EL OFICIO DE EDUCAR

( Este documento fue enviado, en su momento, con el título de : “CARTA A MIS ESTUDIANTES Y EX- ESTUDIANTES DE CIENCIAS SOCIALES DE LA UNIVERSIDAD PEDAGÓGICA NACIONAL)

Estimados Estudiantes y Ex-estudiantes (Ellos y Ellas):

Reciban ustedes un afectuoso saludo. Y aunque la fórmula pueda parecer protocolaria, ni ella ni el sentido lo son.
Por primera vez, en treinta y cinco años, no me presenté al aula de clase a iniciar semestre. ¡En treinta y cinco años!
Deben ustedes comprender que en la base de esta ausencia, hay dos motivos: el primero, de salud, porque el tiempo hace mella en todos los organismos vivos, y el mío no podía ser la excepción. Esa es una de las razones por las cuales se demoró esta Carta que debió llegar a ustedes, el 4 del presente.
Y el segundo motivo: la necesidad del relevo generacional que permite abrirles la puerta a mentes jóvenes y bien estructuradas para analizar y entender el crucial momento histórico, o ¨sin-histórico¨, que estamos viviendo.
Por lo anterior, aunque añoro mi trabajo, trato de comprender mi situación. No es esta una nueva etapa de mi vida porque, a mi edad, la vida ya no se cuenta por etapas. Simplemente, la vida ya no se cuenta, y eso tiene que ser así. Conocer lo inevitable, era una de las reglas de sabiduría de los estoicos. YA FUI. Y punto. Lo que se hizo, se hizo. Y lo que quedó, a veces algo, a veces nada; quedó como algo, o quedó como nada…
Porque cuando uno es maestro, no sabe lo que se llevan sus estudiantes.
Pueden llevarse una respuesta, lo que no es muy satisfactorio. Pueden marcharse con las manos vacías, lo que es muy triste. O pueden irse con una pregunta, lo que es muy halagador. Pues no hay mayor halago para un maestro, que el que un estudiante le diga: “me dejó pensando…”
Pensar, sí; es el comienzo del cuestionar; del preguntar-se. Es el comienzo del llegar a ser. Es la posibilidad de dotar a la existencia con un sentido. Y eso es comenzar a SER.
Así que si utilizamos los viejos términos de la filosofía, PENSAR, no solamente tiene un valor gnoseológico sino ontológico-existencial.
El pensar es el comienzo del cuestionar y del cuestionar-se; es decir, es poner en duda el mundo, y la conciencia misma que lo capta. ¡Tamaño atrevimiento! Pero es, ha sido, el camino para llegar a SER. El hombre comenzó a ser tal cuando comenzó a preguntar. Pero su ser no es algo inamovible, una estructura eterna. En algún lado escribí que el hombre es el ser que es el no-ser, por excelencia.
Y al hablar de estas cosas, estamos hablando del trabajo del maestro: sujeto éste, creador, como ninguno, del espacio para la pregunta.
Maestro. Del latín MAGIS-TER. Lo vimos en clase, y no debemos olvidarlo: significa tres-veces-más. Tres veces más que el estudiante (que no del alumno).
Tres veces más: en el manejo del conocimiento; en su traducción y puesta en cuestión, lo que específicamente se denomina enseñanza y, finalmente, en la creación de RELACIONES HUMANAS, el aspecto propiamente pedagógico y, a mi juicio, fundamento de la educación, si entendemos por tal el proceso que permite conducir a los individuos de una situación determinada, a otra mejor.
Debo aclararles, y muchos de ustedes me lo oyeron en las aulas de clase y fuera de ellas, que prefiero usar la palabra estudiante que quiere decir, el que trabaja con ahínco, el que busca, el que investiga; en síntesis, el que se forma, a la palabra alumno, del latín ALUMNUS, el alimentado. Es el participio pasado del verbo ALERE, alimentar, nutrir. O sea, y en nuestros términos, el alumno es el que tiene que tragar entero.
Como ven ustedes, las palabras alumno y estudiante, encierran dos modelos pedagógicos distintos, con sus correspondientes modelos didácticos: la primera implica un modelo para tragar pensamiento. Eso lo expresó muy bien mi maestro Paulo Freire en su concepto de educación bancaria.
La segunda palabra implica un modelo de producción de pensamiento, de formación de una conciencia autónoma, base de toda auténtica praxis política…
Pero volvamos al maestro; al tres-veces-más, continuando con el hilo del discurso, si es que este discurso tiene algún hilo.

En el manejo del conocimiento.
Allí, seguramente aprenderemos, que aquello que conocemos, y la forma como lo conocemos, está directamente condicionado por nuestra experiencia plural, o sea, como espacios y como tiempos distintos, que van creando y significando aquellas obras y símbolos que le dan sentido a la vida y que llamamos cultura.
Es decir, las vidas múltiples se transforman en prácticas sociales heterogéneas, y éstas, en ideas diferentes y en verdades diversas. A eso, con algún sentido teleológico, es a lo que llamamos historia.
La verdad, en singular y, por lo tanto, en exclusiva, debe convertirse, más en un referente imaginario de sentido, que en una esencia. Cuando esto último ocurre, el espacio del pensamiento, de la pregunta, queda aplastado y “ la verdad” se impone en una forma totalitaria, expresándose en los Gulags, en los hornos crematorios o en las mismas patrias “discursivas” donde las mayorías, despojadas o privadas de sus medios de subsistencia, sufren la exclusión, en todos los sentidos. Se impone, en este contexto, el autodenominado pensamiento políticamente correcto: pensar, es pensar con el poderoso. Es decir, renunciar a pensar.
Pero, cuando el maestro renuncia a pensar y a ser el creador del espacio para la pregunta, renuncia a su MAGIS-TERIO y se convierte en un MINUS-TER (tres veces menos), en un sirviente de los intereses minoritarios establecidos.
El maestro renuncia, entonces, a su condición de intelectual: la misma que le permite leer bien adentro, en lo profundo, eso que llamamos la realidad. Y como lo profundo no tiene fondo porque, como en el caso de la vida social, se va construyendo y deconstruyendo siempre con las nuevas acciones humanas, el intelectual, en este caso el maestro, siempre estará haciendo y promoviendo nuevas lecturas del mundo.
Y de los esquemas que van surgiendo para explicarlo e imponerlo.
Porque un esquema no es más que una racionalidad que surge en un momento dado, para interpretar la mentada realidad y hacerla leer, desde unos intereses.
Y es papel del maestro, si no renuncia a su condición de intelectual, leer y contribuir a que se hagan las lecturas de esa lecturas y de esas imposiciones que se transmiten, a veces “muy democráticamente” (“dejemos que el alumno se exprese para corregirlo”, es decir, co-regirlo), a través del proceso educativo.
Porque la educación no puede ser solamente la afirmación de un modo de vida, sino también, la crítica del mismo.
Como profesores de Ciencias Sociales, no podemos olvidar que las instituciones son históricas y anti-históricas, a la vez. Históricas, porque afirman las relaciones sociales, consensuadas a las buenas o a las malas. Y anti-históricas, porque tienden a petrificar la sociedad y a impedir su transformación, de acuerdo con las siempre renovadas necesidades sociales.
Siendo fieles a lo anterior, el foco de nuestro análisis debe ser la relación dialéctica entre necesidades e instituciones; allí donde se satisfacen las necesidades, o se produce el conflicto social; mirando, siempre, por lo anterior, que la institución no es, no puede ser, un fin en sí misma, sino un instrumento de realización humana; realización que debe ser visualizada desde algún tipo de ideología, entendida aquí, como un deber-ser solidario; metaegoista.
Esto último será el fundamento de nuestra ética, es decir, de esa conducta y de esa manera de ver el mundo, en que el OTRO ocupa un espacio, por lo menos tan importante como el nuestro.
Concluyendo, sobre este tema del manejo del conocimiento:
No hay una visión científica del mundo; hay una manera científica de ver el mundo, y eso puede producir distintas representaciones que, a su vez, generan distintos esquemas, expresados en sus correspondientes marcos teóricos. No sobra decir que, fuera de la ciencia, hay otras maneras de aprehender el mundo como son: la filosofía, el arte y la religión. Cada una eficaz, de acuerdo con los momentos históricos y las circunstancias de la vida social e individual . Pero, afirmar lo anterior, no significa desconocer, la aparición y el papel de la ciencia en el mundo moderno, como uno de los grandes logros humanos.
Todos los marcos teóricos de la ciencia deben ser puestos en cuestión. Explicados y comprendidos desde su momento histórico y tratando de descubrir su talón de Aquiles, siempre presente por las contradicciones sociales.
Todo esquema es, pues, un “ mientras tanto”, un intento de respuesta, en un momento dado. Ya lo habían expresado con su sabiduría los romanos: “Veritas filia temporis”, “La Verdad es hija de su tiempo”.

En cuanto a traducir y poner el conocimiento en cuestión.
Es lo que tradicional y muy conservadoramente, se llama enseñanza. Si nos atenemos a la etimología de esta palabra, el proceso de enseñar consistiría, en dar un contenido con una ruta trazada. En marcar con una orientación, la cabeza del alumno. Por eso se le llama alumno. Y, si bien es lo que hace toda institucionalidad, es papel del maestro dar ese contenido con una visión crítica.
Cuando hablo de una visión crítica, no quiero decir que el maestro niegue todo el pasado, o lo existente, sin más. Sería un absurdo. Nuestra vida es hija de ese pasado y de ese existente, también.
Simplemente, se trata de que miremos el origen de ese pasado y de ese existente en el cual nos movemos, como construcciones humanas que responden a necesidades muy concretas de los diferentes y conflictivos grupos sociales. Y que por ello, por ser históricos, no pueden ser eternos. No olvidemos que lo histórico es lo transitorio: EL HOMBRE, es una invención del hombre…
Bueno, esta es la parte crítica y su fundamento. Pero como nada se construye sobre la nada, estaremos obligados a de-construir y a re-construir, y esto implica, poniéndole dialéctica, una síntesis. Incluso el concepto de revolución, se construyó de esa manera. Lo que ocurrió fue que, al ser llevado al papel de negador absoluto de la historia, atribuyéndosele la realización plena de ella, nos puso frente a los autoritarismos “democráticos”, o a los totalitarismos fascista y comunista,(el “socialismo real”).
Pienso que es necesario tener claro lo anterior para poder abrir el espacio para la pregunta, que de eso se trata la puesta en cuestión del conocimiento o enseñanza crítica, como podríamos llamarla, aceptando el uso que se le ha dado a este concepto, e ignorando la etimología de la palabra de la que hablé anteriormente.
La enseñanza crítica deben asumirla el maestro y sus estudiantes, teniendo en cuenta que estos últimos son los sujetos fundamentales del proceso educativo.
“El estudiante es primero”, debe ser un lema que no debemos olvidar jamás. Y ello implica aceptar sus críticas, mismas que nos recuerdan que somos humanos, cosa que, con harta frecuencia, nos hace falta a los maestros.
Lo primero que debemos plantearnos frente a una crítica del estudiante, es la pregunta: ¿qué tal que tenga razón?
Pero, volviendo atrás, afirmar que “ El estudiante es primero”, no significa que los estudiantes hagan todo, o casi todo, el trabajo y que el maestro se convierta en un mero coordinador de encuentros.
Abrir el espacio para la pregunta, significa que el maestro aporte todos sus conocimientos y su experiencia, con su mejor metodología, para que los estudiantes puedan construir pensamiento argumentado. Y ello incluye las clases magistrales. A veces detestadas y calumniadas, justamente porque no son MAGIS-TRALES.
La construcción del pensamiento argumentado, evita que los estudiantes repitan de memoria el discurso del maestro, de los textos, o de una cantidad de autores que salen a relucir a cada rato, con su herencia de frases o párrafos que, muchas veces, no se recitan por necesidad epistemológica o por comprobación fáctica, sino por moda o por petulancia académica.
El pensamiento argumentado resulta de un esfuerzo interno que hace el estudiante para desarrollar instrumentos que le permitan aprehender, entender, explicar el mundo y operar sobre él, teniendo siempre en cuenta que forma parte de ese mismo mundo, ob-jeto de su conocimiento. No es nada fácil; pero nada de lo humano es fácil.
En ese proceso de traducción y puesta en cuestión del conocimiento, el maestro debe tener en cuenta que cada estudiante es un universo con un alfabeto particular, con el cual lee el conocimiento traducido: el alfabeto de su experiencia. No hay dos experiencias iguales y, por lo tanto, no hay dos alfabetos iguales.
Si pretendemos que nuestros estudiantes, así, de entrada, lean universalmente el conocimiento que exponemos, seremos “profes”, pero jamás seremos maestros. Por eso, la crítica y la autocrítica permanentes, deben ser estrategias fundamentales, en nuestro trabajo.
El hecho de que cada estudiante tenga su propio alfabeto, no significa que el mundo no pueda ser leído colectivamente. A eso apunta, justamente, nuestro trabajo pedagógico, con finalidades políticas: a que nos pongamos de acuerdo en un alfabeto básico con el que podamos pensar, expresar y construir una realidad en la cual podamos convivir…
Es necesario dejar en claro, de todas maneras, que “El Estudiante es primero”, no significa tampoco y, en modo alguno, que el estudiante haga, sin más, su voluntad. El respeto hacia él y la confianza que se le otorga, le implican, por su parte, involucrarse, con toda la responsabilidad del caso, en el logro de los objetivos del proyecto; en asumirlos como propios, de tal manera que la exigencia y la excelencia no sean algo buscado sólo por el maestro sino, básicamente, por los estudiantes. Exigencia y excelencia que deben ser constatadas de acuerdo con la más completa y compleja evaluación de todos los actores y factores del proceso educativo.
Para concluir esta parte, podremos preguntarnos qué es lo importante para nosotros, ¿que el estudiante pase la materia?,¿ que obtenga una nota muy buena?, o ¿que sea capaz de pensar?
Ah, ¡y que no se nos ocurra enseñarles a pensar a nuestros estudiantes!
Ningún ser humano enseña a pensar a otro. Sería como enseñarles a amar.
Pensar es un trabajo que debe desarrollar cada estudiante y, en general, cada persona. Y que no es delegable, como nuestras representaciones políticas que nos arrebatan el ejercicio de la ciudadanía.
Si los enseñamos a pensar, esquematizaremos sus mentes, con una racionalidad pre-concebida e inamovible. O sea, no sería educar, sino domesticar…

La tercera dimensión: la de LAS RELACIONES HUMANAS.
Sabemos que hace referencia al campo propiamente pedagógico. Según los griegos, formación en mente y cuerpo. Los romanos harían referencia a esto cuando decían : “Mens sana in corpore sano”.
Pero es Cicerón, lo he dicho más de una vez, quien, en alguna parte, nos dice que el término griego PAIDEIA, fue traducido al latín como HUMANITAS y cuyo significado, atribuido por el mismo Cicerón, fue el de decencia humana.
! Qué hermoso!
Yo creo que esta idea de decencia humana, responde a la pregunta fundamental de la educación, ¿para qué educar?…Y no me cabe duda que la respuesta sería: para formar seres humanos decentes.
Para formar ciudadanos que reciben críticamente una cultura para poder ejercer ciudadanía, siendo, también, propositivos.
Es lo que lleva a la educación más allá de la simple transmisión de un conocimiento. Más allá de la misma ilustración, si se quiere. De eso, a mi juicio, trata, justamente, el trabajo de un maestro.
Para que ello sea posible, el maestro debe tener una formación histórica, social y antropológica.
Y una visión ética del vivir humano que debe ser fundamento de la existencia.
Formar ciudadanos, es formar gentes capaces de convivir con las diferentes visiones del mundo, no en medio de las atroces desigualdades sociales que está creando el capitalismo globalizador y cuyo fundamento teorico-filosófico, el neoliberalismo, está en entredicho por el desastre económico, social y ecológico, que se está produciendo en el mundo, sino en una vivencia distinta.
Las diferencias culturales, étnicas, de género, etc.; no pueden defenderse como valores para legitimar la desigualdad social.
La decencia humana no puede consistir solamente en el respeto a las ideas diferentes, a los diferentes colores de la piel, a las diferentes manifestaciones de la vida sexual; debe consistir, también, y sobre todo, en la exigencia del derecho de todos los seres humanos, a la satisfacción de las necesidades básicas de acuerdo con los estándares de vida social respectivos. Y en la satisfacción real de esas necesidades.
Ah, y debe consistir también, la decencia humana, como lo esbozamos arriba, en el respeto a la conservación del hogar humano: nos referimos a que la Madre Tierra está siendo violada y destruida, sin contemplación alguna, por los más grotescos intereses que ha creado la sociedad consumista y que se expresan en la desechabilidad.
El hombre y el mundo se han convertido en desechables, en una carrera de locura fundamentada en la lógica de la ganancia, sin restricción de ninguna especie.
Para terminar: en el aula de clase, ser decente, como maestro, implica leer las necesidades de nuestros estudiantes y respetarlos en un doble sentido: escucharlos y no hacerles perder el tiempo.
Escucharlos porque son sujetos, dignos de respeto y, porque son mundos experienciales capaces de aportar muchas cosas.
Y, no hacerles perder el tiempo, porque un hora de clase perdida, significa la pérdida de muchas horas de vida para los estudiantes. Y…el tiempo no regresa…

Como ven, mis estimados estudiantes, la incoherencia ha salido a relucir en este escrito.
Al principio les dije que ya me había retirado, que estaba fuera; pero el mismo hecho de escribir, para ustedes, estas elementales y desordenadas líneas, refleja, tal vez, el deseo de continuar con el oficio. Puede ocurrir que a quienes hemos trajinado en este oficio del magisterio, nos persiga el delirio socrático de buscar el Bien.
Pero, ¿qué es el Bien?
De lo único que podemos estar seguros, es que no nos basta una vida para tener la respuesta.
¿Que hay que soñar? Claro; los sueños nos hacen soportable la vida. Maestro que no tenga ilusiones, no puede llamarse maestro. A veces tenemos que soñar cada mañana y, es más, antes de cada hora de clase. Pero, ¡ojo!; hay que soñar con base en el principio de realidad. Las utopías deben decantarse en un trabajo político que nos muestre lo posible.
Con un gran atrevimiento y exponiéndome a ser académicamente excomulgado, pienso que PEDIR LO IMPOSIBLE, era un eslogan lógico de los jóvenes europeos del 68, del siglo pasado.
Pedían lo imposible porque lo tenían todo. O casi todo. Y terminaron acomodándose bien en este orden-desorden neoliberal. No cabe duda: la historia es la sepulturera de los mejores sueños. Pero también es cierto que allí, los sueños resucitan. A veces, con una energía que sorprende.
PROHIBIDO PROHIBIR, por su parte, venía de la mano de su alternativa tácita: PERMITIDO CONSUMIR.
Pero ¿qué tipo de consumo? Un consumo social y ecológicamente irracional. Excluyente y destructivo, que es lo que vendría con la omnipresente y mítica globalización. Homo consummator, pareciera ser la nueva definición-esencia del animal humano…
“Pedir lo imposible”, “prohibido prohibir”, fueron sólo palabras. Como lo habían sido antes “libertad”, “igualdad” y “fraternidad”, cuando la Revolución de la Guillotina; o, la misma “ libertad” y sus anexas, explícitas o implícitas, de “justicia social”,liberación”, “desalienación”, cuando la Revolución de la Hoz y el Martillo.
Palabras, sólo palabras porque hoy no dicen nada, no señalan nada; no contienen la vida…Burlaron los sueños mesiánicos de las mayorías y echaron al piso la idea de un sentido apriorístico de la Historia, concebido como lineal y ascendente.
Pero, debemos ser conscientes de que en nuestro medio subdesarrollado, pedir sólo lo posible, es ya algo subversivo. Tal vez las mayorías, por sus condiciones, se conformarían con un pedacito de ese posible.
Ustedes, creo yo, tienen que luchar por un posible humano, definido por ustedes mismos, de acuerdo con las circunstancias en que viven; razonable y conflictivo, pero incluyente, y que, para ser tal, excluya la sociedad salvaje en que vivimos, pero que excluya, también, la sociedad perfecta que implica, además, una contradicción en los términos. Un posible humano, donde nosotros y los otros podamos convivir. No tolerándonos, sino comprendiéndonos y respetándonos.
Creo que esa puede ser la base de una educación digna para un momento de vacío, como este.
No olvidemos, además, y es necesario recordarlo aquí, que las utopías absolutas han generado los totalitarismos degradantes que han plagado de cadáveres la historia…

Con todo mi respeto, mi cariño, mi gratitud,
y con el sentimiento de llevarlos siempre en
mi memoria.

Weston, Fl, 29 de agosto de 2008

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4 respuestas a EL OFICIO DE EDUCAR

  1. Giovanny Forero Sánchez dijo:

    Que grato volver a escuchar su voz y recordar la gran responsabilidad que tenemos para con el mundo; un saludo en la distancia y recuerde que siempre estará en la memoria y en el corazón de los que fuimos afortunados en tenerlo como maestro. gracias por dejarnos pensando.

    • Administrator dijo:

      Soy yo quien agradece tus palabras.
      Cómo se ve que recuerdas lo que dijimos en clase acerca de la valoración del maestro por parte del estudiante: que el mayor halago para un maestro no es que el estudiante le diga usted me dio la respuesta.O, usted me marcó el camino a seguir. O, usted me enseñó a pensar, o quiero ser como usted. Todo esto sería negación de una práctica pedagógica humanizante. El maestro no da la respuesta (puede exponer una, que es la suya propia, nada más), no marca caminos ( el estudiante debe construir sus caminos permanentemente), no puede aspirar a que el estudiante sea su clon (ese sería su mayor fracaso); no puede enseñar a pensar al estudiante. Nadie enseña a pensar a otro, como nadie enseña a amar ( otra cosa es que hayan institucionalizado estas cosas). En otras palabras: desarrollando su propio pensamiento el estudiante se hace SUJETO. Es decir, se convierte en una conciencia capaz de enfrentarse críticamente al mundo del que forma parte. Por eso, el mayor halago para un maestro, es que el estudiante le diga: ME DEJÓ PENSANDO.

  2. John Blake Alexander Castrillon Cardenas dijo:

    La vida se me escapa entre mis dedos, los episodios son cada vez mas vertiginosos y rápidos, mas dinámicos, controversiales y radicales, que pierden el sentido mismo de lo que son: sucesos de una vida mas de esta interacción social de seres inanimados, oscuros y vacíos, Espectros que se reflejan entre si la miserabilización de esta sufrida vida.

    Son algunas palabras que salen de mi corazón, y como docé/ nte, le obsequio, te doy, si a ti, mi magister mi maestro, mi respeto y mi amor a las humanidades, mi querido compa, y la invitacion que nos haces a permanecer FIRMES! en este oficio degradado, el educar, es un saludo al fracaso realista qque nos gobierna, pero no es cualquier saludo, es el apreton de manos que nos apoya, y levanta, ademas de motivar y avivar con Esperanza esa llamita al viento, como lo diria Porfirio Barba Jacob, no dejandola extinguir jamas, gracias maestro, si bien has dicho que nadie enseña a amar a nadie, por lo menos yo podria decir: me dejaste amando…

    • Administrator dijo:

      Cuando la cruel realidad de la vida parece cerrarnos todas las puertas, entonces se abre, a veces, esa fantástica ventana que es la poesía. Esta, así sea en momento ilusorio, parece reconciliarnos con nosotros mismos.
      Al final, nadie que haya amado, podrá pensar jamás que su vida no tuvo sentido.
      Pienso que EL EDUCAR, entendido como PAIDEIA INTER y AUTO-RECREADORA, es un ejercicio poético. Nada podría expresar mejor una estética de la vida.

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