¿LA PALOMA DE LA PAZ O LA SAGA DE LA GUERRA?

¿LA PALOMA DE LA PAZ O LA SAGA DE LA GUERRA?
Jorge Mora Forero
Voy a hablar del Proceso de Paz. ¿De qué Proceso de Paz?
Es justo hacerse la pregunta cuando se aborda esta cuestión. Sobre todo en Colombia.
Y voy a hablar sin el complejo de Adán de pretender ser original (“Nihil sub sole novum”) y, también, sin pretensiones de cientificidad. Simplemente voy a esbozar, sin mucho orden, algunas ideas con relación a un tema que es demasiado complejo por dondequiera que se le mire.
Ríos de tinta van y vienen, para utilizar una de las más trilladas metáforas de la escritura, llevando y trayendo ideas de apoyo y de oposición, de amor y de odio, cuando se habla del tema. Solo que en este caso se habla sobre ríos de sangre que es lo que literalmente ha corrido por los cauces profundamente agrietados de la Patria. Sangre, apropiación o despojo que obnubilan la mente y hacen surgir la pregunta, ¿de qué estamos hablando?
Porque hablar de la paz, en nuestro país, se ha convertido en una fabulación que continúa de un siglo a otro, que da el paso a un nuevo milenio con la cruel realidad de la guerra cuasi-permanente como emblema de nuestra historia. Tanto que podríamos decir que la bandera en vez de tener tres colores, debería tener sólo uno: el rojo, que según la escuela que me enseñó las primeras letras, representaba “la sangre que derramaron los patriotas para darnos libertad”.
Con el paso del tiempo he caído en cuenta que la sangre no era solo de los patriotas criollos y de sus masas acompañantes, sino también de los patriotas ibéricos y de sus ejércitos compuestos, en buen número, por nativos americanos y que peleaban por la Corona Española de la cual formábamos parte como Reinos de Indias. Tan cierto es esto que luego de la llamada Independencia, nos hemos referido a la España europea como “la Madre Patria”. O sea que no es un cuento barato ni una actitud antipatriótica.
Como es sabido, porque lo enseñaba la Iglesia de la época, la Independencia fue una rebelión contra una autoridad legítima “Dei Gratia”, rebelión que, por eso, conllevó las condenas de las Encíclicas Etsi Longissimo de Pío VII, del 30 de enero de 1816 y Etsi iam diu de León XII, del 24 de septiembre de 1824, con las consecuentes excomuniones de que fueron objeto los rebeldes por parte de los obispos americanos lo cual consta en los documentos de esos tormentosos años.
Pero la historia es irónica: hoy la Iglesia comulga con la democracia, un sistema de gobierno generado en la rebelión que entonces condenó. Y, es curioso, además, que esa libertad por la cual se derramó tanta sangre, no era una libertad que pre-existiera para ser defendida de un poder arbitrario (en ese sentido, los criollos en América disfrutaban de mayor libertad que la mayoría de los españoles en la Península), sino que fue una idea tomada, ni más ni menos, que de la sangrienta Revolución Francesa con su lema de “Libertad, igualdad y fraternidad”, expresión de ese pueblo soberano que condujo a los reyes a la guillotina. Y fue tomada para independizar estos Reinos de Indias y alejarlos del riesgo de la influencia de las ideas liberales de los ilustrados españoles plasmadas en la Constitución de Cádiz de 1812, y las del masón y descreído Napoleón Bonaparte que por medio de su hermano gobernaba España y amenazaba con regar esas ideas por los territorios americanos. Agravado lo anterior por las políticas “anti-criollas” de los Borbones, y que tenían que ver con impuestos, prohibición de fabricar ciertos productos y de algunos cultivos; ingreso de los “pardos” a las instituciones educativas superiores y cuidado de los esclavos, entre otras.
¿“Igualdad y fraternidad” en la América Hispánica? Para los criollos estos principios eran anatema. Considerándose herederos legítimos de los conquistadores, ¿cómo podrían sentirse iguales a los mestizos, indios, negros y “castas”, en general, o sea, a todas esas multitudes (para no usar otras palabras más despectivas) de piel oscura que trabajaban para ellos, en condiciones de esclavitud y de servidumbre, en la mayoría de los casos?
Y, ateniéndonos a la Revolución Francesa, ¿cuál era el “pueblo soberano” en cuyo nombre se construían los nuevos Estados? ¿Las masas analfabetas que, por lo mismo, no tenían idea de soberanía? O, ¿fue sólo un concepto utilizado como “universal” por las élites criollas blancas o “blanqueadas” por los títulos de nobleza comprados, o por los certificados de “pureza de sangre” obtenidos con base en el soborno de quienes asentaban las respectivas partidas antes de llegar a la pila bautismal?
Así se construye en Iberoamérica una anti-sociedad que servirá como substratum de una vivencia pre y anti-moderna militante, a la vez que como explicación, en buena medida, para quienes la estudian, de los conflictos sangrientos y no sangrientos de eso que, eufemísticamente, se denominarán las “sociedades latinoamericanas”, si a eso le agregamos las sociedades originadas en la colonización francesa en Suramérica y en el Caribe.
De otra parte, la mentada “fraternidad”, venía de la masonería, condenada, también, por la Iglesia y acusada de ser la promotora de todas esas ideas libertarias infernales.
Pero, la historia sirve para todo: la escriben los vencedores para darles contenidos “verdaderos” a los hechos históricos y a sus personajes fundadores, por lo heroico y sublime de su significado y actuación, y para que sirva como didáctica (Historia “Magistra Vitae”) oficial para legitimar el presente (sacralizando el pasado) y asegurar el futuro, como continuación del presente, con los retoques funcionales necesarios. En el caso de Latinoamérica, legitimando la rebelión contra “la tiranía del poder español”, a veces, suavemente, con base en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (sin las mujeres ni los esclavos) de 1789 traducida del francés por don Antonio Nariño pero, después del acomodamiento de la Iglesia a los nuevos Estados, también con la Teoría del Tiranicidio de Santo Tomás y de los teólogos españoles Francisco Suárez y, sobre todo, del jesuita Juan de Mariana, estos últimos del Siglo XVI.
Pero, no era justificable usar en el caso de América esta Teoría, ni decir que en ella se había basado la rebelión. Por un lado, porque, en cuanto hace referencia a Santo Tomás, su pensamiento va enfocado, sobre todo, a un invasor que ha usurpado un poder legítimo pues, a nivel interno, para el Santo fue muy clara la exhortación de San Pablo a los Romanos (en 13-1 y 2):
Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.
De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos.
Y, en el caso de los teólogos españoles, la Teoría se enfocaba más contra los príncipes protestantes ya que, en ese momento, La Reforma se extendía por toda Europa.
Además: cuando el Padre Mariana habla de una tiranía, establecida originalmente como autoridad legítima, los abusos que enumera para que el príncipe se convierta en tirano, son de tal magnitud que de ninguna manera Fernando VII hubiera podido ser clasificado como tal.
Por otra parte, la misma Compañía de Jesús prohibió las enseñanzas de Mariana; este estuvo preso y, después de su muerte la Inquisición purgó su obra.
Que haya habido clérigos que, a título personal optaron por la independencia, es distinto, pero fueron degradados y excomulgados por la Iglesia como fue el caso de Hidalgo y Morelos en México, para citar dos ejemplos.
Los papas y los obispos se mantuvieron fieles al rey de España y exigieron la obediencia a él, condenando la rebelión bajo cualquier argumento y, dada la unión de los dos poderes desde la época del Emperador Constantino, no se podía esperar nada distinto.
La Revolución de Independencia, debería llamarse sin más, Guerra de Independencia. En efecto: no significó, como en Europa, el paso de sociedades tradicionales con su status u orden jerárquico petrificado, a sociedades modernas, sino sencillamente el traslado del poder de los españoles peninsulares a los españoles americanos, dejando inalterado el orden social, y a los indígenas en condiciones peores que antes.
Esa inalterabilidad del orden social, y el hecho de que, por ser lo que eran las sociedades latinoamericanas, les dificultó crear un Estado como en Europa lo que conllevó vivir en guerras permanentes, bien fuera para dirimir conflictos nacionales o regionales, o para aplastar levantamientos populares. De esa manera, la “Libertad, igualdad y fraternidad”, de Francia, fue solo un lema que quedó como vago recuerdo y, la fraternidad cristiana, algo que quedó para los púlpitos, y para exigir obediencia, desde allí, a las nuevas autoridades generadas en la aparecida democracia “católica”, bendecida por el acomodamiento de la Iglesia a la nueva situación; legitimada luego por el reconocimiento de los Papas a los Nuevos Estados. Allí donde la democracia “católica” quiso desviarse por obra de elementos radicales que, fieles al pensamiento de la Ilustración, implementaron o trataron de implementar la separación entre la Iglesia y el Estado y establecer una educación laica, llegó la inevitable guerra civil.
Y, ¿quiénes ponían los muertos y mutilados, las viudas y los huérfanos? El pueblo, por supuesto. Pero no el pueblo soberano, el pueblo político porque ese no existía, sino el pueblo “social”, básicamente los campesinos que han sido siempre la carne de cañón, de fusil, de revólver, de bayoneta, de machete, de motosierra y demás instrumentos mortíferos utilizados en todas nuestras guerras que se convirtieron, para nosotros en la manera natural de morir y…¡de vivir!
Voy a poner un ejemplo imaginario: una persona que hubiera nacido en 1780 en la Nueva Granada, hoy recortada República de Colombia, tendría, en este momento, casi 240 años y le hubieran tocado 12 guerras aproximadamente. Es decir, una cada 20 años. Si lo ponemos en cuatro generaciones de 60 años, a cada persona de esa edad, le habría tocado vivir 3 guerras.
Guerras y más guerras: desde la Revolución de los Comuneros hasta la actual guerra. En el entretanto, se pasó por las guerras de la Patria Boba (¿por qué se llamará así solo a ese periodo?) entre Centralistas y Federalistas, las sangrienta Guerra de Independencia que incluyó la “Guerra a muerte” ordenada por Bolívar y los Tribunales de Sangre, Purificación y demás, establecidos por Morillo y Sámano. Hay que reconocer que ahí cayeron importantes personajes de la élite criolla.
Y continúa la saga: Guerra de los Conventos o de los Supremos, de los esclavistas contra José Hilario López; de Melo contra Obando, de Mosquera contra Ospina, de conservadores-liberales contra radicales; de liberales contra La Regeneración; de Los Mil Días, incluida la desastrosa pérdida de Panamá (la historia, por lo menos la historia oficial, no ha encontrado culpables, ni de esta, ni de ninguna pérdida); y la guerra conservadora-liberal, o de “chulavitas” contra “cachiporros”, o sea la llamada Violencia que dejó 300.000 muertos.
Esta que tratamos de acabar ahora, continuación de la anterior, tiene ya una edad de 60 años. ¡Qué maravilla! Y pensar que hay grupos que quieren continuarla…
La han llamado “Guerra contra el terrorismo” pero le cabría mejor el nombre de “Guerra de los terrorismos”. Distintos nombres, distintos uniformes pero, siempre, las mismas víctimas.
Llegamos así al último intento de Proceso de Paz, después de unos intentos fracasados y de dos procesos exitosos con grupos no tan grandes ni tan antiguos como las FARC: el Movimiento 19 de abril, M-19, y con el Ejército Popular de Liberación, EPL.
Como se supone que hay suficiente ilustración sobre eso, vamos a los protagonistas: al presidente Santos y a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC.
¿Por qué han entrado en este intento? Porque, se dice, hay condiciones (y no volverá a haberlas).
¿Cuáles son? Desde el punto de vista militar, una guerrilla muy golpeada por las Fuerzas Militares y de Policía que han eliminado a grandes jefes y mandos medios clave y recuperado gran parte del territorio antes vedado al Estado, dejando establecido que es un imposible para la guerrilla tomarse el poder.
Desde el punto de vista social hay un “cansancio de guerra” y un “cansancio de muerte” como lo muestra el hecho de que la mayoría del pueblo colombiano apoya las negociaciones de paz. A eso se suma, por parte del gobierno la implementación de la Ley de Tierras para devolverlas a quienes fueron despojados de ellas por la violencia de los grupos ilegales. Parece ser que en la práctica no se ha hecho mucho, hasta ahora. Los beneficiarios del despojo no se rendirán fácilmente como lo hemos visto con las muertes de muchos reclamantes. El resto lo harán las “leguleyadas” y la acreditación de las posesiones “de buena fe” que se ha convertido en una de las maneras más descaradas de ejercicio del despojo. Para romper estas estructuras de poder mafioso se requerirá de una gran voluntad política y de un compromiso del Estado con todos los instrumentos a su alcance en apoyo permanente, no sólo momentáneo, a las víctimas.
Dentro de las condiciones, hay que decir, también, que hay fuerzas externas que presionan por la solución del conflicto como aceptó el presidente Santos que se llamara al enfrentamiento.
Creo que la Unión de Naciones Suramericanas, UNASUR, ha estado presionando en este sentido. Por un lado, porque el presidente Santos, desde antes de ser presidente tuvo en su cabeza esa idea y, por eso, entre otras cosas, posicionó a Colombia como miembro influyente de UNASUR. Y, por otro, porque la organización misma cuyo músculo es Brasil, ha presionado, por su cuenta, para acabar con ese problema. En efecto, a Brasil, con sus intereses geopolíticos, sus proyectos de potencia emergente (ahora con impulso a la industrialización), las riquezas energéticas recién descubiertas y uno de los mayores recursos de agua dulce del mundo como es la Cuenca Amazónica, no le conviene tener en Suramérica un conflicto que implique una intervención de Estados Unidos.
Eso explicaría, por lo menos en parte, por qué el presidente Santos no siguió adelante con el proyecto de establecer las bases americanas en Colombia. Y, también, en parte, por qué el presidente Chávez ha apoyado el proceso de negociación para lograr la paz. Brasil, que ha respaldado a Chávez, debe haberle hecho saber que era hora de acabar ese conflicto, por el bien de todos. Incluido él mismo. Y, no solo de suspender cualquier apoyo a la guerrilla, sino de actuar sobre ella y decirle: “negocie”. O sea: “se acabó”. Lo anterior, teniendo en cuenta, además, las acusaciones permanentes del ex-presidente Uribe y de los americanos (y no tan calladamente del ejército de Colombia), en el sentido de que Venezuela es un santuario de la guerrilla. Con lo que eso puede implicar. Hacia esa posición que ha asumido Chávez apuntaba la política del presidente Santos cuando lo convirtió en su “nuevo mejor amigo”. No era solo por las relaciones comerciales. No podemos ignorar que hay sectores radicales del chavismo que están acusando a Chávez de traidor.
A eso se suma la posición manifestada antes por Ecuador de combatir a la guerrilla si pasa a ese territorio. Y Brasil, por supuesto, lo está haciendo en sus fronteras. Entonces…
El presidente Santos, a nivel interno también se la juega toda, como se la está jugando a nivel externo. Pero los obstáculos serán muy fuertes. Tendrá que ganarse el apoyo, por lo menos de parte de sectores tradicionales poderosos: terratenientes, industriales, banqueros, comerciantes y, desde luego, de las Fuerzas Armadas. Si en la negociación no participan “los duros” de los dos bandos para poner todas las cartas sobre la mesa, no tendrá éxito. Para las Fuerzas Armadas debe quedar claro  que esto realmente “se acabó”. Y, para la guerrilla, es fundamental que las Fuerzas Armadas contribuyan, como los primeros, a garantizar su trabajo político y a proteger sus proyectos de inserción social.
Además de los anteriores, el presidente tendrá que ganarse el apoyo de la clase política y de las Altas Cortes. Estos últimos actores ya han manifestado su apoyo. Pero ningún apoyo se dará a cambio de nada. Aquí, el presidente (y el país) va a pagar un precio muy alto. Él ya ha dicho que es el Congreso el que fija los límites para la paz. Y, de ahí puede salir una legislación flexible, donde quepa todo el mundo con el argumento de que la paz es lo primero, como ya lo afirmó un alto magistrado. Entonces, es de suponer que ahí pueden caber, de pronto, no sólo guerrilleros sino militares, paramilitares, parapolíticos, políticos en trance de acusación parapolítica, “bacrimes”, etc. Cada uno tendrá su parágrafo, o su inciso, si no explícitamente, sí con la forma adecuada para apropiárselo. Recordemos que Colombia es “un país de leyes”. O si no, más funcionalmente, con la propuesta del “perdón presidencial”. El presidente, en trance de reelección (necesaria, por supuesto, para terminar el proceso, se dirá), tendrá que aceptar (no solo la legislación flexible sino la “retribución” burocrática o de algún otro tipo, por el apoyo). Hay motivos para pensar que si no se da una legislación de ese tipo, los sectores que se sientan excluidos, se harán sentir.
De todas maneras, esa legislación tendrá que ser cuidadosa pues hay convenios e instituciones internacionales que respetar, por lo que habrá ojos observando para que todo no acabe en la impunidad.
Por el lado de la guerrilla: su pérdida de poder militar, el clamor nacional y la presión internacional (sobre todo de UNASUR), los ha puesto frente a una situación pragmática: la negociación, prácticamente, como su única alternativa (de todas maneras dirán que no es así). Tratarán de sacar de la mesa lo mejor posible pero, por las conversaciones que han sostenido hasta ahora, ya deben saber hasta dónde pueden ir en cada uno de los puntos de la agenda, y en dónde están las líneas rojas. Es posible que estas puedan correrse un poco de acuerdo con el desarrollo de la negociación y de los acuerdos entre los participantes por el lado del gobierno y sus asociados. Porque el gobierno también conoce sus propios límites. Por eso, este último estableció dos asuntos clave, desde el punto de vista operativo: el primero y fundamental, se negocia PARA ACABAR EL CONFLICTO (eso implica que ninguno se va de la mesa) y, el segundo: en un tiempo corto.
Es posible que haya sectores de la guerrilla que no entren y que se conviertan en FARCRIM, con todas las consecuencias frente al Estado.
Dicho lo anterior, no es mucho lo que se puede decir con relación a los puntos de negociación (El espectador.com, 15/09/12):
a) Desarrollo rural y acceso a la tierra. El gobierno responderá que esto lo está trabajando con su Ley de Tierras. Es posible que el Estado recupere algunas de narcos muertos o extraditados, tierras de testaferros de la misma guerrilla; que llegue a acuerdos para que quienes las poseen “de buena fe” (dedicadas a macro-cultivos de exportación), indemnicen a los despojados; que compre algunas extensiones de tierra y que utilice mayoritariamente tierras públicas para cumplir con este punto. Ahí habrá forcejeo para lograr la devolución del mayor número de tierras y para que haya una asistencia integral al campesino, que va desde la seguridad para no ser asesinado, hasta la comercialización de sus productos.
b) Garantías al ejercicio de la oposición política. Es uno de los puntos más neurálgicos porque siempre habrá quienes digan que los que tienen las manos manchadas con sangre no pueden acceder, de ninguna manera a cargos de representación o administración en el Estado.
Ahí se legislará sobre las maneras de participar en la generación del poder político y de que eso se haga con todas las garantías de la ley, sin correr el riesgo de perder la vida en esa actividad. No se querrá repetir el error de la Unión Patriótica y, para ello, el gobierno exigirá no sólo el abandono sino la entrega de las armas. Es decir, la renuncia irrevocable a todas las formas de lucha.
El gobierno tendrá que garantizar mecanismos de seguridad y, en caso de atentados, mostrar voluntad de sancionar rápida y efectivamente a los transgresores.
Por cuestión de sanciones jurídicas establecidas dentro de la negociación, por los estándares exigidos nacional e internacionalmente, habrá reinsertados que no puedan participar en política buscando cargos de representación. No, por lo menos antes de cumplir con las sanciones establecidas.
c) Abandono de las armas: como promesa, condición “sine qua non” para haber comenzado las conversaciones en La Habana.
d) Derechos de las víctimas. Es algo de elemental justicia. Lo exigen las víctimas, lo exige la sociedad y lo exige la Comunidad Internacional, no solo en forma general sino a nivel concreto, con instituciones y organizaciones que hagan realidad tales derechos. La ley establecerá cómo lo hará la guerrilla, a partir de la negociación, y qué compromisos adquiere el Estado. En este sentido se puede decir que el gobierno ha avanzado algo con la Ley de Víctimas.
e) BÚSQUEDA DE SOLUCIÓN AL PROBLEMA DEL NARCOTRÁFICO.
Este no es un problema para solucionar en una negociación de este tipo. Tiene que ser abordado a nivel mundial, sobre todo exigiéndoles responsabilidad a los países consumidores que son los que provocan la oferta con su demanda, llevando a que los países productores libren guerras y pongan muertos de todo tipo, agregando, además, la corrupción de todas las instituciones del Estado y la degradación de la economía productiva, a cambio de la ganancia fácil con base en el “todo vale”. Aquí sí que se podría afirmar que “El Patrón del mal” no es meramente un personaje con nombre propio de la realidad negativa colombiana que ha servido y está sirviendo como “chivo expiatorio” de una orgía de sangre, corrupción e hipocresía; es, ante todo, el monstruo insaciable que demanda, en forma creciente, las drogas alucinógenas que necesita para adormilar su conciencia y evadir la realidad vacía de ese mundo sin sentido que él mismo ha contribuido a crear.
Pero el análisis no puede terminar en el consumo, sin más. Hay que mirar, también, el papel de la guerra como negocio, y el papel de los dineros del narcotráfico en el sustento de la economía, en general, dada la crisis de la economía productiva.
Repito: esto es para una mesa inmensa donde tengan que sentarse los pesos pesados que tienen sobre su hombros, y sobre sus conciencias, la responsabilidad de darle salida a este problema con soluciones distintas a la guerra a muerte que lo único que ha hecho es mejorar el negocio, sin que disminuyan los consumidores.
No es tema de negociación para una mesita que pretende terminar un conflicto armado en un país subdesarrollado que no deja de serlo por más que unos números ajenos a la realidad social digan que es la segunda economía de Suramérica si, al mismo tiempo, tiene los más altos índices de inequidad social y las peores cifras de desarrollo humano. Así que lo más que pueden negociar, en este punto, es cómo la guerrilla va a abandonar lo que tenga que ver con el negocio y cómo remplazar cultivos ilícitos por cultivos legales, lo cual tiene que estar, a su vez, dentro del desarrollo integral del campo que implica la presencia del Estado en todos los aspectos del vivir social, de lo contrario, se volverá al círculo vicioso de la rentabilidad de los cultivos ilícitos, frente a una agricultura de generación de alimentos o de otros productos legales comerciables.
Si a la guerrilla reinsertada se le exige luchar contra el narcotráfico, peleando la misma guerra del Estado, no se le estará sacando de la guerra sino cambiándole la guerra. Con el riesgo de caer en el círculo del Eterno Retorno.
En cuanto a los países acompañantes:
Por lo que hemos planteado antes, era inevitable la presencia de Venezuela.
En cuanto a Cuba, es también una garantía dadas las relaciones que ha habido entre la guerrilla y ese país. Pero, también, dadas las relaciones de algunos gobiernos colombianos, buscando la ayuda para la tan ansiada paz, una vez que el país caribeño abandonó el proyecto de derrocar gobiernos por la vía de la insurgencia. Y algo más: con su política de vuelta al capitalismo ( o de abandono del capitalismo de Estado, si alguno lo prefiere), así el gobierno cubano lo llame de otra forma, como los chinos, Cuba está interesada en fomentar acercamientos a otros países distintos de Venezuela (también “por si acaso”), y ello implica, con el pragmatismo que está en la base de todas las acciones políticas, un acercamiento con Estados Unidos, apoyado esto primero, en las necesidades de la misma economía cubana, y en el hecho de que sectores del exilio, sectores de la oposición en Cuba y sectores americanos propiamente dichos, están presionando para lograr dicho acercamiento (Paul Ryan, ¡quién lo creyera!, era uno de los congresistas que presionaba a favor de dicho acercamiento hasta cuando lo nombraron candidato a Vicepresidente. Ahora dice que no, que será duro con Cuba; pero, esa es la política, y así son los políticos) buscando una transición que impida cualquier tipo de derrumbe violento o repentino, del sistema cubano, que perjudicaría a todos y lanzaría sobre Estados Unidos una oleada migratoria de tal magnitud que no podría absorber en medio de la crisis de la cual intenta salir.
A propósito: Brasil es uno de los países con mayores intereses en la isla adecuando un puerto, entre otras inversiones, para un mejor intercambio comercial de la isla con el resto del mundo.
Y ya que nombramos a Estados Unidos, creo que es imprescindible el apoyo del gobierno americano a la negociación. Les conviene a las FARC ya que están pidiendo la participación de Simón Trinidad en la misma. Y esto depende, en última instancia, de la buena voluntad del gobierno americano. Le conviene al gobierno colombiano (que es obvio debió consultarle) como socio que es del gobierno americano en la guerra contra las FARC. Más aún, cuando a la hora de la negociación se presentará el problema de qué hacer con las solicitudes de extradición que por narcotráfico tiene Estados Unidos de algunos miembros de las FARC. Así que, en algún momento será imprescindible el aval explícito de la gran potencia y, de pronto, más adelante, su participación en el proceso como garantía de resultados.
Ahora bien; estamos frente a dos procesos electorales a los cuales no es ajena la negociación: Venezuela y Estados Unidos. Para Colombia no hay problema, en principio, que gane Chávez o que gane Capriles. Salvo que ocurra una grave desestabilización de Venezuela que puede ser producida por unos o por otros. O, por todos. Cada uno de los candidatos les ha metido en la cabeza a sus partidarios que van a ganar por millones de votos. Ello ayudado por encuestas afines a uno y otro bando.
Si los chavistas llegasen a perder las elecciones y a no entregar el poder, las consecuencias irían más allá del proceso de paz de Colombia. Pero no creo que eso suceda por factores internos y externos. A nivel interno, la oposición está bien organizada como para exigir el respeto a los resultados; la boliburguesía tampoco está a favor de profundizar el proyecto de Chávez y la salud del mismo (único referente de la Revolución Bolivariana), no da para aventuras.
Desde el punto de vista externo, UNASUR se ha convertido en un elemento de garantía del proceso electoral y del respeto a sus resultados. Por lo dicho arriba, a Brasil no le interesa un conflicto en Venezuela y, es muy posible que para la presidenta Rousseff sea más cómodo asistir al triunfo de la oposición, una vez que Venezuela ya está en el Mercosur y que entró por vías no muy aceptables, aprovechando la suspensión (de dudosa legalidad) de Paraguay.
También, el presidente Santos dejó clara su posición en este sentido al recibir a Capriles (sin que Chávez pudiera hacer nada al respecto), el candidato de la oposición y declararse neutral en el proceso electoral. Aunque la gorra de Capriles quedó visible sobre el escritorio del presidente colombiano. Y esa posición no la ha tomado solo como vecino sino también como importante miembro de UNASUR.
La Fuerza Armada Venezolana se vería obligada a hacer respetar el triunfo, en caso necesario y con las consecuencias que fuesen.
Ahora: si Chávez gana las elecciones, hay que ver cómo se comporta la oposición. Es de esperar que también respete los resultados. Uno no puede entrar a jugar, sabiendo cómo se reparten las cartas y luego, si pierde, acabar pateando la mesa.
De todas maneras, quienquiera que sea el ganador, va a tener por delante una situación compleja por resolver: la economía y la inseguridad en caída libre. Si gana Chávez, es muy difícil que pueda seguir profundizando su modelo. Tanto por las resistencias internas, como porque al MERCOSUSR le interesa un socio fuerte con una economía ordenada que no puede seguir soportando esos índices de inflación, de retención de divisas para negocios, problemas de litigios internacionales y de incumplimiento de pagos, para nombrar algunos.
Si gana Capriles, porque no va a poder llegar a hacer borrón y cuenta nueva como lo esperan muchos de sus partidarios, dadas las relaciones de fuerzas internas. Tendrá que “pisar pasito” si quiere tener gobernabilidad.
En cuanto a las elecciones en los Estados Unidos, si gana Obama la reelección, habrá una mayor receptividad a la negociación. Si gana Romney y en Venezuela Chávez, es posible que Santos cuente con menos apoyo.
Pero bueno, hay que dejar en claro que profetizar sobre las acciones humanas, sobre todo en política, puede no ser más que un buen ejercicio de imaginación. O, a veces, pensar con el deseo.
El acompañamiento de Chile, es muy importante, como hemos dicho, porque es un gobierno de derecha y con alto peso en el continente. Y, el de Noruega, significa la presencia de Europa y de un país que tiene una magnífica experiencia en resolución de conflictos.
¿Obstáculos? El camino está sembrado de ellos. Sobre todo a nivel interno, si bien hay voces externas muy influyentes en Washington que se oponen también.
Un intento de la guerrilla de querer alterar las estructuras del Estado, daría al traste con el proceso. El gobierno ya ha advertido que no se negocia para eso.
Otro, es lo que pase con el Ejército de Liberación Nacional, ELN, que ya ha dicho que el proceso comenzó mal porque no están representados los actores sociales. Pero eso no se va a dar, o va a ser algo muy restringido y se dejará para una etapa avanzada porque, se alegará con la experiencia de que cuando hay muchos representantes, cada uno quiere negociar su propia paz lo que conduce a ninguna parte, y ese es un riesgo para el gobierno que ha puesto el reloj marcado como uno de sus instrumentos más importantes de juego.
Pero, entonces, ¿qué va a pasar con el ELN? ¿Va a unirse a la negociación? De ser así, ¿respetaría la agenda establecida en La Habana? ¿O no? Y, si no, ¿montaría el gobierno otra negociación con otra agenda?
Desde luego que no. El gobierno no tiene cuerda para eso. Por eso es deseable que vayan a la misma mesa y participen en la negociación. Si no lo hacen quedarán absolutamente aislados sin ninguna capacidad para resistir a las fuerzas del Estado.
Continuando:
La llamada extrema derecha que ha pedido rendición sin más y aplicación de la justicia, se opondrá, fuertemente, apostándole al fracaso. ¿Cómo y hasta dónde? Nadie lo sabe. El presidente ha dicho que quien se demora tirándole piedras a cada perro que le ladra en el camino, corre el riesgo de no llegar a la meta. Es cierto. Pero, también es cierto que, de pronto, por no tirarle piedra a un perro que ladra, pueda sufrir una mordida y no llegar nunca a la meta.
De trampas está llena la vida y minimizar un peligro, puede ser fatal. No hay sino que recordar que el “si yo hubiera”, no cuenta en historia…
Ahora bien: como conclusión de estas notas especulativas, lo que puedo decir es que la finalización del conflicto militar puede llevar a la paz, con relación a ese conflicto. Pero, nada más. LA PAZ, con relación al país, es otra cosa. Eso implicaría un mínimo de justicia en lo que tiene que ver con la redistribución de la riqueza y del ingreso. Y eso no se va a dar. Los intereses privilegiados no van a ceder, o cederán muy poco. La concentración de la tierra, base crónica de los conflictos agrarios, quedará sin variar mayor cosa. Ya lo intentaron y fracasaron López Pumarejo y Lleras Restrepo que querían un país moderno. No habrá, pues, reforma agraria.
Ni siquiera los beneficios que son de riqueza común, como son los frutos de la minería (el subsuelo es de la Nación y la Nación somos todos) llegarán a esas mayorías que los necesitan. Cuando se hace el intento, los corruptos cogen el Tesoro Público como si fuese de su propiedad y arrancan con él. Y no pasa nada. Nunca hay pruebas. Y esta justicia nuestra nunca llega, ni siquiera cojeando. Salvo para los de ruana porque a ellos sí les cae con la velocidad de la luz.
Todo se soluciona con un mayor endeudamiento estatal para no afectar a los privilegiados. Siempre se argumenta que ellos son los que crean empleo. Entonces hay que subsidiarlos. Y, así, el Estado acaba pagando los empleos que dan los creadores de empleo. Si se intenta crearles algún impuesto, está la amenaza de sacar del país los capitales como está ocurriendo en Francia, España y Grecia, solo para poner unos ejemplos. La economía globalizada ofrece vías expeditas y paraísos fiscales donde librarse de cualquier impuesto.
Es irónico que aumente la deuda estatal, al mismo tiempo que “tenemos” crecimiento económico. Ahí es donde hay que desvelar, políticamente, las palabras y aprender a diferenciar el país nominal (Colombia) que crece económicamente (a costa, también, de un desastroso deterioro ecológico), del país real (la mayoría de los colombianos), que se degrada socialmente.
Economía concentrada, sociedad desarticulada y naturaleza destruida. Ese es el telón de fondo para negociar la otra paz, LA PAZ de la dignidad humana de todos, y para todos los que vivimos en, o estamos ligados a ese pedazo de tierra y a ese conjunto de gente que, con términos retóricos llamamos PATRIA.
¿Quién o quiénes, negociarán esta PAZ? Y… ¿cuándo?
Las organizaciones sociales de indignados de todas clases, tienen la palabra. La respuesta tiene que ser política. Pero, primero hay que “des-economizar” la política y refundar el Estado, democratizándolo. Nada fácil en una economía planetaria que quiere acabar con la dimensión social del Estado. Pero, si no lo hacemos, acabaremos ahogados en un torbellino de pasiones fratricidas que nos borrarán como Nación, continuando con la saga que tuvo su origen en el comienzo de nuestra historia.

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5 respuestas a ¿LA PALOMA DE LA PAZ O LA SAGA DE LA GUERRA?

  1. Cristina de Berrueta dijo:

    Sin menospreciar la fuerza que tiene un grupo como las FARC, y, sin decir que no merezca toda la atención del gobierno, hay muchos otros grupos a los que debería también prestársele ayuda para evitar que se crezcan y comiencen a manifestar su descontento de manera violenta.
    Son muchas las comunidades que co-existen y hacen intersección justo en la parte de “abandono del gobierno”. Son aquellos que no vemos, o que no queremos ver, tal vez por lástima o por egoísmo, porque sabemos que si lo pensamos por un instante entramos en su mundo y no queremos.
    Algunos de ellos, como los desplazados, son un sector débil de la población, gente casi a expensas de lo que obtengan de la caridad ajena. Personas que por sus creencias religiosas o por sus tradiciones nunca han sido violentas. Son cientos que vemos fuera de su ambiente, sin saber como protegerse del nuevo mundo que los rodea, tan lleno de tecnología como de violencia. Una sociedad atemorizante.
    ¿Alguien en el gobierno habrá pensado en un proyecto social serio que proteja a este sector de la población?

    • Administrator dijo:

      Sí, eso que comentas es real. Es la otra Colombia de la cual no quieren saber los que elaboran los mapas turísticos y los eslóganes que los apoyan, porque les harían sombra. Una sombra tan grande como los millones de excluidos del “orden social” y que, por haberlo sido, no serán reincorporados al mismo. Si es que alguna vez pertenecieron a él, porque muchos nacieron por fuera y quedaron ahí. Como aquellos mineros que en los orígenes del capitalismo, nacían, crecían y morían dentro de las minas de carbón, sin llegar a ver en su vida la luz del día.
      Podrá firmarse la paz sobre el conflicto militar, pero, ¿la PAZ SOCIAL? ¿Con qué instituciones? ¿Con estas que tenemos…?

  2. Elmer Roa Mora dijo:

    ¿Es posible alcanzar la paz en Colombia?

    Sin lugar a dudas el hecho de que el gobierno y las FARC hayan iniciado las negociaciones para tratar de alcanzar la paz en el país, es algo que genera muchas expectativas (a favor y en contra).

    A pesar de que en algunos sectores hay un moderado optimismo sobre el alcance que tendrán estas negociaciones, también hay razones para creer que no será posible que llegue a un acuerdo entre el gobierno y la guerrilla.

    Algunas de estas razones son las siguientes:

    1) El factor tiempo. El gobierno del presidente Santos quiere unas negociaciones rápidas en las cuales se llegue a los acuerdos finales con unas fechas límites (antes de terminar este período presidencial), mientras que la guerrilla no quiere esta presión para negociar.

    2) En el país existen muchos contradictores e intereses que no ven con buenos ojos las negociaciones.

    Una de las personas que más conoce de estos procesos es el Dr. Gonzalo de Francisco quién fue Consejero Presidencial de Seguridad de Andrés Pastrana, quién cree que es muy difícil que las dos partes lleguen a un acuerdo tanto desde el punto de vista metodológico como de contenido.

    En cuanto a la metodología, el Dr. De Francisco cree que no es posible negociar en medio del conflicto, tal y como ocurrió en El Caguán.

    La única opción sería que la guerrilla se concentre en uno o varios lugares (zonas de distención) y que realmente se comprometan a no realizar actividades ilícitas de ninguna clase, lo cual es muy difícil de garantizar y verificar.

    Además, si se pudiera superar este obstáculo, el contenido de las negociaciones tampoco sería fácilmente aceptadas por gran parte de la sociedad. Esto a que se buscaría que la guerrilla deje las armas y se desmovilice a cambio, entre otros, de obtener beneficios jurídicos para alcanzar el perdón por algunos de sus crímenes, lo que les permitiría a sus miembros, acceder a cargos de elección popular.

    BIBLIOGRAFÍA

    Revista Semana, Noviembre 12 de 2012.
    http://www.semana.com/politica/ahora-posible-firmar-paz/183545-3.aspx

    Portafolio, Agosto 29 de 2012.
    http://www.portafolio.co/opinion/es-posible-la-paz-las-farc

  3. querido profesor: no se si mi nombre le recuerde algo”fernando ramirez” estudiante de ciencias sociales de la universidad antonio nariño jornada nocturna(1997-2000). para mi es muy grato volverlo a ver así sea por este medio, y recordar a uno y si no el mejor maestro de historia que pude tener y como he aplicado todos lo aprendido a esta profesión que cada día es mas difícil de resaltar. gracias por sus clases, por sus enseñanzas y espero me recuerde. un abrazo MAESTRO.

    • Administrator dijo:

      Fernando : hace ya catorce años. ¡ Como vuela el tiempo!. Qué digo; nuestra vida. Y qué bueno que el maestro sí tenga quien le escriba. Sé muy bien lo que significa trabajar hoy como maestro, tratando de formar buenos ciudadanos, cuando los estudiantes ven que la ética se ha convertido en un rey de burlas, en la práctica política, por ejemplo. Y, en todas las áreas de las relaciones humanas. Pero ese es nuestro compromiso, como educadores. Es como si sembráramos un árbol, a sabiendas de que a la mañana siguiente, una tormenta lo aplastará… Volveríamos a sembrar. Una y otra vez. Hasta cuando nuestro cuerpo agotado, tenga que ser remplazado, por las leyes de la naturaleza.
      Ánimo.

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