LA VERDAD DESNUDA

LA VERDAD DESNUDA
(Cuento)

Faltaban como 12 minutos para las 12:00 de la noche, porque vio, de reojo, el relojito; el pequeño reloj que tenía sobre la mesita, cerca de la cama.. Y decidió apresurar la lectura de aquel volumen de 720 páginas que había comenzado con las 12 del medio día de ese 12 de diciembre. El 12 era su número preferido, sin saber por qué.

Había calculado que si leía una página por minuto, a las 12:00 de la noche acabaría de leer ese libro que le había llamado la atención por su título epistemológicamente erótico: La Ruta hacia lo Desconocido: la Verdad Desnuda.

Pero había perdido algunos minutos porque se había levantado a espantar lo que él creía era una pequeña rata que estaba royéndole un zapato, cerca de uno de los montones de libros viejos que estaban arrumados en varios sitios de su habitación. Al final, se dio cuenta de que no era ninguna rata sino un par de medias viejas enrolladas que habían caído del armario deteriorado, en algún movimiento inadvertido. De todas maneras, había perdido un tiempo precioso en función de la meta que se había propuesto. Y no le gustaba fallar. Y menos, mirar las manecillas del reloj, que se convertían en manecillas detestables cuando no podía culminar una lectura en el tiempo programado y tenía que agregar minutos. El reloj mismo con su tic tac tic tac, se convertía en un instrumento odioso.

Leía noche y día. Día y noche. Con frío y con calor.. En verano y en invierno. Entre semana y en festivos. Con luna llena y sin ella…Leía y leía. Solo descansaba una hora después del almuerzo, cuando no tenía lectura programada al minuto. Iba, entonces, a la cercana Plaza de la Patria, a mirar cómo los mendigos alimentaban a las palomas y cómo saltaban en el aire, haciendo hermosos malabarismos, los chorros de agua de la fuente central. Muy de vez en cuando se fijaba en alguna persona o en alguna pareja que pasaba. Pero no criticaba, simplemente observaba.

Desde el mismo día en que se había pensionado, hacía varios años, había comenzado a leer los montones de libros que había comprado durante su vida profesional y que seguía adquiriendo a través de Internet, en preciosos minutos que le sacrificaba a la lectura, para continuar alimentándola.

¿Qué buscaba? La Verdad. Así como suena. Desde pequeño se le había convertido en una obsesión.

En una iglesia le habían enseñado que: “La verdad os hará libres”. En la escuela, un maestro le había dicho de frente: “Tienes que ponerte el rostro de la verdad”. En una campaña electoral, había escuchado a un político honesto exclamar:” ¡Moriré de pie, con la verdad puesta!”. Y había muerto, claro.

Por último, recordaba que, en la universidad, un maestro de filosofía acerca del cual se decía que no había terminado la carrera, había afirmado que es la verdad lo que le da sentido a la vida. Todo eso lo había marcado profundamente. Le había imprimido un carácter de buscador de la verdad. Y había jurado que lo sería, hasta su muerte.
Escudriñó obras de arte. Frunció el ceño frente a un cuadro de da Vinci, e hizo un gesto despectivo frente a una obra de Picasso. Leyó libros acerca de las distintas religiones y no podía entender cómo, en nombre de los más hermosos principios, se habían librado las peores guerras. Penetró en las distintas corrientes y pensadores filosóficos. De Aristóteles no dijo nada, pero Descartes le pareció petulante, y de la filosofía de Nietzsche, pensó que era el último aullido de la humanidad.

Por supuesto que estudió también obras científicas pero, curiosamente, la ciencia no lo convenció nunca de ser un campo propicio para hallar La Verdad. La ciencia le parecía demasiado mítica.

Pensaba que la física que – decían -, era la madre de las ciencias, no había podido descubrir el origen de la partícula última de la materia. Lo del Boson de Higgs le parecía un chiste flojo de parte de unos científicos que se habían gastado millones y que, por lo menos por eso, deberían tener un mínimo de seriedad. ¡La partícula de Dios!, exclamaba para sus adentros. ¡Como si Dios tuviera partículas! Deberían saber que la Gran Pregunta no es descubrir si hubo una primera partícula, lo cual no es ningún descubrimiento, sino de dónde salió la tal partícula, afirmaba. En efecto, si la respuesta, en algún sentido, así sea metafórico, es que se trata de la partícula de Dios, para eso no se necesitaba despilfarrar millones, construyendo un mega-túnel entre Francia y Suiza. Bastaba con leer el primer versículo del Génesis o, quizás, cualesquiera de las narrativas que tienen las llamadas grandes culturas, sobre el origen del mundo. ¡Pamplinas! ¿Será que con los tales descubrimientos- se preguntaba-,van a agregar algo al hecho de saber que somos polvo de estrella? ¡Por qué más bien no hablan del desarrollo del universo y no de su origen, lo cual es un engaño! Esto último lo dijo, de pronto, en voz alta estando solo.

Por otro lado, pensaba también, que los mitos tradicionales por lo menos nos dejaban una literatura poética, pero los discursos científicos le parecían densos ladrillos más propios para construir pirámides faraónicas o catedrales medievales que para explicar el tan cacareado origen del universo, o la esencia del hombre.

Y, siguiendo por este camino, con relación a la energía, decía que la física no había podido explicarla. Que todo lo que había hecho, era describirla con una fórmula.
Los planteamientos de la física cuántica y de la teoría de la relatividad, le dejaban muchas dudas y ninguna certeza. Así que todo esto le parecía una nueva teología, pero sin Dios.

La política le producía alergia, sin medicina conocida, según dijo alguna vez. Si bien leyó muchos autores, fue Maquiavelo quien satisfizo de lleno, sus expectativas. Quienes no crean que la política es el fango, por excelencia- decía-, es porque, o son tontos, o son filósofos: los primeros, no entienden porque su pensamiento está programado; los segundos, no quieren entender porque viven en mundos celestes. Lo había escrito con letras rojas en la parte interna de la contra-carátula de “El Príncipe”.

Se reía de las promesas de futuro que hacían los políticos y del deber ser enunciado por los filósofos. Fácilmente nos olvidamos que el presente fue el futuro soñado, escribió en un comentario a algún filósofo político.

De la ética pensó…bueno, no se sabe qué pensó, pero la única vez que deliberada y bruscamente cerró un libro, sin terminarlo, esbozando una sonrisa irónica, fue leyendo sobre la fundamentación de la ética…

Pero seguía leyendo y leyendo. Con sus gruesas gafas de carey que se ajustaba a cada rato; sus pantalones anchos, por su abultado vientre, fruto, entre otras cosas, de hacer sólo ejercicios mentales; una camisa a cuadros con tonos rojo, negro y blanco; un buzo de lana color marrón (tenía varios de ese color), unas zapatillas negras muy sencillas, y sus 73 años encima, se acomodaba en el viejo sofá, ubicado en el dormitorio, a realizar la tarea que se había impuesto: encontrar La verdad.

Ni siquiera dejaba de leer cuando iba al baño y sólo levantaba la cabeza cuando golpeaban a la puerta de su pequeño apartamento, para entregarle las comidas que le llevaban del restaurante cercano, porque vivía solo.

Se había casado hacía un tiempo que no recordaba y se había separado, según decía, porque el matrimonio era un engaño de dos, apostando, cada uno, a ganar, para, finalmente, perder y coger cada uno su propio camino. O resignarse que era peor pues – según él -, era lo mismo que perder dos veces.

No había tenido hijos y no se le conocían parientes…

Ese día, el sol lucía radiante y estaba en su descanso en la Plaza de Armas, sentado en el mismo banco de madera, al lado de una pareja de hombres jóvenes: uno blanco y de barba y otro ligeramente moreno. Los dos lucían larga cabellera y vestían de forma sencilla con jeans, sandalias, camisetas, chalequitos delgados de cuero y gorras de algún equipo de futbol. Llevaban, también, un bolso de tres colores, terciado sobre el pecho. Parecían intelectuales jóvenes. De pronto, uno de ellos le dijo al otro: eso del pensamiento posmoderno sí es una mierda. Lo dices porque deja al hombre sin fundamentos, ¿verdad?, le contestó el otro. Sin fundamentos y sin de dónde agarrarse, agregó el primero, mientras los dos miraban a una anciana con bastón que se dirigía a la iglesia.

Luego, guardaron silencio.

Él se levantó y se fue a casa. Buscó en el computador y pidió varios libros de distintos autores, sobre la posmodernidad: dos franceses, un italiano, un alemán y un colombiano que enseñaba en Europa desde hacía mucho tiempo. Esperó ansiosamente que le llegaran, y, cuando los tuvo en sus manos, abandonó el que estaba leyendo esa mañana y se metió de lleno en uno de los nuevos, dejando para el final el de uno de los franceses, que le había llamado mucho la atención. Este último libro le llevó tres días. El primer día comenzó a leerlo a las 8:00 de la mañana y terminó a las 11:30 de la noche.

Al otro día comenzó temprano a releerlo. Desde antes del desayuno, porque iba más despacio. Esta segunda relectura le llevó dos días porque iba más lento y, además, porque había momentos en que se quedaba pensando y con los ojos fijos, alternativamente, en tres cuadros que tenía en la pared y que eran reproducciones de pintores famosos: El Tres de Mayo de Goya, El Grito de Munch, y Los Comedores de Patatas de van Gogh. Ellos llenaban sus ojos, silenciados largamente por sus pensamientos.

No sabía por qué, pero esta última lectura le había dejado la sensación de que no estaba equivocado en lo que pensaba con relación a Nietzsche. Pensaba que el famoso superhombre que había intentado construir sobre la tumba de Dios, se le estaba convirtiendo en una trágica caricatura del simio, por el egoísmo idólatra que conducía al surgimiento de un despiadado super-poder a nivel mundial: un nuevo Leviatán, inmisericordemente desgarrador de las relaciones sociales.
El panorama no podía ser más expresivo: la narrativa histórica destruida; el planeta agonizando; y el hombre más solo que nunca, librado a su propia suerte y sin un horizonte de sentido.
¿Es ese tu superhombre, Federico? ¿Es eso lo que querías? ¿Me oyes Federico Nietzsche, dondequiera que estés? Todo esto lo exclamó poniéndose de pie y agitando los brazos, mirando hacia arriba en la mitad de su cuarto. Con la última pregunta cerró los ojos por un momento, como si quisiera comunicarse con el más allá. Y, por primera vez se preguntó si sería posible encontrar La Verdad más allá de este escenario, o si esto era, simplemente, La Verdad Desnuda.

Después de esta experiencia, dejó de leer durante tres días.
Se iba al parque y se sentaba a mirar las palomas, la fuente y las personas. Pero, quien lo conocía, sabía que no estaba viendo nada de eso: para él no había mendigos con palomas, ni chorros de agua haciendo malabarismos, ni ancianas que iban con bastón a la iglesia. Miraba sin ver, mientras estaba profundamente absorto en sus pensamientos…

Volvió a leer pero ya sin mucho ánimo. Una noche, miró el reloj y vio que iba a ser media noche y, de todas maneras, apresuró la lectura. Pero, de pronto, se dio cuenta, o le pareció, que el tic tac del reloj, sonaba raro. Sonaba como más fuerte que de costumbre. Entonces, dejó la lectura y escuchó con cuidado: TIC…TAC…TIC…TAC…El ruido, no sólo era más fuerte, sino más lento. Y decidió cerrar el libro.

Sin saber cómo, se encontró mirando fijamente al reloj y pensando que con cada ruido del aparato, se iba un pedazo de nuestra vida. Y recordó, enseguida, que cuando era estudiante universitario, invitaba a sus compañeros a tomar un cafecito, para matar el tiempo.¡Qué vaina- exclamó-, tienen que pasar los años, para darnos cuenta de que es el tiempo el que nos mata a nosotros! Y continuó leyendo…

Pero en la noche siguiente, al oír el ruido del reloj, le pareció que su corazón también sonaba. Que paralelamente al TIC…TAC…TIC…TAC…,hacía TUNTUN…TUN…TUN…y comenzó a sentir que algo raro estaba pasando. Escuchaba y escuchaba. Y se tomaba el pulso. Unas veces en la muñeca y otras veces en el cuello, porque pensaba que estaba imaginando cosas. Entonces dejó de leer y se acostó. Se acostó sin terminar el libro.

En la tercera noche no se tomó el pulso para no ponerse nervioso. Pero comenzó a sentir el TUN…TUN…TUN…TUN…en la cabeza; más fuerte que el tic…tac…tic…tac… Ahora, el corazón no marchaba sincrónicamente con el reloj. Y no sabía si era éste el que se atrasaba, o su corazón.

En las noches siguientes comenzó a sentir miedo. Y con el tic…TUN…tacTUN…tic…TUN…tac…TUN…sentía que se le iba cayendo, físicamente, a pedazos la vida. Dejaba los libros sin terminar, y se acostaba. Pero ahora, allí en su cama, se ponía la mano derecha sobre el corazón para palpar sus latidos y, con la izquierda, cogía el pequeño reloj, y escuchaba y escuchaba, hasta cuando no aguantaba más y estrujaba el aparato, hasta detenerlo. Y así repetía el ritual, noche tras noche, mecánicamente: la mano derecha sobre el corazón y la izquierda, con el reloj; la mano derecha sobre el corazón y la izquierda con el reloj…Una noche se equivocó de mano y sintió como un corrientazo que estremeció todo su cuerpo, al mismo tiempo que se le nublaron los ojos, y se le cayó el reloj que quedó debajo de la cama, detenido, marcando las 12:00 pm.

Fue a levantarse para pedir ayuda pero, al hacerlo, se sintió muy liviano y se dirigió hacia la puerta. Entonces, antes de abrirla, volteó a mirar como si algo se le hubiera quedado atrás y, para su sorpresa, vio que no se había levantado del sillón. Se observó allí con la cabeza caída sobre el pecho; los ojos cerrados, los gruesos lentes escurridos hacia la parte baja de la nariz; el libro en el piso con papelitos de notas desperdigados sobre él; el brazo izquierdo colgando, casi hasta rozar el libro, y el derecho, desmayado entre las piernas. Fue cuando se dio cuenta de que su corazón se había cansado de competir con el reloj…

De todas maneras, dio media vuelta para abrir la puerta y avisarle a alguien pero, al hacerlo, esta permaneció sin movimiento y él la atravesó sin obstáculo alguno.
Afuera, cuando fue a tomar el camino, se encontró con un panorama como no lo había imaginado jamás. Lo último que sintió, fue que una fuerza centrífuga con el poder de un torbellino, desprendió las partículas de su conciencia y las arrojó en todas direcciones, mientras que su YO se diluía en algo parecido a una serpenteante, colorida e infinita textura gelatinosa que conformaba esa dimensión desconocida.

Jorge Mora Forero
Weston, Florida., 2013

 

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2 respuestas a LA VERDAD DESNUDA

  1. HUMBERTO BARAJAS dijo:

    LA ÚNICA VERDAD QUE TENEMOS, ES LA MUERTE.

    NO LE PODEMOS HUIR, MENOS AÚN LA PODEMOS IGNORAR, PORQUE CUANDO ABRAMOS LA PUERTA, ELLA NOS MOSTRARÁ QUE SIEMPRE, ESTUVO ALLÍ, ACOMPAÑÁNDONOS Y ESPERÁNDONOS PARA QUE COMPRENDAMOS, EL TAN ESPERADO FIN.

    GRACIAS MI PROFE POR ESE RELATO, LO QUIERO Y SIEMPRE LO RECUERDO CON MUCHO CARIÑO.

    HUMBERTO

  2. Angela dijo:

    Ese él, es Usted… esa verdad, la encontró?
    Eso del desarrollo y no del origen, en verdad tiene sentido, a veces es bueno preguntarse sobre lo que no se le puede dar respuesta, quizá así nuestro tiempo cobre un sentido distinto, quizá por eso nos gusta lo simple, quizá por eso nos gusta la poesía y la literatura envuelta en sentimientos mas que la filosofía, quizá por eso, Usted, mi maestro, escribe literatura, una literatura con un sentido oculto pero claro para Usted, para enamorar y endulzar a sus estudiantes de una filosofía escondida.
    Él frecuentaba una plaza, sin embargo usted nombra dos, ¿por qué? que espacio evoco al pensar en Plaza de Patria y Plaza de Armas,
    Dígame, ¿se siente solo, librado a su suerte y en un mundo sin un horizonte de sentido?
    Por cierto, su tiempo, no lo está matando, ni Usted esta matando el tiempo, su tiempo no es un tic tac sin fondo, porque su tiempo ha retumbado en otros tiempos, o qué somos sus estudiantes sino montañas en las que su eco y su tic tac está.
    Mas que una gran clase de filosofía en la que Usted busca resumir una pregunta leo un texto que hace pensar en Usted, en su sentir y en en su dar sentido,
    Mi respetado maestro, le envío un abrazo muy fuerte y recuerde que su vida si tiene eco y ademas ha permitido que muchos como yo vean y lean una verdad desde otros ojos, los suyos,
    Respetuosamente,
    Angela

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