SUJETOS Y EXCLUSIÓN

(Respuestas a un cuestionario sobre el tema).

Pregunta:
Estoy tratando de elaborar un pequeño documento acerca de la constitución del sujeto, en la mirada de la Educación Especial, porque así me lo pidieron. Pero yo no quiero hacerlo desde esa concepción de la persona discapacitada vista como “incapaz”. Más bien quisiera verlo desde la mirada de cualquier sujeto que, además, es un ser socio-político, con derechos y con deberes.
Tengo muchos reparos frente a la llamada inclusión de la que tanto se habla en la Pedagógica y quisiera enmarcar ese tema de la constitución del sujeto dentro de la concepción de la inclusión y de la práctica de la inclusión.
¿Puedo pedirle su orientación y su guía sobre cómo podría desarrollar esto?
Respuesta:
En cuanto a lo del sujeto: no es un tema fácil. Creo que ese discurso que, a mi juicio, era resultado de una reflexión filosófica, se desmoronó con las críticas de la postmodernidad. Porque no fue más que eso, un discurso sobre un ente abstracto, “El Sujeto”, discurso que no tenía nada que ver con la vida real que contenía en su ser ( el ser de la vida real) la negación del sujeto discursivo. “…sujeto…ser socio-político, con derechos y con deberes”. Basta mirar a la Europa que construye ese discurso (porque, además, no hubiera sido posible construirlo fuera de Europa), destruyendo mundos. Allí, en ese campo, los dominadores y los dominados, en términos “freireanos”, se niegan como sujetos.
Tanto en el mundo capitalista como en el del socialismo real, para nombrar las dos grandes expresiones vivenciales de la modernidad, los seres humanos fueron “cosificados”, convertidos en mercancías o en vulgares instrumentos de producción. No se podía construir sujetos reales con las diferencias sociales que surgieron. Esa conciencia autónoma, libre y responsable, era una ilusión filosófica, como eran ilusión política “Los Derechos del Hombre y del Ciudadano”. Claro, para algunos, ahí siguen como ilusión. Para los maestros con formación política, por ejemplo, y entendiéndolos como derechos sociales, porque maestro que no sea iluso, no merece tal nombre. Pero un maestro iluso con formación política, no es un bobo, sino alguien que trabaja conscientemente, con algún tipo de sentido transformador.
Lo de la inclusión y la exclusión, podría abordarse desde dos aspectos: uno sociológico, viendo el sistema social como un instrumento de satisfacción de necesidades de todos los humanos, donde todos somos relación social necesaria y, por lo tanto, nadie puede quedar excluido. Justamente, aquí hay que hacerse preguntas acerca de por qué, si esto es así, hay “asociados” que van quedando excluidos. Qué pasa con el sistema; dónde está fallando. Para quiénes funciona y para quiénes no, y por qué. Sobre esto me oiste hablar en clase, muchas veces.
El otro aspecto es el filosófico-metafísico o trascendental, para llamarlo de alguna forma, donde haríamos una reflexión acerca de lo que es el ser humano y su negación cuando niega a otros. Sobre este tema ayudan las lecturas de Pablo Freire.
Después de reflexionar sobre eso, yo pondría sobre el tapete, al final del escrito, el caso concreto de las personas físicamente limitadas, diferentes, o como se las llame.
Ahora bien, hay cosas que hay que tener en cuenta: la discriminación o exclusión por limitaciones físicas, no es la única. Se encuentra discriminación por motivos socio-económicos, políticos, ideológicos, étnicos, de género, sexuales, de estatura… Bien podríamos decir que las culturas son máquinas de discriminación, y eso por una razón: porque es a través de la cultura como nos metemos en la cabeza, la naturaleza y la “naturalidad” del mundo que se fijan en nuestro sistema neuronal, como lo ha explicado el profesor Humberto Maturana.
La cultura occidental no es ajena a este proceso. Comenzó con la valoración distinta entre griegos y bárbaros como lo muestra el maestro Fontana en su libro Europa ante el Espejo. Pero lo que caracteriza a esta cultura es que va a desarrollar, a través de su desenvolvimiento, una idea de igualdad. De igualdad “entre iguales”, entre los mismos griegos, al principio. Después, de igualdad ante Dios ( tal vez por una herencia estoica), según el cristianismo. Luego, de igualdad ante la ley, según el pensamiento burgués. Finalmente, de igualdad ante la vida, según las perspectivas de Marx.
Ahora, ante el ocaso del pensamiento igualiatario, por déficit vivencial, nos encontramos, creo yo, ante dos grandes respuestas: una que comienza a afirmar, abiertamente, que la igualdad humana es imposible ( lo había sostenido el historiador griego Tucídides) y que sirve como “filosofía” del capitalismo salvaje, y otra, con apariencia tierna y, por lo mismo, más peligrosa, que nos dice que “somos diferentes”. ( ¡ Y qué diferentes!). A decir verdad, en el fondo llevan a lo mismo.
Pero, desde un punto de vista práctico, y teniendo en cuenta que somos pedagogos, tal vez podamos retomar el ideal de igualdad de la modernidad y preguntarnos: ¿con base en qué, una sociedad que se pretende fundada en valores igualitarios, discrimina? En términos más concretos, ¿por qué discrimina a personas con limitaciones físicas si ellas se preparan para desempeñarse adecuadamente en la vida diaria?
Ah, y no hay que olvidar que, desde una situación muy concreta, Colombia es una de las sociedades con mayor grado de exclusión, en el mundo. Nuestros excluídos lo son, en este espacio concreto. En esto no podemos ser etéreos pues, como lo sabemos, la palabra puede servir para des-velar pero, también, para diluir.
Consideración: es tarea radical de los educadores, luchar contra todo tipo de discriminación

Pregunta:
Para manejar este tema de la constitución del sujeto se podría hacer un recorrido en la Historia y ver cómo más que constituirlo lo que se ha hecho es “destituirlo” (no encuentro otra palabra) de su condición.¿Le parece que podría hacerse así?

Respuesta
Destituirlo, ¿de dónde? ¿o de qué? Me parece que la construcción del “Sujeto”, se da a la par con la deconstrucción ( para usar un término de Derrida, si mal no estoy) de la idea de “cristiano”, con su significado de dependiente de la Voluntad Divina.
Ahora hay una visión secular del mundo y se piensa que cada in-dividuo tiene una Conciencia Autónoma que decide sus acciones. Y que, por lo tanto, podría ser ética, si el individuo se percibe como “átomo social”.
De todas maneras, no olvidemos que las ideas son expresión de las relaciones sociales y que, por más bien intencionadas y filosóficas (tomado este último término en un sentido de validez universal) que sean, siempre mostrarán la paternidad de esas relaciones.
La construcción del sujeto se da en un contexto de afirmación del capitalismo, sistema que toma como fundamento la propiedad privada como un derecho natural. A partir de esta entidad-eje, habrán de tejerse las relaciones sociales en términos amplios y, en términos concretos, el derecho, el Estado ( éste, generado por y, a su vez, generador de sujetos) y todo el conjunto de ideas aparecidas como razones legitimadoras, dentro de las cuales están las que se ocupan de la construcción del “Sujeto”.
Como lo escribí en otro lado, sin ser original, por supuesto, el “Sujeto” de la sociedad moderna no es otro que el “Capital” que da id-entidad a los “sujetos”, y estos son los individuos propietarios que, además, compiten, a veces ferozmente, para aumentarlo o, en última instancia, para no dejarse quebrar. Esta competencia lleva, por un lado, a convertir el trabajo en una nueva servidumbre y en un infierno la vida de muchos por falta de empleo, porque, en esta sociedad, ser explotado ( “ser empleado”, en términos funcionales o aceptables), se ha convertido en un privilegio. Privilegio cada vez más escaso como lo son el agua, y el aire puro.
Por otro lado, esta competencia lleva a dominar continentes enteros, imponiéndoles la modernidad como modernización, es decir, como un barniz a través del cual los engancharon al dominio mundial del “Capital”. Modernización es el nombre que se da al proceso de sufrir la modernidad.

Este proceso conllevó la creación de una sociedad (término que podemos entender más en un sentido económico que social) altamente estratificada y diferenciada por la tenencia o no tenencia de propiedad: por un lado, el grupo de propietarios estratificados y, por otro, el de los no propietarios, también estratificados, a su vez.
Aquí, en lo últimamente planteado, se da la vida real que nos mostraría la existencia, también real, de distintas “sujetividades”, es decir, la existencia de unos sujetos que son más sujetos que otros. Eso lo resolvió la construcción del “Sujeto”, categoría absolutamente abstracta y universal que representa a todos y a nadie. Pero que dejaba a salvo la conciencia filosófica moderna, como la había dejado a salvo políticamente la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, arriba citada, y que, desde el punto de vista de la historia real, podemos apreciar como una declaración de cinismo.
¿De dónde arrancar, entonces, la reflexión? Mi sugerencia sería partir de la deconstrucción que ha hecho el pensamiento postmoderno, teniendo en cuenta que esa decontrucción no se hace porque la idea o la categoría de “Sujeto” fuera, mala o absurda “en sí”, sino porque no tenía asidero en la realidad vivencial. La gran pregunta sería: ¿Por qué no tuvo asidero en esa vida real?
Pregunta:
¿Hablaríamos de constitución o de construcción del sujeto?¿ Cuál sería la diferencia entre estos dos términos?

Respuesta
Yo creo que el debate sobre el sujeto se está dando, fundamentalmente, en términos conceptuales. En este sentido sería preferible utilizar el término “constitución”, del verbo latino constituere que entre sus significados tiene dos que nos atañen: fundar, instituir.
Instituir el Sujeto es establecerlo como categoría de análisis, con perspectiva filosófica, creo yo. Pero también como categoría de filosofía política. (Además, hoy se habla de “Sujetos Sociales”). Esto nos permite verlo como una entidad viva, autónoma, capaz de vivificar discursos. El problema es que los discursos van por un camino y la vida real, por otro.
El verbo construir, del latín construere, podemos dejarlo más bien para el proceso teórico-práctico de la paideia, o sea, de la formación. Pero entendida como co-contrucción (a pesar de que pueda sonar etimológicamente redundante), es decir, no en una forma unilateral (“El maestro sabe”), negadora de una posible “sujetividad”.
El comentario final que podría hacer, desde una perspectiva histórica, es que la modernidad instituyó el sujeto antes de construirlo. A eso, a mi juicio, apuntaría uno de los ataques de la llamada postmodernidad que, tal como la entiendo, no es más que la misma modernidad, expresada en su negativa a realizar los sueños con que había ilusionado al mundo.
Post Scriptum
Pregunta: ¿en esa vida real que usted menciona, ser unos sujetos más que otros, entraría la reflexión de la exclusión, o se refiere a la propia sujetividad?
La sujetividad* es el atributo del sujeto como la ciudadanía es el atributo del ciudadano. La sujetividad es algo así como la personalidad moral y ética del “Sujeto”. La exclusión se da siempre porque el excluido, forma parte de algo: de una sociedad, de una nación, de la humanidad, etc.
La diferencia de sujetividades se da porque hay algún tipo de exclusión. Si en el capitalismo (que es mostrado como “democracia vivencial”) ,el tener otorga el ser( ser “Sujeto”), tener más, es ser más sujeto, y tener menos, es ser menos sujeto. Y no tener nada, es no ser sujeto. En otras palabras, es no ser nadie. Aquí la sujetividad pasa a ser reemplazada por la desechabilidad, categoría referidad a los de abajo, pero, esa sí, universal, “impregnadora”de todo lo humano.
Veamos, a título de ejemplo, lo que corre por nuestras “venas abiertas” : Colombia ( Latín, Columba= paloma, ¡símbolo de la paz! ) es uno de los países con mayor grado de exclusión, en el mundo. En todos los aspectos. En el aspecto social, y con indicadores orientados a disminuirla, tenemos 20 millones de la población en la pobreza, de los cuales hay 8 en la indigencia. De acuerdo con lo que se ha planteado en el texto, y a modo casi de caricatura, tendríamos :sujetos, sujeticos y no sujetos. De las dos últimas categorías salen, mayoritariamente, los anti-sujetos del sistema. Es decir, la exclusión disminuye o anula la sujetividad. Y genera anti-sujetividad. Aquí podríamos preguntarnos si esta anti-sujetividad de los excluídos no es el resultado de una previa anti-sujetividad de los incluídos. De todas maneras, esto anularía cualquier sujetividad universal.
Pero, desde un punto de vista sociológico, podemos formurlarnos dos preguntas: 1) ¿Una agrupación que tiene la mitad de sus habitantes en la pobreza ( habiendo, realmente, tanta riqueza), merece llamarse sociedad? Y 2) ¿Una agrupación que excluye en esos niveles, podrá, realmente ( no con promesas ideológicas, de futuro) incluir? Sigamos, allí mismo, con el aspecto étnico: una élite blanca o blanco-mestiza, discrimina al resto.
Pasando la página…
Desde la humanidad: hay grupos que no consideran humanos a los negros o a los indios.. Y puedes seguir en todas las áreas de discriminación. En un grupo machista, la mujer no es vista como ser humano completo. No puede ser sacerdote, por ejemplo.
A título de ejercicio veamos, ahora, los Sujetos “concretos”, con su correspondientes “sujetividades” (derechos prácticos, satisfacción de necesidades de todo tipo), en Colombia y hagamos una pregunta: ¿cómo definiríamos al “Sujeto”colombiano?
Tal vez encontremos algún tipo de respuesta en la práctica de la paideia.

* Dejo el término subjetividad, para cuestiones epistemológicas.

Weston, noviembre de 2009-11-04
Cuestionario enviado por
Marietta Lucía Alarcón G.

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LA ÉTICA FLEXIBLE

(Publicado en : www.razonpublica.com 06 de abril del 2009)

“The world is dancing on its debris”; el mundo danza sobre sus ruinas. Éste podría ser el título de una canción, ojalá a golpe de rock, para visualizar la decadencia de un imperio. No del Imperio Romano de Occidente durante los siglos IV y V de nuestra Era, porque hubiera tenido que escribirse en latín, y el rock no existía entonces. No; el título está en inglés porque se refiere a esta crisis planetaria que se generó, básicamente, en inglés. Crisis, un eufemismo con que se denomina a este tremendo vacío* en que nos encontramos. Mientras tanto…
Un afroamericano (semi-blanco, por supuesto), ha llegado a la presidencia de la primera potencia de la tierra.
Y se han dicho, además, tantas cosas en estos días, sobre el nuevo presidente que, tal parece que ahora, la potencia no ejercerá poder (léase dominación), ni el presidente será como los otros presidentes.(Éste será buena gente).
Los medios de comunicación ( que, a veces, parecen más de atolondramiento), poseen el poder de convertir la realidad vivencial, crítica, dolorosa y vergonzante, en paraísos ilusorios; en fantásticos mundos por venir.
Escritores de casi todas las tendencias, han sido atraídos por el efecto Obama. Algunos se atreven a disentir de la creencia en los paraísos; otros, manifiestan cierta duda, dado el tamaño de los problemas mundiales y, finalmente, un buen número, nos dice que estamos, casi a pocos pasos, de “la tierra prometida”.
Estos últimos, parecen no darse cuenta de que “ la tierra prometida” se está deshaciendo ante nuestros ojos, moral y ecológicamente. Lo segundo, por lo primero.
La crisis económica, generada por la búsqueda de la ganancia sin límites a que nos ha llevado un capitalismo especulativo (consecuencia de la crisis del capitalismo productivo), ha conllevado el deterioro profundo de los lazos sociales, bien sea por el creciente clásico desempleo, dada la destrucción acelerada del trabajo inherente a ese tipo de relaciones sociales, o bien, por la degradación de los salarios y por la existencia de relaciones laborales bárbaramente esclavistas, estas últimas, dibujadas en un mapa que va desde la China comun-capitalista ( el famoso “socialismo de mercado”, logrado por el gato que, sin importar su color, siempre caza ratones), pasando por la Italia en rejuvenecimiento mussoliniano, hasta llegar al Brasil socio-neoliberal de Lula, subdesarrollado y con ínfulas de parapotencia.
Y, en el campo de la ecología (lo que tiene que ver con el hogar, en el mejor sentido de la palabra): la destrucción del planeta, sin contemplación alguna.
Convertida la naturaleza en mercancía, capaz de ayudar a cuadrar las cuentas de las empresas voraces en competencia; nada mejor que echar mano de los recursos no renovables, hasta el límite de su agotamiento. Nada mejor. Nada mejor, también, que conectar a los ríos, a los lagos y a los mares, las cloacas pestilentes de las fábricas cuyos desperdicios son arrojados a esos lugares acuáticos, sin control alguno por parte de la sociedad , porque “la sociedad” no es más que una ficción para someter al trabajo y para legitimar políticas particularistas. Sin control alguno, tampoco, por parte del Estado, porque en la mayoría de los casos, éste funciona como una dependencia de las empresas, nada más.
Es éste el contexto en que asume el presidente Obama.
El presidente, en sus primeras reuniones de gabinete, con una idea que había dejado entrever, también, en su campaña por la presidencia, pidió a sus funcionarios comportarse éticamente. Pero esta exigencia no se correspondía, con el nombramiento de algunos funcionarios que habían evadido el pago de impuestos, engañando al Estado, con todo lo que esto implica.
Ahora, en alusión a las bonificaciones dadas a algunos ejecutivos del quebrado y financiado estatalmente, American Internacional Group (AIG), el presidente se mostró escandalizado y afirmó públicamente que había que tener alguna ética y “sentido de la responsabilidad”.
Alguna ética, cierta ética, o un poco de ética. Es lo mismo. “El presidente es un pragmático, no un ideólogo”; lo ha dicho uno de sus asesores. Y pragmático, leído en términos políticos, significa actuar por resultados, sin fijarse mucho en los medios para lograrlos.
La ideología (no entendida en términos marxistas), en el contexto en que estamos hablando, en cambio, permitiría actuar de acuerdo con ciertos fines y utilizando unos medios, sustentados ambos, en un referente axiológico que tiene que ver con el télos humano. Eso conllevaría la afirmación de la ética en la conducta pública y en la vida ciudadana, en general. Pero, desde el pragmatismo, se corre el riesgo de que la ética sea sólo una referencia verbal o escrita.
Porque la ética tiene que ver con lo que no debe hacerse, así la ley lo permita. Y también tiene que ver con el cumplimiento de la ley, por convicción, no por obligación. Es la conciencia moral impulsando el actuar social. Pero en la ensambladora política, se diluye la ética y se aplana la ley. Con el argumento de la famosa Razón de Estado, o de servicio al pueblo.
En nuestro caso, nos encontramos con una ética discursiva, por un lado y, con una realidad política, por otro. El resultado es una ética flexible, tan propia de nuestros días postmodernos y que nos permite ser más o menos éticos. O afirmarlo y dejar de serlo, a conveniencia. Así resulta que lo que no puede hacer la conciencia moral, lo puede el poder. Pero queda el discurso como manifestación de la conciencia moral. Testamento para la historia oficial y producto de consumo para los creyentes en “la tierra prometida”.
Pero, las consecuencias de usar la ética flexible, es que, al final, acabamos ignorando la necesidad de la ética como conducta. Nos queda como una estatua; como la estatua de la libertad que ilumina al mundo con una luz densamente opacada en la vivencia, por la lógica del capital, contraria a la lógica de la vida.
Pensar, la educación en general y, la universidad en particular, implica un enorme desafío, mental y ético, para tratar de desentrañar sus funciones, sobredeterminadas por múltiples intereses, en el seno de una civilización moribunda que pudo crear máquinas y espacios inteligentes, pero no un ser humano inteligente que se comportara como humano.
Creo, sinceramente, que cualquier reflexión que hagamos sobre la educación y la universidad, debe, desde este contexto agónico, comenzar por la pregunta sobre la humanidad del hombre.
Podría pensarse que los planteamientos anteriores expresan una posición pesimista. Pero no. La situación de vacío que no de crisis como se referencia a diario, en que nos ha puesto la muerte de la Historia, como narrativa existencial de Occidente, nos da la posibilidad de reinventarnos al hombre, de reinventarnos la vida, con una ética vivencial, no con una ética discursiva, como la que nos permitió vivir la ilusión de la Historia como progreso.

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UNIVERSALIDAD ÉTICA Y ÉTICA PRÁCTICA

( Publicado en: www.razonpublica.com )

Cuando oigo hablar de universalidad de algo, siempre pienso en esos deseos que ha tenido el ser humano, a través del tiempo, de encontrar la verdad; el verdadero sentido de las cosas. O, el Bien, para expresarlo en términos socráticos.
Y, cada cultura genera costumbres y normas que, con sus respectivos rituales de legitimación, expresan esa universalidad.
Pero, al mismo tiempo, vienen a mi mente las afirmaciones de Heráclito: “Todo fluye…”, y de Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas…”
Lo absoluto y lo relativo: los dos polos dentro de los cuales se teje la telaraña que enmarca las acciones humanas, buenas o malas; correctas o incorrectas.
La necesidad de absolutos partió de la conciencia de la relatividad; de la fugacidad de la existencia humana. En su inseguridad, el ser humano ha querido aferrarse a Algo. Un Algo que esté ahí, que no se mueva; que no sea cuestionable. A pesar de todas las contradicciones que ello genera como es el hecho de que el absolutismo ( y no me refiero aquí a nigún sistema político) se genera en el relativismo y éste, a su vez, para legitimarse, tiene que acudir a un absoluto: “todo es relativo”.
Y, entonces, como ésta es una afirmación absoluta, la conclusion es que no todo es relativo. Este relativismo clásico, por llamarlo de alguna manera, implica que hay algo que es válido. Pero, a partir de aquí, también concluímos que no todo es absoluto.
¿ A dónde nos conduce todo esto? A la vida histórica. Ni más, ni menos…
Pero, veamos, repitiendo algo:
El absolutismo se generó en la conciencia de lo relativo y, desde esa conciencia adquirió su letimidad, por necesario.
El relativismo cuestinó al absolutismo pero contrastó con él su legimidad, por evidente. Surgió, así, una dialéctica de legitimidades mutuas que duró hasta la llegada del hombre postmoderno que con su vacío de sentido puede, finalmente, conducir a un relativismo de tipo nihilista basado en el “No hay
certezas”, ergo… “Todo vale”(1).

A mi juicio, la tragedia del hombre de esta época, radica en que rompió ese equilibrio dialéctico que permitía la expresión de la dimensión humana.
El hombre postmoderno ya no acepta absolutos. Ni, por lo mismo, relativos legitimados desde el “todo es relativo”. Para él, esa afirmación es tan relativa, tan aleatoria, como todo lo demás. Como el hombre (postmoderno) mismo.
Esto, por supuesto, tenía que conducir a la muerte de la ética. De esa ética fundamentada en absolutos, ya sea que se hable de leyes divinas o de imperativos categóricos. Pero también, y lo que es más grave, de las éticas históricas mismas, dejando al ser humano sin posibilidad de ética alguna, frente al más puro pragmatismo (2).
Es obvio que la fundamentación de la ética en universales absolutos, tenía que chocar con la historia que es, por excelencia, la experiencia plural de los hombres. Y de nada valdría sobredimensionar esta experiencia con el argumento de que todos los seres humanos tenían la tendencia, por inspiración o por razonamiento, a respetar ciertos valores que expresaban la presencia de la Divinidad o del Lógos. De ésto se alimentó el racionalismo europeo, ya fuese idealista o materialista. La Biblia y los griegos estuvieron presentes en su conformación. No olvidemos que fue el cristinismo el que, en una fecha tan temprana como el siglo IV, se inventó la palabra modernus que no estaba en el viejo latín. Modus Hodiernus: al modo de hoy (3). Al modo de este nuevo día diferente del ayer. Ha nacido el tiempo histórico cristiano. Y, para Occidente, el tiempo histórico, a secas.
Esta nueva manera de ver el tiempo, le permitió a San Agustín tenderle una linealidad a las acciones humanas; un ir de atrás hacia adelante. Un antes y un después. Un orígen y una meta. Es decir, atribuirles un sentido. Esto rompía con la idea clásica del eterno retorno.
La idea agustiniana es la partida de bautismo de la historia de Occidente.
Si Heródoto, considerado con cierta deferencia el “Padre de la Historia”, había dicho que escribía sus Historias para rescatar del olvido las hazañas, tanto de los griegos como de los bárbaros (4); San Agustín dirá, ahora, que esas hazañas y, en general, todos los quehaceres humanos,
tienen un sentido (5).
Era la culminación de lo que había escrito San Pablo, ¡qué duda cabe!, fundador del cristianismo: “No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús…”(6). Estaban dadas las luces para lo que habría de llamarse, desde Occidente, Historia Universal.
No debería sorprender que, veinte siglos después, Hans Freyer pudiera escribir su Historia Universal de Europa (7), en cuyos bordes, claro, quedaba el resto de los pueblos del mundo. A ellos, la Europa cristiana y poderosa, les impondría una moral que tiene que ver con lo bueno y con lo malo que hace el hombre, en función de la salvación eterna. Soldados y misioneros iban por la misma ruta; unos encontraban los cuerpos para usarlos, y otros, las almas para salvarlas.
Esta moral tiene un sentido trascendente-metahistórico.
Y, cuando se secularizó la vida con la modernidad burguesa que tomó de San Agustín la idea de un atrás- hacia adelante y le agregó la de un abajo- hacia arriba, sintetizado todo en la idea de progreso, surgió la ética, comerciante y ciudadana. Los negocios necesitan ser serios, la palabra empeñada debe cumplirse. Surgen normas implícitas. Luego, normas explícitas representadas en la ley. Las ciudades-repúblicas y las repúblicas con ciudades, le exigen al ciudadano el cumplimiento de la ley, acción que puede darse por temor o por conviccion. Esto último y, en general, la idea de la necesidad de un comportamiento correcto, conducen al surgimiento de una moral basada en la conciencia autónoma y de respeto al otro. Aparece, entonces, la ética de los imperativos categóricos basada en dicha moral.
Es una nueva moral con sentido intrascendente, es decir, intrahistórico. Procura la realización del hombre en este mundo.
O sea:
En el primer caso hay unas normas morales que son , a la vez, ley. Una ley entregada por Dios. Es decir, la moral será, al mismo tiempo, ética y ley(8). Pero, ¡ojo!; ley divina antes que ley humana.
En el segundo caso la moral será, ante todo, la conciencia de valores humanos deducidos de una idea de razón universal que surge en Europa y, aunque parezca redundante decirlo, con una perspectiva europea. Esos valores tienen que ver con lo correcto y lo incorrecto de nuestras acciones, con relación a los otros.
En este caso, la moral genera una ética que es, por definición, social. La ética tiene que ver con lo que debemos hacer ( o no hacer), por ser seres humanos.
Y nos queda, y ya la hemos referido, más allá de este este campo, pero como telón de fondo sobredeterminante, la ley: lo que tenemos que hacer. Y lo que podemos hacer, no en un sentido moral sino en el marco de una normatividad positiva.
Dejémoslo claro: mientras la ética es un marco amplio de comportamiento moral como seres humanos, la ley es un marco mínimo de comportamiento obligatorio, como ciudadanos.
Dicho en palabras más crudas: mientras la ley regula nuestros instintos, la ética nos permite ser decentes, es decir, ir más allá de ellos.
La conducta ética es opción de la conciencia; la ley, legitimada por la “Voluntad General,” obliga y sanciona. Así a esa obligación, Rousseau la llame libertad.(9).
Por lo anterior, y como ya lo he sostenido en otro texto, la ética puede abarcar el cumplimento de la ley, pero va más allá de la ley. Esa es la razón por la cual hay acciones que son legales, pero éticamente incorrectas. Y, por eso, en el campo de la ética no se puede ser pragmático; hay que ser teleológico.
El pragmatismo tiene que ver con lo coyuntural-ganancioso; con salir triunfante del juego dejando de lado principios referenciales y, por lo tanto, sin importar los medios. Eso sin contar con que los mismos medios suelen convertirse en fines. Es el juego político por excelencia en el mundo postmoderno.
Del juego económico, no hablemos. Casi el mundo entero gime hoy con las consecuencias de su lenguaje. Bien podríamos decir que ha gemido siempre por él…
He citado el juego político porque, tanto en el pensamiento cristiano como en el pensamiento moderno, en general, lo político tuvo su razón de ser en lo colectivo. Como lo había tenido en sus orígenes. Por eso allí se consideraba que lo político tenía que ser ético.
Planteado en otra forma, a riesgo de ser reiterativo: la ética nos permite ser decentes y expresarnos como humanos frente a la instintividad controlada por la ley. Es algo tan sencillo como ser honestos, lo que implica no hacer trampas ni explotar a nuestros semejantes.
Es la diferencia entre el impulso primario que conduce a luchar por quedarse con todos los recursos vitales, y el ser moral que siente que debe compartirlos.
La ley sostiene la sociedad; la ética funda la comunidad.
Esta es la razón por la cual, a veces, o muchas veces, se puede cumplir la ley sin ser decentes.
La ética nos genera, como he dicho, una trascendencia desde lo intrascendente. Trascendencia que, a veces y, por lo que he planteado anteriormente, no le hace mella a la ley, sobre todo
cuando ésta se usa para defender groseros intereses particulares, respaldados
por individuos poderosos, o por lobbies o grupos de presión antidemocráticos. Cuando ello ocurre, se anuncia la ruina del Estado como espacio de concertación del bien colectivo.
El mismo Juan Jacobo Rousseau lo escribió, con una clarividencia abrumadora:
“Finalmente, cuando el Estado, cerca de su ruina, ya no susbsiste más que en una forma ilusoria y vana, cuando se ha roto en todos los corazones el vínculo social; cuando el más vil interés toma descaradamente el sagrado nombre de bien público, entonces la voluntad general enmudece, todos, guiados por motivos secretos, dejan absolutamente de opinar como ciudadanos, como si el Estado no hubiera existido jamás, y se hacen pasar falsamente con el nombre de leyes, decretos inicuos que no tienen más finalidad que el interés particular” [el subrayado es mío] (10).
En este contexto, la conciencia moral se rebela y le exige a la ética una clara posición política, no sólo una posición de resistencia, sino de denuncia de lo que se considera legalmente injusto. Porque lo legalmente injusto produce, siempre, un despojo ético (11).
La injusticia, expresada en las desigualdades que se consideran como diferencias, llena por todas partes nuestro mundo postmoderno. Por eso, no es raro oir hablar en él de la muerte de la ética. O definirlo por esa condición.
Esa muerte de la ética puede expresarse abiertamente o camuflarse con la ética flexible (12) que, lejos de constituirse en un modelo moral de ética, expresa el más burdo pragmatismo y el mejor camino para negar la ética, flexibilizándola coyunturalmente, o afirmándola sólo como discurso.

¿Qué debemos hacer?

Algo ya he planteado arriba, acogiéndome a la ética de orígen secular. Pero debe quedar claro que no puede tomarse como una ética universal uniforme, que no existe. No puede existir. Así la conciencia ética se exprese objetivamente en ciertos colectivos, a veces muy amplios, la conducta ética no deja de ser, en última instancia, una expresión de la conciencia moral individual que decide, autónomamente.
Es esta conciencia individual, conformada, desde luego, en lo social y con lo cultural, quien define acerca de las responsabilidades para con los otros. Es el espacio de libertad que lo convierte a uno en persona. Y que no es transferible bajo ninguna circunstancia, ni puede ser cedido bajo ningun chantaje.
Pero, ¿ por qué tendríamos que ser éticos?
No por un mandato externo, universal y absoluto, porque eso sería imposición; es decir, no sería ético. Por eso, me atrevo a pensar que los llamados códigos éticos, cuando se presentan como absolutos, dejan por fuera la posibilidad de ser puestos en cuestión por la conciencia moral.
Tampoco podríamos dejar de ser éticos por el relativismo del “todo vale”. El hombre es esa fugacidad pensante que se desgarra dialécticamente entre lo que permanece y lo que se va.
Y eso es la historia. Y la historia legitima. Históricamente, por supuesto…
Vayamos al pasado, por un momento:
Acusados los sofistas, en la Grecia Clásica, por Platón, de no dejar nada en pie con su relativismo, Protágoras contestó que no era cierto que así fuese. Que algo quedaba en pie: las conquistas de la polis; lo que ésta iba logrando en su transcurrir en el tiempo. Y ello eran unos valores humanos con los cuales el hombre juzgaba todas las cosas. No absolutos sino históricos. Permanentes y cambiantes como el hombre mismo. Pero válidos en su momento…
Ahora, situémonos en nuestro mundo:
Hablar hoy de ética, es hablar de derechos humanos. Aunque, ni siquiera hay un acuerdo sobre ellos, en sus enunciados(13). En todo caso, por más que sirva de referencia, no se trata de hablar de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que con su filosofía de igualdad dieron orígen al más desigual de los mundos. No. Hay que hablar de los derechos concretos de los hombres concretos. No sólo de derechos “ jurídicos”
(¡ qué redundancia!), sino de derechos reales: a la vivienda, a la salud, a la educación, a la seguridad, a decidir sobre su cuerpo, a tener un planeta vivible. En fin, y también, el derecho a tener una esperanza y, ¿ por qué no?, a esbozar una sonrisa.
Todo eso sintetiza, de alguna manera, el derecho fundamental a la vida.
Y son esos derechos los que generan los deberes morales. Es el juego dialéctico de la ética.
Es decir, a partir de estas necesidades-derechos-concretos, y tomando como referencia de sentido alguna parte de la herencia axiológica que nos ha dejado la concepción moderna del mundo, debemos aterrizar en nuestro trabajo concreto.
Si bien, la ética es reflexión y es práctica; a veces, el tiempo que gastamos debatiendo sobre abstractas teorías y legitimidades éticas, es tan largo que no nos deja espacio para ser éticos. Desarrollamos nuestra vida en medio de una ética teórica. Ya no contemplando “lo Divino”, como corresponde a su etimología, o modelos estéticos de vida real, sino como simple ejercicio académico.
Pero, la ética, como bien lo expresa Saramago, “ejerciéndose como lo dice el sentido común, sobre lo concreto social, deberá ser la menos abstracta de todas las cosas y, aunque variable según el tiempo y el lugar[ el subrayado es mío], siempre estará ahí, como una presencia callada y rigurosa que, con su mirada fija, nos pide cuentas todos los dias” (14).
Y nos pide cuentas, no tanto sobre la vivencia (un concepto muy vago), cuanto sobre la CON-VIVENCIA… Aquí, en este espacio, es donde se desarrolla la ética práctica que no es practicismo, sin más, sino praxis, porque, como hemos visto antes, se sustenta en unos referentes de sentido.
Y esos referentes de sentido tienen que ver con que hemos descubierto y construido, al mismo tiempo, una ID-ENTIDAD humana que nos condiciona moralmente. Y nada más, si asumimos esto dentro de una concepción secular-humanizante ( que no humanista) de la historia. Pienso que tratar de ir más allá es hilar muy delgado, con el riesgo de acabar en el escepticismo.
Al tratar de estas cosas, no puede desconocerse que una herencia de las grandes concepciones del mundo, ya sean religiosas o seculares, por lo menos en Occidente, es su mesianismo redentorista que quiere llevarnos a querer construir, de una vez por todas, al hombre perfecto, en la sociedad perfecta, sin importar las vidas que tengan que pagar el precio para logralo. Pero esto nos conduce a tratar de lograr los fines, casi siempre hermosos, sin importar los medios, cada vez más vergonzosos y aberrantes(15). Aquí es cuando muere la ética, o la posibilidad de que exista.
En cuanto a la ética en el trabajo magisterial: por lo antes dicho, yo creo que debe desprenderse del trabajo mismo. Éste, junto con los referentes de sentido de que ya he hablado, es nuestra polis. Es fundamentalmente ético ese trabajo de e-ducador, oficio que hace posible ayudar a que los seres humanos, en este caso los estudiantes, a quienes el maestro está formando como ciudadanos ( como “políticos”, en el original y más noble sentido de la palabra), asuman su vida históricamente y puedan ir de la condición en que se encuentran, a otra mejor.
Y, ello debe hacerse, respetando la libertad del estudiante para pensar y para expresarse con las opciones éticas que considere más adecuadas. Esta actitud del maestro es una condición “sine qua non”, para desarrollar un trabajo ético.
Duro trabajo, por cierto, ya que exige analizar seriamente las profundas desiguldades sociales existentes y los juegos políticos y politiqueros; más politiqueros que políticos, que inundan el mundo y que intentan darles respuesta. Respuesta que, con malabarismos de lenguaje y ¡ cuidado!, invocando la ética, los mismos que han provocado el desastre, quieren hacernos creer, con sonrisa incluída, para impacto mediático, que el mundo ha cambiado y que, ahora sí será mejor.
Ésta es , a mi juicio, la ética práctica o ética vivida. Ética que puede contribuir a lograr, si no el mundo ilusorio de la igualdad perfecta, sí un mundo en el que, con la idea de ser humanos, nos atrevamos, por fin, a ser humanos.

Comenzando por salvar el planeta de su degradación cada vez más irreversible.

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(1) No estoy refiriéndome aquí a filósofos postmodernos en particular, que nunca sostendrían esto. Me refiero al espiritu de esta época.
(2) Véase el discurso del presidente de Costa Rica, Oscar Arias, en la Cumbre de las Américas, 26 de abril de 2009, en Trinidad y Tobago.
(3) Sotelo, Ignacio, “Estado Moderno”, en Filosofía Política II. Teoria del Estado, Edición de Elías Díaz y Alfonso Ruiz Miguel, Barcelona, Editorial Trotta, 1996,p. 26
(4) Heródoto, Los Nueve Libros de la Historia, México, Porrúa,1971, p.1
(5) San Agustín, La Ciudad de Dios, Mexico, Porrúa,1970, pp. 275-276 y 603. Y José Ferrater Mora, Cuatro Visiones de la Historia Universal, Buenos Aires, Sudamericana,1963,p.33
(6 )La Biblia, Bogotá, Ediciones Paulinas,1977, p.1317
(7) Hans Freyer, Historia Universal de Europa, Traducción de de Antonio Tovar, Madrid, Guadarrama, 1958
(8) Los términos ética y moral se usan indistintamente.
(9) Rousseau, Juan Jacobo, El Contrato Social, Madrid, Aguilar,1970, p.21
(10) Ibidem, p. 110
(11) Este concepto podemos desarrollarlo en otra oportunidad.
(12) Mora Forero, Jorge, “La Ética Flexible”, www.razonpublica.org.co……….
(13) Véanse: Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948.- Declaración Islámica Universal de los Derechos Humanos de 1990
(14) Saramago, José, El Nombre y la Cosa, México, FCE, 2006, p.55
(15) Esto lo hacen desde el dictador mesiánico, hasta el opositor más recalcitrante.

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EL OFICIO DE EDUCAR

( Este documento fue enviado, en su momento, con el título de : “CARTA A MIS ESTUDIANTES Y EX- ESTUDIANTES DE CIENCIAS SOCIALES DE LA UNIVERSIDAD PEDAGÓGICA NACIONAL)

Estimados Estudiantes y Ex-estudiantes (Ellos y Ellas):

Reciban ustedes un afectuoso saludo. Y aunque la fórmula pueda parecer protocolaria, ni ella ni el sentido lo son.
Por primera vez, en treinta y cinco años, no me presenté al aula de clase a iniciar semestre. ¡En treinta y cinco años!
Deben ustedes comprender que en la base de esta ausencia, hay dos motivos: el primero, de salud, porque el tiempo hace mella en todos los organismos vivos, y el mío no podía ser la excepción. Esa es una de las razones por las cuales se demoró esta Carta que debió llegar a ustedes, el 4 del presente.
Y el segundo motivo: la necesidad del relevo generacional que permite abrirles la puerta a mentes jóvenes y bien estructuradas para analizar y entender el crucial momento histórico, o ¨sin-histórico¨, que estamos viviendo.
Por lo anterior, aunque añoro mi trabajo, trato de comprender mi situación. No es esta una nueva etapa de mi vida porque, a mi edad, la vida ya no se cuenta por etapas. Simplemente, la vida ya no se cuenta, y eso tiene que ser así. Conocer lo inevitable, era una de las reglas de sabiduría de los estoicos. YA FUI. Y punto. Lo que se hizo, se hizo. Y lo que quedó, a veces algo, a veces nada; quedó como algo, o quedó como nada…
Porque cuando uno es maestro, no sabe lo que se llevan sus estudiantes.
Pueden llevarse una respuesta, lo que no es muy satisfactorio. Pueden marcharse con las manos vacías, lo que es muy triste. O pueden irse con una pregunta, lo que es muy halagador. Pues no hay mayor halago para un maestro, que el que un estudiante le diga: “me dejó pensando…”
Pensar, sí; es el comienzo del cuestionar; del preguntar-se. Es el comienzo del llegar a ser. Es la posibilidad de dotar a la existencia con un sentido. Y eso es comenzar a SER.
Así que si utilizamos los viejos términos de la filosofía, PENSAR, no solamente tiene un valor gnoseológico sino ontológico-existencial.
El pensar es el comienzo del cuestionar y del cuestionar-se; es decir, es poner en duda el mundo, y la conciencia misma que lo capta. ¡Tamaño atrevimiento! Pero es, ha sido, el camino para llegar a SER. El hombre comenzó a ser tal cuando comenzó a preguntar. Pero su ser no es algo inamovible, una estructura eterna. En algún lado escribí que el hombre es el ser que es el no-ser, por excelencia.
Y al hablar de estas cosas, estamos hablando del trabajo del maestro: sujeto éste, creador, como ninguno, del espacio para la pregunta.
Maestro. Del latín MAGIS-TER. Lo vimos en clase, y no debemos olvidarlo: significa tres-veces-más. Tres veces más que el estudiante (que no del alumno).
Tres veces más: en el manejo del conocimiento; en su traducción y puesta en cuestión, lo que específicamente se denomina enseñanza y, finalmente, en la creación de RELACIONES HUMANAS, el aspecto propiamente pedagógico y, a mi juicio, fundamento de la educación, si entendemos por tal el proceso que permite conducir a los individuos de una situación determinada, a otra mejor.
Debo aclararles, y muchos de ustedes me lo oyeron en las aulas de clase y fuera de ellas, que prefiero usar la palabra estudiante que quiere decir, el que trabaja con ahínco, el que busca, el que investiga; en síntesis, el que se forma, a la palabra alumno, del latín ALUMNUS, el alimentado. Es el participio pasado del verbo ALERE, alimentar, nutrir. O sea, y en nuestros términos, el alumno es el que tiene que tragar entero.
Como ven ustedes, las palabras alumno y estudiante, encierran dos modelos pedagógicos distintos, con sus correspondientes modelos didácticos: la primera implica un modelo para tragar pensamiento. Eso lo expresó muy bien mi maestro Paulo Freire en su concepto de educación bancaria.
La segunda palabra implica un modelo de producción de pensamiento, de formación de una conciencia autónoma, base de toda auténtica praxis política…
Pero volvamos al maestro; al tres-veces-más, continuando con el hilo del discurso, si es que este discurso tiene algún hilo.

En el manejo del conocimiento.
Allí, seguramente aprenderemos, que aquello que conocemos, y la forma como lo conocemos, está directamente condicionado por nuestra experiencia plural, o sea, como espacios y como tiempos distintos, que van creando y significando aquellas obras y símbolos que le dan sentido a la vida y que llamamos cultura.
Es decir, las vidas múltiples se transforman en prácticas sociales heterogéneas, y éstas, en ideas diferentes y en verdades diversas. A eso, con algún sentido teleológico, es a lo que llamamos historia.
La verdad, en singular y, por lo tanto, en exclusiva, debe convertirse, más en un referente imaginario de sentido, que en una esencia. Cuando esto último ocurre, el espacio del pensamiento, de la pregunta, queda aplastado y “ la verdad” se impone en una forma totalitaria, expresándose en los Gulags, en los hornos crematorios o en las mismas patrias “discursivas” donde las mayorías, despojadas o privadas de sus medios de subsistencia, sufren la exclusión, en todos los sentidos. Se impone, en este contexto, el autodenominado pensamiento políticamente correcto: pensar, es pensar con el poderoso. Es decir, renunciar a pensar.
Pero, cuando el maestro renuncia a pensar y a ser el creador del espacio para la pregunta, renuncia a su MAGIS-TERIO y se convierte en un MINUS-TER (tres veces menos), en un sirviente de los intereses minoritarios establecidos.
El maestro renuncia, entonces, a su condición de intelectual: la misma que le permite leer bien adentro, en lo profundo, eso que llamamos la realidad. Y como lo profundo no tiene fondo porque, como en el caso de la vida social, se va construyendo y deconstruyendo siempre con las nuevas acciones humanas, el intelectual, en este caso el maestro, siempre estará haciendo y promoviendo nuevas lecturas del mundo.
Y de los esquemas que van surgiendo para explicarlo e imponerlo.
Porque un esquema no es más que una racionalidad que surge en un momento dado, para interpretar la mentada realidad y hacerla leer, desde unos intereses.
Y es papel del maestro, si no renuncia a su condición de intelectual, leer y contribuir a que se hagan las lecturas de esa lecturas y de esas imposiciones que se transmiten, a veces “muy democráticamente” (“dejemos que el alumno se exprese para corregirlo”, es decir, co-regirlo), a través del proceso educativo.
Porque la educación no puede ser solamente la afirmación de un modo de vida, sino también, la crítica del mismo.
Como profesores de Ciencias Sociales, no podemos olvidar que las instituciones son históricas y anti-históricas, a la vez. Históricas, porque afirman las relaciones sociales, consensuadas a las buenas o a las malas. Y anti-históricas, porque tienden a petrificar la sociedad y a impedir su transformación, de acuerdo con las siempre renovadas necesidades sociales.
Siendo fieles a lo anterior, el foco de nuestro análisis debe ser la relación dialéctica entre necesidades e instituciones; allí donde se satisfacen las necesidades, o se produce el conflicto social; mirando, siempre, por lo anterior, que la institución no es, no puede ser, un fin en sí misma, sino un instrumento de realización humana; realización que debe ser visualizada desde algún tipo de ideología, entendida aquí, como un deber-ser solidario; metaegoista.
Esto último será el fundamento de nuestra ética, es decir, de esa conducta y de esa manera de ver el mundo, en que el OTRO ocupa un espacio, por lo menos tan importante como el nuestro.
Concluyendo, sobre este tema del manejo del conocimiento:
No hay una visión científica del mundo; hay una manera científica de ver el mundo, y eso puede producir distintas representaciones que, a su vez, generan distintos esquemas, expresados en sus correspondientes marcos teóricos. No sobra decir que, fuera de la ciencia, hay otras maneras de aprehender el mundo como son: la filosofía, el arte y la religión. Cada una eficaz, de acuerdo con los momentos históricos y las circunstancias de la vida social e individual . Pero, afirmar lo anterior, no significa desconocer, la aparición y el papel de la ciencia en el mundo moderno, como uno de los grandes logros humanos.
Todos los marcos teóricos de la ciencia deben ser puestos en cuestión. Explicados y comprendidos desde su momento histórico y tratando de descubrir su talón de Aquiles, siempre presente por las contradicciones sociales.
Todo esquema es, pues, un “ mientras tanto”, un intento de respuesta, en un momento dado. Ya lo habían expresado con su sabiduría los romanos: “Veritas filia temporis”, “La Verdad es hija de su tiempo”.

En cuanto a traducir y poner el conocimiento en cuestión.
Es lo que tradicional y muy conservadoramente, se llama enseñanza. Si nos atenemos a la etimología de esta palabra, el proceso de enseñar consistiría, en dar un contenido con una ruta trazada. En marcar con una orientación, la cabeza del alumno. Por eso se le llama alumno. Y, si bien es lo que hace toda institucionalidad, es papel del maestro dar ese contenido con una visión crítica.
Cuando hablo de una visión crítica, no quiero decir que el maestro niegue todo el pasado, o lo existente, sin más. Sería un absurdo. Nuestra vida es hija de ese pasado y de ese existente, también.
Simplemente, se trata de que miremos el origen de ese pasado y de ese existente en el cual nos movemos, como construcciones humanas que responden a necesidades muy concretas de los diferentes y conflictivos grupos sociales. Y que por ello, por ser históricos, no pueden ser eternos. No olvidemos que lo histórico es lo transitorio: EL HOMBRE, es una invención del hombre…
Bueno, esta es la parte crítica y su fundamento. Pero como nada se construye sobre la nada, estaremos obligados a de-construir y a re-construir, y esto implica, poniéndole dialéctica, una síntesis. Incluso el concepto de revolución, se construyó de esa manera. Lo que ocurrió fue que, al ser llevado al papel de negador absoluto de la historia, atribuyéndosele la realización plena de ella, nos puso frente a los autoritarismos “democráticos”, o a los totalitarismos fascista y comunista,(el “socialismo real”).
Pienso que es necesario tener claro lo anterior para poder abrir el espacio para la pregunta, que de eso se trata la puesta en cuestión del conocimiento o enseñanza crítica, como podríamos llamarla, aceptando el uso que se le ha dado a este concepto, e ignorando la etimología de la palabra de la que hablé anteriormente.
La enseñanza crítica deben asumirla el maestro y sus estudiantes, teniendo en cuenta que estos últimos son los sujetos fundamentales del proceso educativo.
“El estudiante es primero”, debe ser un lema que no debemos olvidar jamás. Y ello implica aceptar sus críticas, mismas que nos recuerdan que somos humanos, cosa que, con harta frecuencia, nos hace falta a los maestros.
Lo primero que debemos plantearnos frente a una crítica del estudiante, es la pregunta: ¿qué tal que tenga razón?
Pero, volviendo atrás, afirmar que “ El estudiante es primero”, no significa que los estudiantes hagan todo, o casi todo, el trabajo y que el maestro se convierta en un mero coordinador de encuentros.
Abrir el espacio para la pregunta, significa que el maestro aporte todos sus conocimientos y su experiencia, con su mejor metodología, para que los estudiantes puedan construir pensamiento argumentado. Y ello incluye las clases magistrales. A veces detestadas y calumniadas, justamente porque no son MAGIS-TRALES.
La construcción del pensamiento argumentado, evita que los estudiantes repitan de memoria el discurso del maestro, de los textos, o de una cantidad de autores que salen a relucir a cada rato, con su herencia de frases o párrafos que, muchas veces, no se recitan por necesidad epistemológica o por comprobación fáctica, sino por moda o por petulancia académica.
El pensamiento argumentado resulta de un esfuerzo interno que hace el estudiante para desarrollar instrumentos que le permitan aprehender, entender, explicar el mundo y operar sobre él, teniendo siempre en cuenta que forma parte de ese mismo mundo, ob-jeto de su conocimiento. No es nada fácil; pero nada de lo humano es fácil.
En ese proceso de traducción y puesta en cuestión del conocimiento, el maestro debe tener en cuenta que cada estudiante es un universo con un alfabeto particular, con el cual lee el conocimiento traducido: el alfabeto de su experiencia. No hay dos experiencias iguales y, por lo tanto, no hay dos alfabetos iguales.
Si pretendemos que nuestros estudiantes, así, de entrada, lean universalmente el conocimiento que exponemos, seremos “profes”, pero jamás seremos maestros. Por eso, la crítica y la autocrítica permanentes, deben ser estrategias fundamentales, en nuestro trabajo.
El hecho de que cada estudiante tenga su propio alfabeto, no significa que el mundo no pueda ser leído colectivamente. A eso apunta, justamente, nuestro trabajo pedagógico, con finalidades políticas: a que nos pongamos de acuerdo en un alfabeto básico con el que podamos pensar, expresar y construir una realidad en la cual podamos convivir…
Es necesario dejar en claro, de todas maneras, que “El Estudiante es primero”, no significa tampoco y, en modo alguno, que el estudiante haga, sin más, su voluntad. El respeto hacia él y la confianza que se le otorga, le implican, por su parte, involucrarse, con toda la responsabilidad del caso, en el logro de los objetivos del proyecto; en asumirlos como propios, de tal manera que la exigencia y la excelencia no sean algo buscado sólo por el maestro sino, básicamente, por los estudiantes. Exigencia y excelencia que deben ser constatadas de acuerdo con la más completa y compleja evaluación de todos los actores y factores del proceso educativo.
Para concluir esta parte, podremos preguntarnos qué es lo importante para nosotros, ¿que el estudiante pase la materia?,¿ que obtenga una nota muy buena?, o ¿que sea capaz de pensar?
Ah, ¡y que no se nos ocurra enseñarles a pensar a nuestros estudiantes!
Ningún ser humano enseña a pensar a otro. Sería como enseñarles a amar.
Pensar es un trabajo que debe desarrollar cada estudiante y, en general, cada persona. Y que no es delegable, como nuestras representaciones políticas que nos arrebatan el ejercicio de la ciudadanía.
Si los enseñamos a pensar, esquematizaremos sus mentes, con una racionalidad pre-concebida e inamovible. O sea, no sería educar, sino domesticar…

La tercera dimensión: la de LAS RELACIONES HUMANAS.
Sabemos que hace referencia al campo propiamente pedagógico. Según los griegos, formación en mente y cuerpo. Los romanos harían referencia a esto cuando decían : “Mens sana in corpore sano”.
Pero es Cicerón, lo he dicho más de una vez, quien, en alguna parte, nos dice que el término griego PAIDEIA, fue traducido al latín como HUMANITAS y cuyo significado, atribuido por el mismo Cicerón, fue el de decencia humana.
! Qué hermoso!
Yo creo que esta idea de decencia humana, responde a la pregunta fundamental de la educación, ¿para qué educar?…Y no me cabe duda que la respuesta sería: para formar seres humanos decentes.
Para formar ciudadanos que reciben críticamente una cultura para poder ejercer ciudadanía, siendo, también, propositivos.
Es lo que lleva a la educación más allá de la simple transmisión de un conocimiento. Más allá de la misma ilustración, si se quiere. De eso, a mi juicio, trata, justamente, el trabajo de un maestro.
Para que ello sea posible, el maestro debe tener una formación histórica, social y antropológica.
Y una visión ética del vivir humano que debe ser fundamento de la existencia.
Formar ciudadanos, es formar gentes capaces de convivir con las diferentes visiones del mundo, no en medio de las atroces desigualdades sociales que está creando el capitalismo globalizador y cuyo fundamento teorico-filosófico, el neoliberalismo, está en entredicho por el desastre económico, social y ecológico, que se está produciendo en el mundo, sino en una vivencia distinta.
Las diferencias culturales, étnicas, de género, etc.; no pueden defenderse como valores para legitimar la desigualdad social.
La decencia humana no puede consistir solamente en el respeto a las ideas diferentes, a los diferentes colores de la piel, a las diferentes manifestaciones de la vida sexual; debe consistir, también, y sobre todo, en la exigencia del derecho de todos los seres humanos, a la satisfacción de las necesidades básicas de acuerdo con los estándares de vida social respectivos. Y en la satisfacción real de esas necesidades.
Ah, y debe consistir también, la decencia humana, como lo esbozamos arriba, en el respeto a la conservación del hogar humano: nos referimos a que la Madre Tierra está siendo violada y destruida, sin contemplación alguna, por los más grotescos intereses que ha creado la sociedad consumista y que se expresan en la desechabilidad.
El hombre y el mundo se han convertido en desechables, en una carrera de locura fundamentada en la lógica de la ganancia, sin restricción de ninguna especie.
Para terminar: en el aula de clase, ser decente, como maestro, implica leer las necesidades de nuestros estudiantes y respetarlos en un doble sentido: escucharlos y no hacerles perder el tiempo.
Escucharlos porque son sujetos, dignos de respeto y, porque son mundos experienciales capaces de aportar muchas cosas.
Y, no hacerles perder el tiempo, porque un hora de clase perdida, significa la pérdida de muchas horas de vida para los estudiantes. Y…el tiempo no regresa…

Como ven, mis estimados estudiantes, la incoherencia ha salido a relucir en este escrito.
Al principio les dije que ya me había retirado, que estaba fuera; pero el mismo hecho de escribir, para ustedes, estas elementales y desordenadas líneas, refleja, tal vez, el deseo de continuar con el oficio. Puede ocurrir que a quienes hemos trajinado en este oficio del magisterio, nos persiga el delirio socrático de buscar el Bien.
Pero, ¿qué es el Bien?
De lo único que podemos estar seguros, es que no nos basta una vida para tener la respuesta.
¿Que hay que soñar? Claro; los sueños nos hacen soportable la vida. Maestro que no tenga ilusiones, no puede llamarse maestro. A veces tenemos que soñar cada mañana y, es más, antes de cada hora de clase. Pero, ¡ojo!; hay que soñar con base en el principio de realidad. Las utopías deben decantarse en un trabajo político que nos muestre lo posible.
Con un gran atrevimiento y exponiéndome a ser académicamente excomulgado, pienso que PEDIR LO IMPOSIBLE, era un eslogan lógico de los jóvenes europeos del 68, del siglo pasado.
Pedían lo imposible porque lo tenían todo. O casi todo. Y terminaron acomodándose bien en este orden-desorden neoliberal. No cabe duda: la historia es la sepulturera de los mejores sueños. Pero también es cierto que allí, los sueños resucitan. A veces, con una energía que sorprende.
PROHIBIDO PROHIBIR, por su parte, venía de la mano de su alternativa tácita: PERMITIDO CONSUMIR.
Pero ¿qué tipo de consumo? Un consumo social y ecológicamente irracional. Excluyente y destructivo, que es lo que vendría con la omnipresente y mítica globalización. Homo consummator, pareciera ser la nueva definición-esencia del animal humano…
“Pedir lo imposible”, “prohibido prohibir”, fueron sólo palabras. Como lo habían sido antes “libertad”, “igualdad” y “fraternidad”, cuando la Revolución de la Guillotina; o, la misma “ libertad” y sus anexas, explícitas o implícitas, de “justicia social”,liberación”, “desalienación”, cuando la Revolución de la Hoz y el Martillo.
Palabras, sólo palabras porque hoy no dicen nada, no señalan nada; no contienen la vida…Burlaron los sueños mesiánicos de las mayorías y echaron al piso la idea de un sentido apriorístico de la Historia, concebido como lineal y ascendente.
Pero, debemos ser conscientes de que en nuestro medio subdesarrollado, pedir sólo lo posible, es ya algo subversivo. Tal vez las mayorías, por sus condiciones, se conformarían con un pedacito de ese posible.
Ustedes, creo yo, tienen que luchar por un posible humano, definido por ustedes mismos, de acuerdo con las circunstancias en que viven; razonable y conflictivo, pero incluyente, y que, para ser tal, excluya la sociedad salvaje en que vivimos, pero que excluya, también, la sociedad perfecta que implica, además, una contradicción en los términos. Un posible humano, donde nosotros y los otros podamos convivir. No tolerándonos, sino comprendiéndonos y respetándonos.
Creo que esa puede ser la base de una educación digna para un momento de vacío, como este.
No olvidemos, además, y es necesario recordarlo aquí, que las utopías absolutas han generado los totalitarismos degradantes que han plagado de cadáveres la historia…

Con todo mi respeto, mi cariño, mi gratitud,
y con el sentimiento de llevarlos siempre en
mi memoria.

Weston, Fl, 29 de agosto de 2008

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TE MATARON, FACUNDO… TE MATAMOS

Te quitaron la voz,
nuestra voz;
enmudeció el cantor.
Enmudeció la vida
el gatillo;
el ruido del gatillo
se volvió canción.
¡Canción maldita!
en Guatemala.
¿Sólo en Guatemala?
Acaso, ¿no en Los Ángeles
o Nueva York?
¿o en San Francisco
y en Chicago…
o en Miami?

¿O en Madrid
y en Londres,
o en Bruselas
y en París?
¿O en Bogotá y Santiago,
o en Tokio
y en Beijing?
O, en Sao Paulo
y en Buenos Aires
mismo?

¿Acaso no en las venas
que se inyectan,
o en las narices
que se chupan
el maldito polvo
de la muerte?
¿O en los indiferentes
que callamos
la barbarie?

Blanco es también
el gatillo…
y verde como el oro
que nutre el orden social
que denunciaste.

Tu voz,
nuestra voz,
el silencio…

Caíste en Guatemala,
Facundo;
te matamos
en el mundo
los muertos vivientes.

¡Paz en nuestra
tumba!

Weston, Fl. julio del 2011

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QUEMANDO CORANES: LAS HOGUERAS DE LA ESTUPIDEZ

Estaban, prácticamente, ebrios de triunfalismo. Buena parte de las masas alemanas gritaban detrás de él, o se enardecían con su presencia.
Aquel austríaco que había peleado en la Primera Guerra Mundial, y cuyas supuestas hazañas están siendo hoy desmitificadas por haber sido una construcción del Partido Nazi, había logrado movilizar a los desempleados, y descontentos en general, con las promesas de reparar las ofensas y humillaciones generadas por el Tratado de Versalles que dio fin a la guerra, sobre el papel, porque, en la realidad, no era más que un descanso para reiniciar la carnicería en 1939.
El cabo Hitler, convertido en Führer de un partido de fanáticos y de una sociedad traumatizada, les prometía a los alemanes, fundar un Reich que debía durar 1000 años.
Corre el año de 1933 y el ahora Canciller Adolf Hitler ha nombrado a Joseph Goebbels, personaje con elevado grado de cultura, Ministro del Reich para Ilustración del Pueblo y de la Propaganda. Fue establecida la más estricta censura y la prohibición de una serie de libros. Las bibliotecas de los Partidos Comunistas y de la Universidad de Colonia, fueron incendiadas.
Para sorpresa de muchos, aunque no de los conocedores de la condición humana, ese importante filósofo que fue Martín Heidegger, Rector de la Universidad de Friburgo y miembro del Partido Nazi, participó en la quema de libros que hubo allí, dentro de los desórdenes ocurridos el 8 de mayo (1).
Nos encontramos ahora, en la Biblioteca W. von Humboldt donde miembros de la Asociación de Estudiantes Alemanes, han recogido las obras prohibidas y las han juntado con las de otros institutos y con las de judíos capturados. Y las han llevado a Operplantz donde han encendido la hoguera. Goebbels se dirigió a su público y, después de hablar de la búsqueda de la verdadera esencia del ser alemán, dijo, entre otras cosas: “Las revoluciones que son genuinas no se paran en nada. Ninguna área debe permanecer intocable […].
Por tanto, ustedes están haciendo lo correcto cuando ustedes, a esta hora de media noche, entregan a las llamas el espíritu diabólico del pasado […].
El anterior pasado perece en las llamas; los nuevos tiempos renacen de esas llamas que se queman en nuestros corazones […] “(2).
Las llamas de Hitler, Goebbels y compañía, crecieron tanto que, sobre las miserias del pasado, prendieron la mecha de la Segunda Guerra Mundial…
Qué lejos estaba de imaginar Promoteo, el Ladrón Olímpico, que el fuego que les restituía a los hombres ( y que Zeus les había arrebatado por tramposos) con el precio de su tortura diaria en el Cáucaso, no lo utilizarían solamente para usos domésticos, sino también para achicharrar seres humanos y para pulverizar libros, a veces, en nombre del amor.
La civilización habría de ser, casi siempre, una continua hoguera…
Unos dicen que está loco; él dice que cree que no lo está (3). Yo le creo al pastor. De haber estado loco, hubiera quemado El Corán, sin anunciarlo tanto. Y, sin retroceder en su intento. Pero uno diría que todo estaba “fríamente calculado” en un juego dialéctico, mutuamente beneficioso: búsqueda de notoriedad por parte de un individuo y su pequeña iglesia; el show-raiting de los medios de comunicación y, la crispación de la sociedad por parte de los planificadores del miedo.
El pastor se hizo conocer por todo el planeta y se dio, también, el lujo de que personalidades de nivel mundial, le pidieran, o casi le suplicaran, que no lo hiciera. Y no lo hizo; no porque se hubiera convencido de que estaba en un error, sino porque se lo pidieron. Y quienes se lo pidieron, lo hicieron, no porque estuvieran convencidos de que era un atentado moral contra uno de los mejores valores de la racionalidad moderna como es el respeto al Otro, sino, básicamente, por las consecuencias de la fogata, jugándose en estos forcejeos, distintas éticas de la modernidad, como dice Hernando Gómez Buendía (4). O, lo que yo he llamado una ética flexible inspirada, sobre todo, en el pragmatismo.
“Idiota y peligroso”, denominó el Fiscal de Estados Unidos, Eric Holder, al proyecto del pastor.
“Vergonzoso”, la Secretaria de Estado, Hilary Clinton.
“Asestaría un duro golpe a la imagen de los Estados Unidos”, declararon en Egipto Al Ashar, una institución suní, y los Hermanos Musulmanes (¡quién lo creyera!).
Por supuesto, el presidente Obama también llamó al pastor. Pero lo que más pesó fue la intervención del general Petraeus, Comandante en Afganistán, quien advirtió que “el acto propuesto […] pondría en peligro las vidas de las tropas estadounidenses fuera del País”.
El Vaticano no se quedó atrás y denunció el plan como “indignante y grave” (5).
“Indignante y grave”, ¿ a la luz de qué? ¿De la conciencia secular moderna que nos exige una ética basada en el respeto a los demás? Es posible. Porque en el año 1537, El Corán fue destruido por instrucción del Papa (6). Y, ya antes, también, en 1500, el cardenal Jiménez de Cisneros, confesor de Isabel La Católica, había mandado quemar 5.000 ejemplares de ese libro sagrado (7).
Los medios de comunicación, por su parte, no ahorraron despliegues; “ha sido el número uno en los telediarios de cable de los Estados Unidos toda esta semana “(8). Y, ¡cómo no! Los medios de comunicación están a cada instante a la caza de noticias para subir su rating que les significa sostenerse o morir, en medio de la feroz competencia por atraer la publicidad.
Así que la noticia puede ser hoy, una bomba que deja decenas de muertos en un hotel, o un terremoto que deja miles. O un diluvio que deja 20 millones de damnificados; o un numeroso grupo de mineros atrapados dentro de las oscuras entrañas de la tierra por la desidia de sus patronos; o, tal vez, la caída de un antiguo, violento y demonizado jefe rebelde cuyo cuerpo es presentado como un trofeo, mientras se celebra su muerte, casi al estilo de las mejores épocas de la Roma circense.
O quizás los medios de comunicación muestren, descarnadamente, las víctimas descabezadas en algún país de la periferia, que produce o que envía las drogas que satisfacen la sed de mundos ilusorios de millones de consumidores, en los países desarrollados.
Las noticias-bomba de Irak y de Afganistán, por rutinarias, ya no son noticias. Entonces hay que esperar otras con ansiedad; casi que fabricarlas y, cada vez, con mayor impacto porque los “notiadictos” a la violencia y los desastres, esperan su ración cada vez más fuerte.
Y, se establece un mercado de imágenes “calientes” que van subiendo la temperatura con las entrevistas televisivas y la explicación de los expertos de siempre que, cual oráculos de sabiduría, nos dicen que lo que es susceptible de empeorar, empeorará.
Qué bueno, entonces, para ellos (los medios de comunicación), que aparezca ahora un pastor fanático (uno que no lo sea, no sería noticia) que nos diga que el Islám es el diablo y que va a quemar El Corán, con sus mentiras.
¿Lo hará? ¿No lo hará? De pronto sí. De pronto no. Desde el show, mejor que lo hiciese. Y el mundo se pone al borde de un ataque de nervios. Muchos le envían Coranes para quemar. Un impulso más: otras entrevistas. Mueren en Oriente musulmanes enardecidos que protestan amenazantes… Se pospone la quema.
El personaje ya se ha cotizado. Pero seguimos a la espera…
Los planificadores del miedo hacen su agosto. Mantienen a la sociedad crispada: con los nervios de punta, esperando el ataque de un monstruo que, cada vez, cambia de nombre. O, al que le cambian el nombre. Pero el resultado es el mismo y está ahí: necesidad de armarse, o de armar a nuestros amigos; hasta los dientes.
Compañías de seguridad, cámaras de vigilancia y muros electrificados, o de hormigón, pululan por todas partes. Máquinas que miran los intestinos; satélites que leen los pasos, las voces y, ya casi, el pensamiento, de todos y cada uno de los habitantes del planeta, forman parte del cuadro agónico.
Y, necesidad de más guardianes para guardar nuestra seguridad, sin que tengamos tiempo de preguntarnos acerca de quién podrá resguardarnos de los guardianes…
Muchos miran al personaje y creen que está loco. Eso porque no miran a la sociedad que lo produce, lo rodea y lo alimenta. Una sociedad polarizada, cada vez más agudamente, en medio de sus contradicciones sociales. El racismo ramplón, entre ellas. Que cae, también, como una peste bíblica, sobre las naciones de Europa.
Inmigrantes y gitanos; diferentes, de cualquier especie que no sea el hombre blanco “puro” (aunque sea como imaginario), o el nativo, se convierten en el chivo expiatorio de la crisis, imparable, a que ha llevado la “financiarización” especulativa de la vida, a escala planetaria.
La “teapartyzación” creciente de la política americana, está mostrándonos rostros nefastos de un pasado no muy lejano, como lo deja entrever Antonio Caño cuando nos dice: “El movimiento conservador en desarrollo en los últimos meses en Estados Unidos, alimentado por el rencor de una clase media empobrecida y por la ambición de una nueva clase política post-partidista, rompe los moldes del radicalismo tradicional y evoca el carácter racista, nacionalista y fanático del fascismo”. Y agrega Caño que este aroma de Tea Party, “siembra dudas, trae malas sensaciones, asusta” (9).
Y, a todas estas, ¿qué es El Corán?
Para la absoluta mayoría de nosotros, “un libro cerrado”, como dice Carolina Sanín. Un libro sobre cuya quema se discute pero, superficialmente, dado que, en buena parte de los casos, los periodistas que hablan de él, no saben de qué trata (10).
“Nosotros te relatamos la más hermosa de la historias al revelarte este Corán, si bien antes de él eras de los desatentos” ( XII, 3).
Y el Profeta que puso atento su corazón, lo recibió y lo transmitió. Quienes creyeron en él, se llamaron muslines, o sea, musulmanes. Esa lectura recitada (qur’ân), con una tonalidad muy especial, es su libro. Es decir, “El Libro” sagrado; la referencia vital, de 1.300 millones de personas que profesan el Islam (11), palabra derivada de la raíz árabe s-l-m que transmite la noción de entrega y de paz (12), en el sentido de “sumisión a Dios”, pero no una sumisión ciega, sino con base en la fe, determinada por la justicia divina. Pertenece a la misma raíz morfológica de la palabra salam que quiere decir “Paz” (13).
El Islam es una de las religiones del Libro (sagrado), como pasa con el judaísmo y el cristianismo. Así que “Para sus adeptos, El Corán es el Libro” (13). Pero, no cualquier libro, sino un libro dictado directamente por Alá, de Al-Lah, palabra árabe que debe ser traducida por “Dios”, no como el dios del Islam (14). Por esto mismo, no es un libro de inspiración sino de revelación divina. “Para el musulmán, el Corán es el libro constituido total y exclusivamente por la revelación hecha al profeta Mahoma [Muhammad], y cuya integridad representa” (15). Por eso, como dice Sanín, con toda razón, refiriéndose a un aspecto de suma importancia, es un error llamar “mahometanos” a los seguidores del Islam ya que éste es “una religión monoteísta que rechaza la idea de identificar a un hombre con Dios” (16).
El Corán fue transcrito, originalmente, en lengua árabe y, por eso, los musulmanes creen que sólo en esa lengua se puede percibir la majestuosidad de Dios (17).
Las revelaciones eran transcritas, bajo la supervisión del Profeta, por jóvenes alfabetizados que usaban pergamino o cuero, “pero muy a menudo materias menos apropiadas: omóplatos de camello, hojas de palmera, piedras planas, etc.” (18).
Al morir el Profeta (632), sus discípulos trataron de organizar sus escritos. El primer califa (“sucesor”), Abu Bakr (632-634), hizo constituir un primer manuscrito “Testigo”. El tercer califa Utmân (644-656), hizo establecer la versión “oficial”: el libro de referencia. Se elaboraron seis copias que fueron enviadas a las provincias (19).
El Corán está compuesto por 114 suras o azoras (“capítulos”) y un número de aleyas (“versículos”) que varían, según la manera de detallarlos (20).
Mientras la Biblia fue impresa, por miles, con la aparición de la imprenta en el siglo XV, en el caso de El Corán se presentó un problema: los ulemas o especialistas religiosos, decían que sería un sacrilegio hacerlo. Que debía copiarse a mano. Es más: el sultán otomano (“sultanato” entre los turcos, “califato”, entre los árabes) de Constantinopla, publicó un decreto por medio del cual condenaba a muerte al musulmán que intentase aprender las técnicas de impresión (21).
El Corán fue traducido al latín por el monje Roberto de Ketton en 1143. De ahí fue traducido al italiano por Andrea Arrivabene en 1547. Juan de Segovia (1400-1458) publicó una versión trilingüe en latín, castellano y árabe. Por la misma época, se publicó una versión en catalán. El texto latino de Ketton fue impreso en Basilea en 1543 (22).
Un mensaje fundamental del Corán es proclamar la trascendencia, la grandeza y la unicidad de Dios. Esto se ve claramente en la azora CXII:
“En el nombre de Allah, Clemente, Misericordioso. Dí: Él es Allah, la única divinidad. Allah es el Absoluto. No engendró ni fue engendrado. No hay nada ni nadie que se asemeje a Él”.
Lo anterior conlleva que el Islam considere al politeísmo y a la idolatría como faltas gravísimas contra Dios. Tampoco se considera que el hombre tenga filiación divina. Por eso, “las doctrinas de la Trinidad y la Encarnación resultan incomprensibles y desagradables. ¿Qué puede ser un Dios que en cierto modo es ‘divisible’, un dios que puede convertirse en un hombre, una paloma o un cordero, sino una forma de politeísmo y de idolatría, creencias insistentemente condenadas por el Corán?” (23). Por eso, Jesús es, para el Islam, un gran profeta, pero no hombre-Dios.
Y no hay sacerdocio en el Islam. No hay personas consagradas o dotadas con lo sagrado. Hay religiosos reconocidos como maestros, como guías espirituales. Nada más. Tampoco hay Iglesia “en el sentido de una institución religiosa separada del mundo seglar, con financiación, personal, costumbres y organización propios. La autoridad es indivisible dentro del Islam; no hay ninguna separación entre lo sagrado y lo secular” (24).
El Corán es, como ya lo hemos dicho arriba, la guía de vida para el musulmán, en sus relaciones familiares, profesionales y sociales. “Extirpar de él el conocimiento del Corán sería como arrancarle el alma” (25).
En El Corán encontramos, como en la Biblia, mensajes de paz y de combate. El yihad (la palabra árabe es masculina), por ejemplo, hace referencia a un esfuerzo espiritual por alcanzar el camino de Dios. Y, eso implica combatir en defensa del Islam si se es atacado. Dice EL Corán :
“[…] absteneos de las obscenidades, tanto en público como en privado, y no matéis sino con justa razón, al ser que Dios prohibió matar. Eso es lo que Dios os preceptúa para que razonéis” (IV, 151). Y, en otra azora ya ha dicho: “Y combatid por la causa de Allah a quienes os combatan, pero no seáis agresores, porque ciertamente Allah no ama a los agresores” (II, 190).
Ha habido polémica en cuanto a si el yihad es un esfuerzo meramente espiritual o si es la expresión de un mensaje de combate. Yo creo que lo uno y lo otro, como ocurre también con pasajes de la Biblia que, a veces, son mucho más fuertes en la parte guerrera (Ver, por ejemplo, Deut. 7,5 y 20, 10-20).
Ya hemos visto que EL Corán, autoriza el combate defensivo, pero una cosa es lo que dice la letra, y otra la vida real. No puedo creer que la construcción y expansión de lo que se puede llamar el Imperio Islámico, desde el Siglo VII en adelante, hasta dominar tierras del Cercano Oriente, Asia Oriental, África y Europa, fuera una lucha meramente defensiva.
Siempre hay quienes hacen un esfuerzo por mostrar a sus religiones como religiones de paz. Los enemigos respectivos las verán, a su vez, como enemigas y perseguidoras.
Toda religión, a mi juicio, está condicionada por dos aspectos: el primero, el contexto histórico en el que surge. Y, el segundo, y más importante, son sus Principios o Verdades, elaborados, o “recibidos”, en el caso de los creyentes, en un ámbito cultural muy concreto que, viéndolo con ojos religiosos, adquiere visos de universalidad.
Comencemos por el segundo:
En religión, un Principio es una Verdad Absoluta. Es decir, LA VERDAD. Y, es LA VERDAD sobre todo lo que existe: sobre el ser y la nada; sobre el principio y el fin, sobre el amor y el odio; sobre la vida y la muerte… De ahí a combatir para imponerla, o para suprimir a los “incrédulos” o “infieles”, hay un paso muy corto.
Eso pasó con el cristianismo; tal vez, en menor medida, con el Islam; y no pasó con el judaísmo. En el caso de este último, porque los judíos se consideraron, siempre, “el pueblo escogido” y, por ello, no combatían para adoctrinar sino para sustentar un espacio.
En cuanto al contexto histórico, las religiones del Libro aparecieron en un ambiente de conflictividad. Los judíos luchando por su supervivencia territorial y cultural con los pueblos vecinos y con los grandes imperios que dominaron lo que hoy llamamos el Cercano Oriente.
El cristianismo, al convertirse en religión del Imperio, en el siglo IV, unió religión y política con lo que eso implicaba al proyectarse la unificación ideológica del imperio: perseguir a todos los que no aceptaran la ortodoxia político-religiosa de Roma. Es decir, a los paganos, a los herejes, a los infieles, a los cismáticos, a los incrédulos, a los apóstatas, a los ateos, etc. O sea: a todos los “anormales” del mundo a quienes se trató de cristianizar, en una forma u otra.
El Islam, por su parte, aparece luchando en espacios con distintas religiones pero, sobre todo, contra el Papado y los imperios y reinos cristianos. Esa lucha explicaría, por lo menos en parte, los contenidos de su Libro Sagrado donde hay un mensaje de amor o de justicia para “los de adentro, y de combate para “los de afuera”. Otra cosa es que, llegada la modernidad, con la creación de Estados Nacionales seculares y organismos supranacionales, la mayoría de los creyentes no esté pensando en subyugar a otros pueblos para imponerles la religión. Desde luego que, en distintos ámbitos, hay minorías radicales que quieren hacerlo.
A pesar de que las tres grandes religiones monoteístas tienen un origen oriental (hablando “occidentalmente”), para el cristianismo, que luego identificaría al llamado Occidente, el Islam fue “el otro”; parte del “Espejo del Diablo”, como diría el historiador Josep Fontana. Fue el primer enemigo contra quien se predicó la Cruzada. Veía al Islam como una “falsa religión”, y a Mahoma “como un enviado del diablo” ( 26).
De por sí, ya los romanos habían visto en los árabes parte de esos pueblos diferentes que “no son como nosotros”. Y el que no es “como nosotros”, es el bárbaro que siempre es inferior, con todas las consecuencias que se deducen de esto, la esclavitud, entre ellas, como bien nos lo enseñaron los griegos.
El gran historiador Amiano Marcelino se refería, en el Siglo IV a los árabes pre-islámicos en forma despectiva cuando los consideraba “un pueblo destructivo, que caían como aves de rapiña para apoderarse de lo que no podían encontrar” (27).
Claro que el expansionismo musulmán, en su expresión árabe, golpeó a los pueblos cristianos e hizo presencia en Europa. Pero, al hacerlo, entró a formar parte de la cultura europea.
El Califato de Córdoba fue, tal vez, el mayor centro cultural de su tiempo; en este aspecto, dejó un monumento que va, desde la traducción de los clásicos griegos, pasando por la invención del álgebra, el uso de baños frecuentes (ya que los europeos se bañaban una o dos veces al año), mejores técnicas de agricultura y nuevos alimentos, hasta el cante jondo y el amor romántico representado en la poesía árabe (28).
Es más: hasta esas instituciones que algunos han considerado como las primeras universidades, ya que aparecieron un siglo antes que éstas, las madrasas que eran, literalmente, “lugares de estudio”, donde se estudiaban “Ciencias Islámicas” ( religión y escuelas jurídicas), complementadas fuera de ellas con estudios de filosofía y ciencias naturales “que podían incluir la medicina, las matemáticas, la geometría y la astronomía, y de las Artes Literarias que incluían, la lengua árabe, la prosodia, la gramática y la poesía”( 29).
Así que el Islam no es una religión extranjera en Europa. Quemar el Corán no es solamente una estupidez desde el punto de vista de los valores de la modernidad, que se sustentan en la igualdad de los seres humanos y, en su derecho a expresarse con sus diferentes culturas (dentro de las cuales “lo religioso” tiene un peso especial), sino que es, también, quemar parte de la tradición y de la cultura europeas. En todo caso, es como quemarnos a nosotros mismos como cultura particular temporo-espacial, pero, por sobre todo, como conciencia humana que trasciende en el respeto al Otro (concreto, histórico; no solamente conceptual).
Las hogueras con EL Corán, o con cualquier libro sagrado (deberíamos decir, con cualquier libro), sólo pueden ser expresión de un neofanatismo que se presenta en sectores radicales del cristianismo, y que es producto de un desencanto destructivo de la modernidad. Este desencanto sucede después de haber tenido acceso a los valores de la Ilustración. No es, pues, una involución, sin más, para regresar a un época pre-moderna. La historia, así se la mire en una forma lineal, no involuciona. El ayer, como repetición, está muerto.
Lo que está ocurriendo es algo peor: es la quema de cualquier sentido histórico.
¿Por qué?
Por un miedo absurdo que se apodera de nosotros. Desde la mañana hasta la noche. Y, en medio de la noche misma. Las pesadillas permanentes que entran por nuestros ojos, o por nuestros oídos, y se quedan dentro, borran la frontera entre la vigilia y el sueño. Estamos despiertos en medio de las pesadillas, o dormidos frente a ellas.
La globalización de la economía, con las formas de comunicación instantánea, han globalizado la vida con todos los miedos que esto conlleva.
Nadie se siente seguro porque ya no estamos frente al peligro para el cual uno podía prepararse, sino que estamos frente a la incertidumbre (30). Incertidumbre que genera miedo. Incertidumbre y miedo pueden ser los nombres de los nuevos fantasmas que recorren el mundo.
Mario Vargas Llosa nos dice que los medios de comunicación nos presentan los reality shows “donde verdad y mentira se confunden igual que en la ficción” (31). Pero, lo que ocurre es que, siempre, desde la mentira, ésta parece verdad. Y, la mentira que parece verdad, está dispuesta, en cualquier momento, a encender las hogueras.
El mismo escritor da a entender que el pastor incendiario está en la categoría de los fanáticos y de los bufones. Y se refiere, además, a él, como “un pobre infeliz” (32).
En cuanto al fanatismo, hay que decir que es una enfermedad propia de la inmadurez humana. En cuanto a lo de “pobre infeliz”, pudiéramos decir, si tuviésemos una dosis de mordacidad, que ésta es una definición preciosa del hombre posmoderno. A mi juicio, mejor no la habría.
En cuanto a lo de los bufones, debemos reconocer que todos, o casi todos, andamos en las bufonadas: sea como actores, o como “bufo-espectadores”. Pero, no sólo hay bufones entre los pastores, entendida esta palabra en un sentido religioso plural. También hay bufones entre los políticos. Y, entre los economistas, ¡ni hablar! Los primeros nos hacen reír con sus promesas y, los segundos, con sus diagnósticos. Promesas incumplidas, o cumplidas sólo como cuota inicial. Diagnósticos errados de los gurús “oficiales”, porque los no oficiales, nunca son escuchados.
Pero, no están solos, como hemos dicho. Nosotros estamos ahí: aplaudiendo y riendo a carcajadas; tolerando, con una sonrisa, o sufriendo impotentes las bufonadas, con la risa amarga de sentirnos como el trompo de poner.
Justo es reconocerle a Vargas Llosa la explicitación de la co-responsabilidad colectiva en la bufonada ardiente del pastor Terry Jones: “Puede ser un fanático, un loco, o un mero payaso. Pero, en cualquier caso debe quedar claro que no actuó solo. Todos fuimos sus cómplices”(33).
O sea, ¿podría pensarse que todos estamos locos? Es posible. De todas maneras, pareciera que la locura se nos está convirtiendo en la condición normal de la vida…
Por lo que hemos visto a través de la historia, y su desenlace en este momento histórico, se ve que el mensaje de los libros sagrados, no le ha hecho mayor mella al ser humano en el sentido de moralizar, de hacer más decente su vida. Pero, tampoco los discursos de la razón o de la ciencia, lo han logrado.
Los libros sagrados tienen partes que me atraen como son los valores de justicia y de confraternidad, y partes que me aterran como cuando afirman las falsedades de los otros y la necesidad de combatirlos y, en algunos casos, de suprimirlos.
Y, hay que reconocer que, tanto en la Biblia como en El Corán, se han inspirado, y se inspiran, cruzados y yihadistas, de todas las especies. Pero, como se ha dicho, inteligentemente, ni todos los cristianos son cruzados, ni todos los musulmanes son yihadistas.
Pero, no por eso tenemos que quemarlos. En la medida en que los humanos somos una contradicción dialéctica, llevamos dentro, al mismo tiempo, el cielo y el infierno. En general, el primero, como imaginario; y, el segundo, como vivencia. Frente a las hogueras hay que domesticar la vivencia y fortalecer el imaginario.
¿Quemarlos en nombre de un fanatismo absurdo?
Ha ocurrido y puede seguir ocurriendo. Pero es desastroso. De todas maneras, si lo hiciésemos, volverían de sus cenizas, como dice William Ospina, porque “Las manos que escribieron esos caracteres volverán a escribirlos, la mente que soñó esas historias volverá a soñarlas”. (34).
Y quienes pronosticaron los apocalipsis, volverán a hacerlo, agregaría yo.
Además, porque al quemarlos, nos quemamos a nosotros mismos en el Otro. En ese Otro Diferente que nos define y que hace posible la palabra Nosotros.
La hoguera; ese tipo de hoguera, es una de las más refinadas expresiones de la estupidez humana, ya que como decía Heinrich Heine, : “[…] allí donde queman libros, acaban quemando hombres[…]” (35). Ese es el momento más expresivo de la negación de la identidad humana.
Es cuando, realmente, “LA VERDAD” se convierte en MENTIRA.

REFERENCIAS
(1) Báez, Fernando, Historia Universal de la Destrucción de los Libros, Buenos Aires, Sudamericana, 2005, p.220
(2) Ibíd. pp. 220-221
(3) Carlin, John, “Todos locos por un solo loco”, ELPAIS.COM, 11/09/2010
(4) Gómez Buendía, Hernando, “Religión y Convivencia”, www.razonpublica.com, 9/12/2010
(5) ELNUEVOHERALD.COM, 9/9/2010
(6) Báez, Fernando, ob. cit. p.141
(7) Ibíd. pp. 127-128
(8) Carlin, John, Art. Cit.
(9) Caño, Antonio, “El nuevo conservadurismo americano “, ELPAIS.COM, Washington,
12/02/2010
(10) Sanín, Carolina, “Un libro cerrado”, ELESPECTADOR.COM, 11/09/2010
(11) Martínez, Pedro, El Islam, Barcelona, Salvat, 1985, p.14
(12) Bloom, Jonathan M. y Sheila S. Blair, Islam. Mil Años de Ciencia y Poder, Barcelona, Paidós, 2003, p.34
(13) Martínez, Pedro, ob. cit. p.14
(14) Guellouz, Azzedine, EL CORÁN, México, Siglo XXI, 2003, p. 48
(15) Ibíd. p. 12
(16) Sanín, Carolina, art. cit.
(17) Bloom y Blair, ob. cit. p. 40
(1 8) Guellouz, Azzedine, ob. cit. p.27
(19) Ibíd. p. 28
(20) Ibíd. 25
(21) Fletcher, Richard, La Cruz y la Media Luna, Barcelona, Península, 2005, p. 157
(22) Bloom y Blair, ob. cit. p. 41
( 23) Fletcher, Richard, ob. cit. pp. 19-20
(24) Ibíd. p. 19
(25) Balta, Paul, ( Comp.), Islam. Civilización y Sociedades, México, SigloXXI, 2006, p. 10
(26) Fontana Josep, Europa ante el Espejo, Barcelona, Crítica, 1994, p. 57
(27) Fletcher, Richard, ob. cit. p 23
(28) Goody, Jack, El Islam en Europa, Barcelona, Gedisa, 2004, pp.80-82
(29)Bloom y Blair, ob. cit. p. 108
(30) Innerarity, Daniel, “El Miedo Global”, ELPAIS.COM, 19/09/2010
(31)Vargas Llosa, Mario, “La era del bufón”, ELPAIS.COM 19/09/2010
(32)Ibíd.
(33) Ibíd.
(34) Ospina, William, “La ceniza de Alejandría”, ELESPECTADOR.COM, 09/11/2010
(35)Heine, Heinrich, citado por Fernando Báez, ob. cit. p. 218

JORGE R. MORA FORERO

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HORIZONTES ÁRABES: LA ESTAFA A LAS REVOLUCIONES

Hay alguien por ahí que no durmió desde el 25 de enero, hasta el 11 de febrero, por lo menos. Ya, antes, lo habían despertado. Y había vuelto a dormir. Pero, ahora, cada vez que comenzaba a conciliar el sueño, una pesadilla venía a sus ojos: veía que un gigantesco castillo de naipes que le habían encargado sostener, como símbolo de la seguridad del mundo, se derrumbaba sobre las señales que conducían al mundo feliz y que millones lo hacían responsable de la tragedia. Y, claro, abría los ojos, angustiado, sobresaltado.
Y, llamaba, con extrema urgencia, a un montón de gente de los que deberían saber, para que le dijeran qué estaba pasando, qué podía pasar y, para que le escucharan lo que de ninguna manera tenía que pasar. Al precio que fuera.
Estos, tan sorprendidos como su jefe, no sabían qué hacer. Trataron de buscar respuestas y de trazar estrategias, sobre la marcha. Por andar cazando patos, no vieron el dinosaurio que escapó del nuevo Jurassic Park asentado en tierras islámicas. Su rugido desde la Plaza Tahrir, sacudió las costas del Mediterráneo, amenazó con enrojecer más el Mar Rojo, se escuchó muy cerca del Muro de las Lamentaciones y el eco está haciendo temblar a los corruptos y antidemocráticos gobiernos empotrados por las potencias occidentales, para defender sus intereses, en el Desierto Arábigo y en el norte de África, por el Oeste, hasta las Columnas de Hércules.
No es Mubarak el personaje del cuento. Claro que no. Desde luego que él tenía su propia pesadilla: cuando cerraba, intentando dormir, sus descomunales ojos, acostumbrados, como en todos los dictadores, a distinguir las sombras traicioneras en las noches, se imaginaba que había muerto y que lo habían enterrado en la Pirámide de Keops. Pero que lo habían enterrado vivo y que la Pirámide se derrumbaba y lo aplastaba. Pero que continuaba vivo. Y se agitaba asustado. ¡Pobre! No sabía que la inmortalidad era un privilegio de los
hombres-dioses, y no de sus caricaturas.
El Presidente miraba el mapa que le habían puesto sobre su escritorio con lugares coloreados de rojo y leía: Túnez, Irán, Egipto, Irán, Argelia, Irán, Yemen, Irán… No es que haya varios Iranes en el mapa, es que el Presidente deslizaba su mirada con nerviosismo, cada vez que leía uno de los nombres enrojecidos, de los nuevos países.
Y, ¿qué es lo que pasa en Egipto?, preguntó el Presidente. Que el pueblo quiere democracia, le contestaban sus asesores y la gente de inteligencia.
Y, ¿es que no había democracia en Egipto?, preguntaba de nuevo. Bueno, Señor Presidente, había elecciones.
Entonces…
Lo que pasa es que en los últimos treinta años, siempre las ganó Mubarak. Con nuestro apoyo, claro. No hay que olvidar que en sus tres décadas de gobierno, le hemos dado a Egipto, o sea, a Mubarak y a los suyos, sólo en ayuda militar, 50.000 millones de dólares. Eso, fuera de otras ayudas y de cajas menores…
Voy a hablar con Mubarak, dijo él. Y le telefoneó de inmediato. El faraoncillo pasó al teléfono y el Presidente, pensando en el castillo de naipes, fue diciéndole, de una vez, que escuchara a su pueblo, a lo que Mubarak contesto que él era el mejor amigo del pueblo.
Pero, adentro y afuera de Egipto, se comienza a hablar de “transición”. Y de “transición pacífica”. Y, el Presidente; y el infaltable pero anodino Secretario de Naciones Unidas, y los políticos europeos, les piden responsabilidad y prudencia a los dos bandos. A los dos bandos. ¡Como si el pueblo que grita exigiendo sus derechos aplastados durante 30 o más años, pudiese ser considerado un bando!
No sabemos sobre qué más le habló el presidente. Algún día, con algún Wikyleaks, lo sabremos. Es seguro que le dijo que renunciara, pero el Presidente no va a aceptar que le dijo eso, porque, es sabido, que los Estados Unidos no intervienen en los asuntos internos de otros países. La Historia corrobora eso. Son los otros países los que con sus desórdenes internos, afectan la seguridad de los Estados Unidos. Y, por eso ellos actúan, pero no como intervención que viola soberanías, sino en función de salvaguardar su propia seguridad.
¿Sería eso criticable? Por supuesto que no. Eso sí hay que dejar bien clara una cosa: la soberanía de cada país llega hasta donde llega la seguridad de los Estados Unidos. ¿Por qué? Porque su seguridad, se dice, es la seguridad del mundo. Si hay más preguntas, sólo tenemos una respuesta: el mundo es así. Y punto. Pasó con Roma, pasó con España, pasó con la Gran Bretaña y… quizás en 50 años, la seguridad del mundo se hable en mandarín. Ya hay balbuceos en este sentido…
Pero, es hora de acabar esta digresión y volver a la historia de la llamada. Aunque las digresiones son, generalmente, desahogos explícitos de quien escribe.
Mubarak afirmó, después, que le había dicho al Presidente que él (el Presidente) no conocía Egipto y que si renunciaba, se instalaría el caos.
El caos, esa palabra que produce urticaria en los políticos y dominadores de toda calaña. Porque, para ellos, el caos significa pérdida de poder y, con ello, de identidad y de autoestima. Seguramente no de dólares o de euros que están bien resguardados en los prostiparaísos bancarios que viven de las cuentas cifradas, y a donde llevan su botín los saqueadores de tesoros públicos y los estafadores de fiscos. No son conscientes estos personajes de que el citado caos es algo que ellos mismos han construido con su orden expoliador y excluyente.
Pero sigamos…
El presidente manda a alguien a Egipto a que se entere, de primera mano, o de primeros gritos, y le diga la verdad. Porque ya su Secretaria de Estado, la señora Clinton, por cierto, muy amiga personal de los faraoncillos Hosni y Suzanne, le ha dicho que no hay que preocuparse porque el gobierno de Mubarak es fuerte.
El enviado, conocedor como pocos, de Egipto, sale a decir que lo mejor es que Mubarak se quede. Desde la Casa Blanca lo desautorizan diciendo que es una opinión personal. ¡Habrase visto!
Entonces, en medio de una endemoniada incertidumbre, el Presidente comienza a buscar la fórmula mágica, que no sabe cómo funcionará, pero no tiene otra: que Mubarak se quede, yéndose.
Ojo, esto puede ser visto como un sofisma dialéctico pero, en política todo es posible. Porque siempre habrá un referente universal con el cual justificar lo hecho. La salud del pueblo, por ejemplo, para citar uno muy trillado. O la defensa de nuestros más caros valores que representan el culmen de la civilización.
Quedarse, yéndose: es lo que, justamente, va a significar la palabra transición.
Pero Mubarak quiere quedarse sin irse. Además, miope en estos asuntos, no se explica cómo sus amigos para los que trabajó servilmente, durante 30 años, quieren echarlo poco menos que a patadas, de la noche a la mañana. Y se pone furioso al punto de perder la razón y decir que no recibe órdenes de extranjeros.
Mientras tanto, la policía ha seguido disparando. Ya van más de 300 muertos…
Mubarak sale en televisión a decir un chiste cruel: que va a enjuiciar a los matones.
La situación empeora. Ante la amenaza del pueblo furioso de derribar los muros y obstáculos que lo separan del dictador, y de sacarlo para juzgarle, y, además, ante una amenaza peor que es la de que el movimiento popular se salga de las manos, el Presidente Obama, a quien ya le ha dicho su Secretario de Defensa, que en estos días críticos ha hablado con los generales egipcios más que Mubarak, le pide al ejército que sea el garante de la transición. O sea: finalmente, Mubarak se va a quedar, yéndose. ¡La fórmula ha funcionado!
El faraoncillo (que no faraón; la memoria de los faraones merece respeto), reúne a la plana mayor del Ejército y le entrega el mando. Y se va. Aunque, físicamente, no del todo. Se va de vacaciones a Sharm el Sheif, un dorado exilio interno a orillas del Mar Rojo, lejos del mundanal ruido. Mientras tanto…
La gente grita. Hace fiesta. Ilumina la Plaza de Tahrir con juegos de luces. Y muchas otras plazas en todo el país.
El Ejército, esa institución que puso y respaldó a los presidentes, mucho más al dictador de treinta años, que es privilegiada en el andamiaje del Estado, ha quedado a cargo.
Hemos presenciado la obra maestra de un golpe militar sublimado: la institución más querida y, además, neutral, se hace cargo del gobierno. Todo ello adornado con la magia fabulosa del poder mediático. Estoy seguro de que, de haber estado presente Maquiavelo, hubiese aplaudido, de pie.
No fue un golpe militar contra Mubarak sino contra el pueblo. Y, contra su Revolución de necesidades y expectativas. Porque no fue ésta una revolución ideológica, sino una revolución con ilusiones políticas, en búsqueda de una vida mejor. Como lo fue en Túnez.
Desde antes de la partida de Mubarak, ya les han dicho a los manifestantes que se vayan a sus casas. Que han ganado, como les dijo el general-Vicepresidente Suleimán. Que la historia comienza ahora… Claro, la historia de siempre. Como en el Túnez de Ben Ali, a quien reemplaza uno de sus ministros.
Se van los dictadores pero se queda el régimen, o sea, el engranaje
burocrático-militar-policial que lo sostuvo. Ahora maquillado con promesas de democracia auténtica (¿acaso, habrá otra?) para lograr la aceptación y justificar luego la represión que vendrá, inevitablemente, cuando, quienes estén en el gobierno (que no en el poder), no puedan cumplir con las promesas de reforma que hicieron bajo los gritos de los descontentos.
El régimen dará para muy pocas cosas. Entre ellas, para establecer una
“democracia superficial”, como la llama la vocera europea Catherine Ashton, y que consiste, según ella en que “la gente vota el día de las elecciones” . No puede dar para más. No puede dar para el otro modelo que ella plantea como ideal, que es el de una “Democracia profunda”, porque ello implicaría, en una sociedad como la egipcia y, en general, en este tipo de sociedades, una democratización material, no sólo formal, del poder y, como consecuencia de esto, una redistribución del producto social, que el sistema no está en capacidad de ofrecer. Porque éste es la telaraña que cubre el planeta con el nombre de Globalización, que destruye o precariza el trabajo, y alienta la ganancia especulativa. Es decir, todo lo contrario de lo que necesitan estos pueblos rebeldes.
Por ahora, (nunca se sabe cuánto durará el ahora), el Presidente puede dormir tranquilo. Aunque, a decir verdad, los gritos en Argelia y en Yemen, no lo dejan dormir bien del todo…
Quien no dormirá tranquilo será el faraoncillo porque pensará que algún fantasma desconocido querrá cazarlo, aún en el mismo basurero de la historia, donde debe estar según un articulista, porque, todavía, se convierte en un peligro, para algo o para alguien.
Tampoco lo harán los 3000 o más príncipes que, más allá del Mar Rojo, o en el Golfo Pérsico, disfrutan, sibaríticamente, de las fortunas obtenidas por las energéticas entrañas de la tierra, como si fueran su absoluta propiedad privada.
Pero ahora, cuando se ha ido el dictador, como lo llamamos algunos o, el tirano como lo llaman otros, podemos hacer unas preguntas, como lo haría Bertolt Brecht:
¿Quién construyó la dictadura? ¿Él solo? ¿No hubo otros que le ayudaron?
¿No tuvo manos derechas que ejercieron el control y la represión?
Y la respuesta es sí: son los mismos a quienes algún sector de los manifestantes aclama como héroes; los que se quedaron con el gobierno y afirman que harán respetar los Tratados firmados por el antidemocrático gobierno (amarrando, de paso, al posible nuevo gobierno civil); los que han ordenado desalojar, bajo pena de arresto, la emblemática Plaza Tahrir, los que cierran el Parlamento que, por más cuestionado que fuera, en su origen, tenía, al menos, una legitimidad electoral . Legitimidad que no tienen quienes ahora van a expedir leyes, porque recibieron el poder de hacerlo de su jefe Mubarak a quien sacrificaron, suavemente, como chivo expiatorio, para calmar los gritos de la multitud que hubiera podido voltear los tanques con los soldados dentro, dando cuenta del régimen y poniendo en peligro el sistema y, con él, el castillo de naipes. Ese riesgo no podía correrse a ningún precio.
Ahora, el Primer Ministro Shafiq ha dicho que la “mayor preocupación” del gobierno es restaurar la seguridad y “ volver a la normalidad”.
De verdad, ¿a nadie le llama la atención esta declaración?
Volver, ¿a qué normalidad? ¿A la de antes? Entonces, ¿no pasó nada?
¿Y los 300 muertos…?
¿No es ésta la mejor expresión del cinismo como política?
Y…al final, ¿quién se quedará con la Plaza?
Tantas preguntas. Tantas…

Weston, Florida, 14 de febrero del 2011
*Doctor en Historia de El Colegio de México
Pedagogo de Excelencia de la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia

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