría de los creyentes no esté pensando en subyugar a otros pueblos para imponerles la religión. Desde luego que, en distintos ámbitos, hay minorías radicales que quieren hacerlo.
A pesar de que las tres grandes religiones monoteístas tienen un origen oriental (hablando “occidentalmente”), para el cristianismo, que luego identificaría al llamado Occidente, el Islam fue “el otro”; parte del “Espejo del Diablo”, como diría el historiador Josep Fontana. Fue el primer enemigo contra quien se predicó la Cruzada. Veía al Islam como una “falsa religión”, y a Mahoma “como un enviado del diablo” ( 26).
De por sí, ya los romanos habían visto en los árabes parte de esos pueblos diferentes que “no son como nosotros”. Y el que no es “como nosotros”, es el bárbaro que siempre es inferior, con todas las consecuencias que se deducen de esto, la esclavitud, entre ellas, como bien nos lo enseñaron los griegos.
El gran historiador Amiano Marcelino se refería, en el Siglo IV a los árabes pre-islámicos en forma despectiva cuando los consideraba “un pueblo destructivo, que caían como aves de rapiña para apoderarse de lo que no podían encontrar” (27).
Claro que el expansionismo musulmán, en su expresión árabe, golpeó a los pueblos cristianos e hizo presencia en Europa. Pero, al hacerlo, entró a formar parte de la cultura europea.
El Califato de Córdoba fue, tal vez, el mayor centro cultural de su tiempo; en este aspecto, dejó un monumento que va, desde la traducción de los clásicos griegos, pasando por la invención del álgebra, el uso de baños frecuentes (ya que los europeos se bañaban una o dos veces al año), mejores técnicas de agricultura y nuevos alimentos, hasta el cante jondo y el amor romántico representado en la poesía árabe (28).
Es más: hasta esas instituciones que algunos han considerado como las primeras universidades, ya que aparecieron un siglo antes que éstas, las madrasas que eran, literalmente, “lugares de estudio”, donde se estudiaban “Ciencias Islámicas” ( religión y escuelas jurídicas), complementadas fuera de ellas con estudios de filosofía y ciencias naturales “que podían incluir la medicina, las matemáticas, la geometría y la astronomía, y de las Artes Literarias que incluían, la lengua árabe, la prosodia, la gramática y la poesía”( 29).
Así que el Islam no es una religión extranjera en Europa. Quemar el Corán no es solamente una estupidez desde el punto de vista de los valores de la modernidad, que se sustentan en la igualdad de los seres humanos y, en su derecho a expresarse con sus diferentes culturas (dentro de las cuales “lo religioso” tiene un peso especial), sino que es, también, quemar parte de la tradición y de la cultura europeas. En todo caso, es como quemarnos a nosotros mismos como cultura particular temporo-espacial, pero, por sobre todo, como conciencia humana que trasciende en el respeto al Otro (concreto, histórico; no solamente conceptual).
Las hogueras con EL Corán, o con cualquier libro sagrado (deberíamos decir, con cualquier libro), sólo pueden ser expresión de un neofanatismo que se presenta en sectores radicales del cristianismo, y que es producto de un desencanto destructivo de la modernidad. Este desencanto sucede después de haber tenido acceso a los valores de la Ilustración. No es, pues, una involución, sin más, para regresar a un época pre-moderna. La historia, así se la mire en una forma lineal, no involuciona. El ayer, como repetición, está muerto.
Lo que está ocurriendo es algo peor: es la quema de cualquier sentido histórico.
¿Por qué?
Por un miedo absurdo que se apodera de nosotros. Desde la mañana hasta la noche. Y, en medio de la noche misma. Las pesadillas permanentes que entran por nuestros ojos, o por nuestros oídos, y se quedan dentro, borran la frontera entre la vigilia y el sueño. Estamos despiertos en medio de las pesadillas, o dormidos frente a ellas.
La globalización de la economía, con las formas de comunicación instantánea, han globalizado la vida con todos los miedos que esto conlleva.
Nadie se siente seguro porque ya no estamos frente al peligro para el cual uno podía prepararse, sino que estamos frente a la incertidumbre (30). Incertidumbre que genera miedo. Incertidumbre y miedo pueden ser los nombres de los nuevos fantasmas que recorren el mundo.
Mario Vargas Llosa nos dice que los medios de comunicación nos presentan los reality shows “donde verdad y mentira se confunden igual que en la ficción” (31). Pero, lo que ocurre es que, siempre, desde la mentira, ésta parece verdad. Y, la mentira que parece verdad, está dispuesta, en cualquier momento, a encender las hogueras.
El mismo escritor da a entender que el pastor incendiario está en la categoría de los fanáticos y de los bufones. Y se refiere, además, a él, como “un pobre infeliz” (32).
En cuanto al fanatismo, hay que decir que es una enfermedad propia de la inmadurez humana. En cuanto a lo de “pobre infeliz”, pudiéramos decir, si tuviésemos una dosis de mordacidad, que ésta es una definición preciosa del hombre posmoderno. A mi juicio, mejor no la habría.
En cuanto a lo de los bufones, debemos reconocer que todos, o casi todos, andamos en las bufonadas: sea como actores, o como “bufo-espectadores”. Pero, no sólo hay bufones entre los pastores, entendida esta palabra en un sentido religioso plural. También hay bufones entre los políticos. Y, entre los economistas, ¡ni hablar! Los primeros nos hacen reír con sus promesas y, los segundos, con sus diagnósticos. Promesas incumplidas, o cumplidas sólo como cuota inicial. Diagnósticos errados de los gurús “oficiales”, porque los no oficiales, nunca son escuchados.
Pero, no están solos, como hemos dicho. Nosotros estamos ahí: aplaudiendo y riendo a carcajadas; tolerando, con una sonrisa, o sufriendo impotentes las bufonadas, con la risa amarga de sentirnos como el trompo de poner.
Justo es reconocerle a Vargas Llosa la explicitación de la co-responsabilidad colectiva en la bufonada ardiente del pastor Terry Jones: “Puede ser un fanático, un loco, o un mero payaso. Pero, en cualquier caso debe quedar claro que no actuó solo. Todos fuimos sus cómplices”(33).
O sea, ¿podría pensarse que todos estamos locos? Es posible. De todas maneras, pareciera que la locura se nos está convirtiendo en la condición normal de la vida…
Por lo que hemos visto a través de la historia, y su desenlace en este momento histórico, se ve que el mensaje de los libros sagrados, no le ha hecho mayor mella al ser humano en el sentido de moralizar, de hacer más decente su vida. Pero, tampoco los discursos de la razón o de la ciencia, lo han logrado.
Los libros sagrados tienen partes que me atraen como son los valores de justicia y de confraternidad, y partes que me aterran como cuando afirman las falsedades de los otros y la necesidad de combatirlos y, en algunos casos, de suprimirlos.
Y, hay que reconocer que, tanto en la Biblia como en El Corán, se han inspirado, y se inspiran, cruzados y yihadistas, de todas las especies. Pero, como se ha dicho, inteligentemente, ni todos los cristianos son cruzados, ni todos los musulmanes son yihadistas.
Pero, no por eso tenemos que quemarlos. En la medida en que los humanos somos una contradicción dialéctica, llevamos dentro, al mismo tiempo, el cielo y el infierno. En general, el primero, como imaginario; y, el segundo, como vivencia. Frente a las hogueras hay que domesticar la vivencia y fortalecer el imaginario.
¿Quemarlos en nombre de un fanatismo absurdo?
Ha ocurrido y puede seguir ocurriendo. Pero es desastroso. De todas maneras, si lo hiciésemos, volverían de sus cenizas, como dice William Ospina, porque “Las manos que escribieron esos caracteres volverán a escribirlos, la mente que soñó esas historias volverá a soñarlas”. (34).
Y quienes pronosticaron los apocalipsis, volverán a hacerlo, agregaría yo.
Además, porque al quemarlos, nos quemamos a nosotros mismos en el Otro. En ese Otro Diferente que nos define y que hace posible la palabra Nosotros.
La hoguera; ese tipo de hoguera, es una de las más refinadas expresiones de la estupidez humana, ya que como decía Heinrich Heine, : “[…] allí donde queman libros, acaban quemando hombres[…]” (35). Ese es el momento más expresivo de la negación de la identidad humana.
Es cuando, realmente, “LA VERDAD” se convierte en MENTIRA.

REFERENCIAS
(1) Báez, Fernando, Historia Universal de la Destrucción de los Libros, Buenos Aires, Sudamericana, 2005, p.220
(2) Ibíd. pp. 220-221
(3) Carlin, John, “Todos locos por un solo loco”, ELPAIS.COM, 11/09/2010
(4) Gómez Buendía, Hernando, “Religión y Convivencia”, www.razonpublica.com, 9/12/2010
(5) ELNUEVOHERALD.COM, 9/9/2010
(6) Báez, Fernando, ob. cit. p.141
(7) Ibíd. pp. 127-128
(8) Carlin, John, Art. Cit.
(9) Caño, Antonio, “El nuevo conservadurismo americano “, ELPAIS.COM, Washington,
12/02/2010
(10) Sanín, Carolina, “Un libro cerrado”, ELESPECTADOR.COM, 11/09/2010
(11) Martínez, Pedro, El Islam, Barcelona, Salvat, 1985, p.14
(12) Bloom, Jonathan M. y Sheila S. Blair, Islam. Mil Años de Ciencia y Poder, Barcelona, Paidós, 2003, p.34
(13) Martínez, Pedro, ob. cit. p.14
(14) Guellouz, Azzedine, EL CORÁN, México, Siglo XXI, 2003, p. 48
(15) Ibíd. p. 12
(16) Sanín, Carolina, art. cit.
(17) Bloom y Blair, ob. cit. p. 40
(1 8) Guellouz, Azzedine, ob. cit. p.27
(19) Ibíd. p. 28
(20) Ibíd. 25
(21) Fletcher, Richard, La Cruz y la Media Luna, Barcelona, Península, 2005, p. 157
(22) Bloom y Blair, ob. cit. p. 41
( 23) Fletcher, Richard, ob. cit. pp. 19-20
(24) Ibíd. p. 19
(25) Balta, Paul, ( Comp.), Islam. Civilización y Sociedades, México, SigloXXI, 2006, p. 10
(26) Fontana Josep, Europa ante el Espejo, Barcelona, Crítica, 1994, p. 57
(27) Fletcher, Richard, ob. cit. p 23
(28) Goody, Jack, El Islam en Europa, Barcelona, Gedisa, 2004, pp.80-82
(29)Bloom y Blair, ob. cit. p. 108
(30) Innerarity, Daniel, “El Miedo Global”, ELPAIS.COM, 19/09/2010
(31)Vargas Llosa, Mario, “La era del bufón”, ELPAIS.COM 19/09/2010
(32)Ibíd.
(33) Ibíd.
(34) Ospina, William, “La ceniza de Alejandría”, ELESPECTADOR.COM, 09/11/2010
(35)Heine, Heinrich, citado por Fernando Báez, ob. cit. p. 218

JORGE R. MORA FORERO

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Una respuesta a QUEMANDO CORANES: LAS HOGUERAS DE LA ESTUPIDEZ

  1. Milena Nieto dijo:

    Los economistas nos asustan con sus predicciones y diagnósticos, nos llenan de miedo con sus cifras pero los bufones… ellos nos hacen reír cuando descubrimos nuestros actos en otros cuerpos.

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